Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 31 de mayo de 2017

El Moniato: un microrelato




Junto a la puerta de madera , vieja como su piel, arrugada como el tronco de un árbol, le vi sentado. Con los brazos varados sobre el bajío de una silla humilde, se podía leer en sus ojos -vellones de lana- una antigua historia de amor.

Las manos gastadas de tanto barloventar contra la vida, aballestando los años como cuerdas tensas. A veces arreglando redes durante el temporal o engrasando motores en invierno; pero también aliñando aceitunas, limpiando pescado, peinando a sus hijos y llevando agua en una palangana para limpiar la cara de su madre.

A su lado se sentía el misterio de la vida. Olía a sal: un profundo perfume a océano, muy puro.

Nunca antes había sentido un deseo tan poderoso de decirle a un extraño que me sentía hijo suyo. Los seres humanos no deseamos otro padre que aquel que te avisa temprano de la restinga que amenaza con rajar de lado a lado tu casco.

Me sonrió, me llamó hijo y me ofreció un plato de higos y un vaso de vino. Me sentía alegre a su lado. Como un niño. El sol, el aire, el murmullo de la mar, las golondrinas que giraban acrobáticas sobre nuestras cabezas y el tintineo de los mástiles en el puerto.

“Todo esto es mío, cuanto ves y oyes me pertenece, te lo regalo”.
Probé el vino. Comí los higos y me sentí entonces heredero universal.

Fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos.
Texto: Enrique de la Peña, sobre un retrato de Juan Manuel: “El Moniato” con su vieja camaronera. Rota. Cádiz. 1988.

domingo, 28 de mayo de 2017

Vida secreta


"Hablar mucho de sí mismo es también una forma de ocultarse"
Nietzsche

Escribe uno esos APUNTES…en otro foro,  como pequeños relatos, historias mínimas de sus propias cosas y de lo que le sucede, que por breves, pudieran parecer menores y no lo son en absoluto, al menos en mi cabeza. Van dando vueltas, a veces durante días, antes y después de escribirlas, como una gota que horada la piedra, como un anillo que da vueltas en el dedo, desgastando mi imaginación sólo del uso.

Estos días de atrás me ha tenido ocupado el relato de infancia de mi madre que vamos, poco a poco, reconstruyendo juntos. 

Para construir un relato de tres pequeños capítulos, revolví fotos, avivé personajes (vivos y muertos), pegué memorias, unas con otras, como teselas de antiguos mosaicos.  De esta manera, estos días con ella, fui hundiendo inadvertidamente mis dedos en las cosas compartidas juntos, queriendo apresar el calor de la vida que me dio, percibiendo con fuerza sus latidos en mis propios latidos. 


Ella ha dejado tantas migas a lo largo de la senda -tantas como para hacer hogazas- que seguro sabré en el futuro encontrar solo el camino de vuelta a casa; será suficiente con recogerlas  una a una.

Estas cosas que uno escribe, por íntimas que sean, distan mucho de ser privadas. De lo que uno se enorgullece no debe hacerse censura, sino todo lo contrario.



jueves, 11 de mayo de 2017

Repasando.


15-VI-2013
No sientas añoranza del pasado.
Llegaste en el momento justo.
Pasaste cuando debías.
Desapareciste en paz.
Los hombres te olvidarán.
Las estrellas te recordarán.
Rafael Argullol.


Domingo 5 de marzo de 2017. 
"Salimos de viaje. Nos hemos despertado pronto, eran las seis y media. Aún quedaban las maletas por terminar y cerrar. 
E. viajaría más feliz si no tuviera la obligación de hacerlas, si pudiese ir hasta el otro lado del mundo con las manos en los bolsillos, como una viajera distraída, que no precisa nada pues todo le espera en el lugar de destino. 
Yo también sería un viajero más feliz si no tuviera que estar mirando el reloj a cada rato,  angustiado por el tiempo, haciendo cuentas mentales por los trayectos, las esperas, los incidentes, el semáforo estropeado, el maldito atasco y todo aquello que pueda dejarnos en tierra. Sólo respiro agusto cuando estamos sentados en la butaca del avión y éste finalmente levanta el vuelo. Pero así somos cada uno, con nuestras manías y nuestras virtudes, nuestros defectos y nuestras bondades. Por eso somos un buen equipo. 

Pero ya está, camino de Boston, pasillo central, fila treinta. He decidido ponerme a escribir en la mitad del trayecto, cuando V. ya ha hecho la pregunta: ¿cuánto queda?. Así que la he animado, para distraerla,  a pintar en mi cuaderno lo que ella quiera.



A la vista del dibujo, que ya es mío, ese era el truco de dejarle mi cuaderno,  voy a pedirle a Samaniego inspiración para darle texto.  P. entonces reclama su espacio en el Cuaderno de lo Cotidiano. Quiere también hacer su dibujo. Son inquietos los dos, son inteligentes, tenemos mucha suerte.

Siente uno que está en ese momento justo donde todo está equilibrado. Vamos negociando con la vida, cambiando nuestra perspectiva: altas miras hace años, como la altura a la que ahora sobrevuela este aparato el Atlántico. Once mil quinientos ochenta y dos metros sobre el nivel del mar.  Entonces estábamos cargados del futuro simple: seré.

Luego, con el tiempo, vamos variando las prioridades, bajando el umbral, decidiendo lo qué NO seremos. Un tiempo verbal futuro electivo. Justo en este momento estoy sentado arriba, viendo  un lado y otro de las faldas de la montaña, decidiendo lo que aún puedo ser y haciéndome a la idea de lo que ya no seré. "


Todo esto entrecomillado viene a recogerse en este cuaderno digital, desde el diario de viaje en el que fue escrito, porque al enterarme ayer de la absurda muerte de esos dos enamorados en el ascensor, dos chicos muy jóvenes, me dio por repasar esta otra fotografía tomada hace unos días en Lugo (esa costumbre que tengo de tomarnos en autodisparo los cuatro, cada seis meses) y revisar también el diario de aquel viaje. Y vengo a reafirmarme en lo mismo: tengo suerte. Siento que lo que soy está muy bien. Lo que tengo es aún mejor (ese zorro y ese grillo), y lo que veo en ellos, su SER, también está muy bien.

Le dejo ahora a P. su espacio.