Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 13 de noviembre de 2016

Para salvar el Mundo.



Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Los Justos.
Jorge Luis Borges.

Sucedió este verano, circulando a orillas del Rio Douro, en un tren que serpentea paralelo al cauce. Todo estaba dorado. Él también. Las terrazas que subían hacia el cielo desde el mismo borde del agua, de color verde Duero –un tono que debería ser adoptado en la escala Pantone- estaban cargadas de viñas, todas iguales, todas distintas.

Íbamos profundamente ensimismados. Cada uno a lo suyo. Acaso la cadencia contribuía al recogimiento.  Existe una triste , rítmica y dulce monotonía en el traqueteo de un tren antiguo. Un ruido adormilado y lento, como de letanía, de  filosófica  monserga, to- trom(…) to-trom(…) to-trom, que va entumeciendo al viajero y su conversación. El sol también estaba a lo mismo, adormeciéndolo todo con sus rayos en una templado caricia.

Se quedó uno un buen rato observándole. ¡Lo que hubiera dado por adivinar en qué punto de la lejanía detenía él sus ojos; en qué lugar de aquel atardecer se distraía su pensamiento!. Y es que, en el fermento de su corazón, quiero ver algo mío. Anda uno intentando descubrir para él la arriesgada ley oculta a los ojos: cómo ser genuino y normal al mismo tiempo; en palabras de Borges: cómo hacerle ver lo importante que es saber ignorarse como paso previo para salvar el mundo.

Al fotografiarle, conseguí sacarle de la abstracción. No le gusta que lo haga. Protestó. Le pregunté: ¿en que piensas?.  -En que me gusta- dijo lacónico.


Y eso le bastó a uno como premio de todo el verano, porque en esencia es éste el camino del que parte la solución.  Saber amar un atardecer y el traqueteo de un tren. Lo demás vendrá por añadidura. Podrá ser cambiante con el tiempo,pero será fiel toda su vida. Podrá no ser lo mismo con los años, pero seguirá siendo el mismo, inamovible, si aprende lo importante que es regalar un “me gusta” a algo tan normal y tan extraordinario al mismo tiempo como es una puesta de sol.






Nota bene:
Por cierto, que al finalizar el día decidimos bajarnos en un apeadero llamado ALEGRÍA, por ver allí el colofón de esa puesta.


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