Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 26 de enero de 2017

Florencio Sánchez: pasen y vean.




Para uno, trae consigo el circo, el de “¡pasen y vean!”, la misma carga de melancolía que destila la neblina que sigue a  la lluvia, es decir, una tristeza amable, por todo lo que fue,  por su envoltura temporal.   

Es una  melancolía gentil por intuirse en él el palpitar del pasado,  cuando éramos capaces de ilusionarnos por ver la burla que le hacía la acrobacia a la muerte,  mientras el “¡más difícil todavía!”  se hacía  encima de un trapecio a 15 metros de altura. 

Estaba al alcance sólo de unos pocos poder volar, cruzando la pista de lado a lado,  escupido por  un cañón. Antes, introducir la cabeza en las fauces de un león era una osadía, no era un delito, algunos soñaban con ser “¡el hombre más fuerte del mundo!”, y una nariz roja era un entretenimiento suficiente.


En realidad, viene con el circo una agitación discreta de la parte del cuerpo que está entre el ombligo y la cabeza, que no es otra que la pena del corazón, la melancolía, por sentir con qué rapidez hemos perdido la inocencia y qué difícil es ahora contentarnos con lo sencillo.



Quise conocer en persona, no al fotógrafo que resiste en el baluarte de la ilusión, sino al artista que es capaz de exprimir la esencia de esa melancolía circense en imágenes, que cree más en el bien y la belleza que en la impostura del espectáculo feo y ostentoso de otras muchas cosas que nos rodean. Y miren, me encontré a alguien apasionado y formado en lo que hace, y a alguien afable y sincero, como su trabajo, porque para hacer estas fotografías, no hay que ser buen fotógrafo, sino buena persona. 


Cuando terminé de tomar con él el café y ya habíamos hablado de su trabajo, bajaba caminando por el Paseo del Prado y pensaba cómo anunciaría uno la exposición fotográfica que seguro saldría de este trabajo, y sería así: 

A la puerta de la carpa, con casaca roja y chistera negra, me pondría a gritar:


¡ Señoras y señores, niños y niñas, con Ustedes, Florencio Sánchez:  el mayor espectáculo del mundo!.


















domingo, 22 de enero de 2017

Non sufficit orbis


No pude dormir bien. El viento no paró de sonar durante toda la noche. Permanecí quieto y con los párpados cerrados mientras ululaba fuera, buscando como loco los resquicios, queriendo entrar por la ventana que no había conseguido cerrar bien antes de acostarme. Decidí tenerlo así, apartado de mi, silbando disarmónico en el exterior,  hasta que finalmente comenzó a amanecer, y entonces, fue por él y por la luz débil -que más que iluminar, había llenado de sombras el entorno de mi cama- que ya decidí levantarme para fotografiar el invierno.

Y siguió entonces el invierno hablando a través del viento: no aspiro a más -me dijo- ni reniego de lo obtenido; no habito en la permanente promesa del cambio, ni deseo lo imposible. Estoy en un presente satisfecho -continuó silbando- me sobra la fe y me abruma el asombro perpetuo. No encuentro ningún atractivo en la inmediatez del recambio, acaso prefiero el flujo natural del aprendizaje. 

Intenté en vano apretar el cierre de la ventana, para dejar de escucharle, pero remató su discurso susurrándome que se esforzaba en no perder la noción de lo que es importante, que no es otra cosa que percibir el valor que posee lo cotidiano.

Decidí en ese instante terminar un día antes de lo previsto el congreso. Seis horas después estábamos juntos viendo una hermosísima película. Me basta con el mundo.


Nota bene:
Non sufficit orbis, una frase acuñada en las monedas del rey  Felipe II.



miércoles, 11 de enero de 2017

Mentiras verdaderas.

Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero.
Rayuela 1963
Julio Cortázar.

Tiene uno la sensación de volver de forma repetida a los mismos temas y eso me preocupa. Pero al mismo tiempo, caigo en la cuenta de que en este espacio no se hace otra cosa que hablar de lo que a uno le pasa todos los días, lo cotidiano (I giorni),  y claro, las cosas no pueden ser muy diferentes, aunque uno pretendiera que así fuesen. En cualquier caso uno puede hablar bastante de sí mismo y de sus cosas, pero lo haría de más si siempre lo hiciese a quien no tiene el más mínimo interés en escucharlo, o  sí además, lo que cuenta careciese del más mínimo interés. Uso este adverbio, bastante,  en su sentido más indefinido posible, tal y como hiciera Whitman

Existo como soy, eso es bastante, si nadie en el mundo lo sabe, estoy satisfecho, y si todos y cada uno lo saben, estoy satisfecho.

Y si has llegado a este punto de la redacción, querido lector/a puede uno suponer que tiene cierto interés para ti lo que aquí se va a contar.

Y fue que: la otra noche, final del día de Reyes, estando a punto de dormirse con su madre, V. comentó:

-Mamá, ya sé lo que voy a pedir para el año que viene a los Reyes Magos.
-¿Ah sí?, ¿ya lo sabes?
-Si. Una respuesta.
-¿Una respuesta?.
-Si, una respuesta, porque no sé si esto de los Reyes Magos es verdad, si es que existen, o si como el Ratoncito Pérez todo es una mentira… porque tengo mis sospechas.
-Ya.
-Mamá...
-¿Si?
-¿Qué son sospechas?.

Durante el adviento ella ha ido abriendo, uno a uno, los cajoncitos correspondientes a cada jornada, que contenían una sorpresa distinta, que sus padrinos previamente habían rellenado. Era libre para hacerlo, pero nos aseguró que no había anticipado el hallazgo de los días siguientes, y por su cara, al abrir cada uno, solo el día que correspondía, ponía en evidencia la verdad de la novedad, de la sorpresa.

Y esas dos eran las únicas verdades que le eran suficientes: sentir como propia la incertidumbre, que es la única parte valiosa de la verdad, la única que nos mueve en la búsqueda y que nos estimula en el aprendizaje, y la sorpresa, que solo puede existir cuando cualquier expectativa está abierta, si la mirada es amplia y la imaginación carente de prejuicios.

Y esto es lo que para uno sería bastante: hacer que germine en ellos el principio fértil de la incertidumbre, la inocencia de la sorpresa y la magia de unas pocas y sencillas mentiras verdaderas, tan necesarias.




miércoles, 4 de enero de 2017

Un parpadeo, nada más.



Se han pasado estos años como un parpadeo, que es, si cabe, una forma mucho más sutil de medir el paso del tiempo sobre las cosas que los habituales suspiros.

Un parpadeo: como las olas cuando bendicen la arena, el sonido de un yunque, un repiqueteo de nada, el aleteo de una cortina mecida por el viento, el aplauso de una paloma que levanta el vuelo, el baile de un columpio, que viene y que va. 



Un parpadeo: lo que dura la frase que iba a ser un verso, el canto de un mirlo, una promesa de amor eterno, el vuelo de una pompa de jabón (solo ella conoce el secreto que lleva en su interior y de pronto: se fue con ella, en un parpadeo).



Un parpadeo: tu zambullida, un fogonazo (Déjà vu), el gozo que siento cuando siento que es breve el sufrimiento, el descanso, el domingo, el olor de algún rincón de mi infancia, y la tuya...que se pasa, como en un parpadeo.

domingo, 1 de enero de 2017

Discreta obertura.



"Chi à è, e chi non à non è"
Juego de palabras de un relato autobiográfico de Vincenzo Padula, extraído del libro 
La utilidad de lo Inútil
Nuccio Ordine
Acantilado

Vincenzo Padula, un clérigo revolucionario calabrés decimonónico, recuerda la primera lección de vida que le dio su padre cuando no supo reponder a la pregunta que éste le formulaba: "¿cómo es que en el alfabeto de cualquier lengua la A va antes que la E?". Vincenzo no supo responder.  "Pues porque en este mundo miserable -le respondió- el que ha es, y el que no ha no es. 

Existe hoy la supremacía del tener sobre el ser, una dictadura del beneficio y la posesión. Un aparentar vivir por encima del vivir simplemente.

Por eso se empeña uno en traerles hasta aquí, apartado de todos y de todo, porque en la naturaleza nada de lo que sentimos es falso ni aparente. Nada de lo que hay aquí es nuestro y, sin embargo, si estamos aquí juntos, todo lo poseemos. No hace falta más.

Nunca se vuelve "otra vez" al campo, acaso "de nuevo". Aquí todo es lo mismo y a la vez distinto. Todo es cambiante, no por estaciones o días, más bien por horas. Y no es que se olvide, ni tampoco que se viva "una vez más", sino que lo que aquí se escucha, se huele, se ve y se toca, le llega a uno como de nuevas. 


No valen los recuerdos ni las comparaciones, porque todo es aquí cambiante y todo es limpio y todo es definitivamente verdadero. Nada hay en apariencia. De poco sirve el "tener", y al contrario, estando aquí, rodeado de todo esto, más bien se es.

Comienza el año para nosotros, discreta, suavemente, como en una delicada obertura.