Manual de instrucciones de blogscriptum

lunes, 21 de agosto de 2017

Qué fue de aquello.



Tenemos una cama, tenemos un hijo,
¡esposa mía!
También tenemos trabajo, incluso para los dos,
y tenemos sol y lluvia y viento.
Y sólo nos falta una pequeña cosa
Para ser tan libres como los pájaros: sólo tiempo.
Richard Dehmel, Der Arbeiter.

Salió uno de la casa muy pronto a buscar ocupación.  A regar, a recoger hojas caídas, a colocar la leña, qué sé yo. El caso era estar en la calle para recibir la primera luz de la mañana. Y resultó que bajo la ventana, en animada conversación, estaban juntos, como en la plaza de un pueblo, un mirlo, un petirrojo y un carbonero.  Andaban picoteando las migas que la noche anterior habíamos sacudido por la ventana tras la cena. Era una charla agradable, se veía por sus saltos y sus picoteos contra el suelo, como si estuviesen asintiendo las frases los unos a los otros. Hablaban de lo que se habla en la plaza de un pueblo: del tiempo -todo se ve muy seco- de las acrobacias sorprendentes  de las golondrinas en la plaza, de lo tarde que cantó el búho la noche anterior -¿le pasará algo?, decía el carbonero-

No quiso uno intervenir en aquella conversación. No se iba a aportar nada más inteligente a lo que ya se estaba diciendo. Solamente deseaba seguir escuchando, escondido tras la cortina de un rosal que hay a la puerta, mas con intención de aprender que de espiar. Total, ¿a quién le iba a ir luego con lo que había escuchado? Nadie iba a creer que fuera cierto todo aquello.

Y de repente, como si hubiese sobrevenido un anuncio o hubiesen repicado las campanas a fuego, salieron los tres en vuelo bajo. Fueron sus alas como la cla de aquel teatrillo, dando con su batir una cerrada ovación al rito que acaba de producirse. Se quedó uno un poco melancólico y pensativo, queriendo buscar un sentido a esa espantada.

Y resultó que cuando se sentaba uno a escribir lo sucedido, como sombras cómplices y amigas, por la espalda y junto a la silla, se habían tumbado ya a mi lado La Pipa y La Niebla. Estiraban la cabeza hacia mi regazo y olfateaban el cuaderno. Yo pensé que lo leían, para ver si la escena de los pájaros se ajustaba a lo que realmente había sucedido, por si había exagerado o me había equivocado en el nombre de los personajes. Y parece que estuvieron de acuerdo, que estaban conformes con lo escrito: Niebla, consciente de todo, posó para mí. Luego se tumbaron a dormitar, ausentes de todo y pendientes de cualquier cosa, lanzando, de tanto en tanto, sus orejas  a los cuatro puntos cardinales, por si se estuviera produciendo cualquier otra conversación en el campo, en algún otro lugar, y ellas se lo estuvieran perdiendo.

Sucedió como lo cuento, durante otro rato más, lo suficiente para terminar de escribir esta corta segunda escena de campo cuando, del otro lado de la aldea, se escuchó el silbo de Benja que llamaba a capítulo a las perras. Fueron sólo dos notas, una corta y otra larga, suficientes, suaves, sencillas. Salieron las dos disparadas al reclamo, como un resorte, y le dejaron a uno otra vez solo, sin nadie, pero en compañía de todo.


En el campo sucede todo sin algarabías, en susurros, y salvo el atardecer, que se interpreta como un adagio, la mayoría de las cosas: el vuelo de un insecto, una ráfaga de viento, el canto de un pájaro, el chasquido de una rama, todo ocurre sin previo aviso y finaliza en un instante de tiempo, como un acorde de una gran sinfonía. 

Escribí esta representación de tres actos, por si algún día y por necesidad, quisiera recordar y no pudiera, cómo es el aroma del tiempo flotante.

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