Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 19 de octubre de 2017

Se alejó la tormenta.

Mi madre en una foto muy curiosa, disfrazada para un festival con sus alumnos saharauis hacia 1955.

Andaban mis pensamientos barruntando tormenta. Cae uno en esa fase oscura de tanto en tanto. Fui a ver a mi madre. Al entrar al salón, a más de cuatro metros de distancia, con solo mirarme a los ojos y sin que uno hubiera dicho nada, me preguntó: ¿qué te pasa?


Y fue entonces que se alejó la tormenta. Nada me importaba ya, nada. Nada excepto sus manos, ese espacio donde ni siquiera llegan los susurros, la voz cálida ni el recuerdo prístino del calor de su pecho.  Hundí la cara entera, el cuerpo entero, todo en ellas. Pasé así unos minutos y reunidos en nuestros respectivos silencios, que eran la compañía del otro, sin precisar que nada ocurriera necesariamente, nada excepto la vida juntos, comenzamos a disfrutar de este tiempo de otoño que ya ha comenzado. Empezamos a hablar luego, como si nada, no recuerdo exactamente de qué.

Cuento esto porque un buen amigo anda preocupado por la salud de la suya. Estas cosas que me suceden y que traigo a este Cuaderno de lo Cotidiano, me ayudan a reflexionar y valorar las cosas importantes, que no son otras que las comunes, para que las siga haciendo igual que siempre pero conscientemente. Pequeñas cosas, sólo que vividas de otro modo, con la alegría de saberlas irrepetibles.

Adoro dos imágenes que vinculan el sentido de la Piedad que une inseparablemente a madre e hijo. Sólo una madre entiende el dolor del hijo auténticamente. Y sólo el silencio puede acoger y entender ese dolor. En el centro de la Neue Wache de Berlín, como en un seno materno, en penumbra  y en silencio, la escultura de  Käthe Kollwitz. La otra, el descendimiento del pintor flamenco Rogier van der Weyden.







6 comentarios:

  1. Quizá sea una conexión química, no sé. Tengo la fortuna de ser mujer porque la siento hacia mi madre y, ahora que lo soy yo, hacia mis hijos. Es un súper poder que, como decía Superman, conlleva una gran responsabilidad que te obliga a ser fuerte y transmitir esa fuerza mientras piensas que en realidad lo que necesitas es que las manos de tu madre te digan que no pasa nada, que todo está bien.
    Adoro cómo te aferras a cada instante para que sea presente, futuro a veces, nunca sólo pasado

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    1. Muchas gracias. La manos de la madre, efectivamente, llegan donde nada ni nadie lo hace.

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  2. Tienes suerte de poder refugiarte así en tu madre, yo espero que mis hijas hallen en mi ese refugio.

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    1. Estoy seguro de que lo tienen. Cobijo caliente y espigón sólido. Las dos cosas.

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  3. La figura de la madre como refugio y sosiego, sabiendo que siempre tendremos las puertas abiertas...

    Gracias Enrique por este Cuaderno de lo Cotidiano, en el que nosotros también nos refugiamos en estos tiempos desoladores.

    Satur

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    1. Gracias a ti por tus visitas y tus comentarios. Un abrazo

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