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miércoles, 31 de mayo de 2017

El Moniato: un microrelato




Junto a la puerta de madera , vieja como su piel, arrugada como el tronco de un árbol, le vi sentado. Con los brazos varados sobre el bajío de una silla humilde, se podía leer en sus ojos -vellones de lana- una antigua historia de amor.

Las manos gastadas de tanto barloventar contra la vida, aballestando los años como cuerdas tensas. A veces arreglando redes durante el temporal o engrasando motores en invierno; pero también aliñando aceitunas, limpiando pescado, peinando a sus hijos y llevando agua en una palangana para limpiar la cara de su madre.

A su lado se sentía el misterio de la vida. Olía a sal: un profundo perfume a océano, muy puro.

Nunca antes había sentido un deseo tan poderoso de decirle a un extraño que me sentía hijo suyo. Los seres humanos no deseamos otro padre que aquel que te avisa temprano de la restinga que amenaza con rajar de lado a lado tu casco.

Me sonrió, me llamó hijo y me ofreció un plato de higos y un vaso de vino. Me sentía alegre a su lado. Como un niño. El sol, el aire, el murmullo de la mar, las golondrinas que giraban acrobáticas sobre nuestras cabezas y el tintineo de los mástiles en el puerto.

“Todo esto es mío, cuanto ves y oyes me pertenece, te lo regalo”.
Probé el vino. Comí los higos y me sentí entonces heredero universal.

Fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos.
Texto: Enrique de la Peña, sobre un retrato de Juan Manuel: “El Moniato” con su vieja camaronera. Rota. Cádiz. 1988.

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