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miércoles, 12 de octubre de 2016

Cespedosa de Juan Manuel Castro Prieto: la belleza de lo íntimo.


"En otros momentos nos habría exasperado tanta banalidad, rayando el timo, expuesta en las mejores galerías y en prestigiosos museos, pero ahora, progresivamente, casi lo mismo nos da. La belleza hace tiempo que se escindió del producto artístico y siendo posible aceptar que lo feo sea altamente interesante, que las vísceras en corrupción del buey en una muestra despierten sensación o que las vaqueros rotos, los zapatos manchados, los muebles en découpage y las calaveras tatuadas sean buena parte de nuestro repertorio estético ¿cómo ponerse finos ante la creación?”

Vicente Verdú, diario El País, 6 de octubre de 2012.



Hace días fuimos a ver “Cespedosa”, la exposición de Juan Manuel Castro Prieto en La Principal de Tabacalera, en el año en que él y todos los que amamos la fotografía celebramos la concesión de su Premio Nacional.

Andaba uno por esos días leyendo otro diamante de esa novela inacabada que es el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. En el volumen Troppo vero A. T. hace una vez más referencia a Juan Ramón Jiménez y nos recuerda lo que su madre le decía: hijo, la rosa no cansa. Lo hacía así, en el contexto de una reflexión sobre un fragmento de la obra de  Shakespeare Romeo y Julieta. Lo maravilloso del arte, dice A.T., es que entregada a él nuestra credulidad, o arrastrados por ella gracias al artificio del poeta, todo nos parece natural y verosímil, incluso que una muchacha de apenas trece años (Julieta) diga cosas propias de un filósofo: 

“¿Qué es un nombre? Aunque la rosa no se llamara así, exhalaría el mismo suave olor bajo otro nombre”
 


El hombre necesita de estas cosas bellas, naturales y verosímiles porque, enfrentado diariamente a la vida, que es a ratos fútil o sensible, a ratos noble o vil, va descubriendo con estupor que con frecuencia (más de lo deseado) ésta nos ofrece el desconsuelo que más aflige, que no es otra cosa que el absurdo, el no entender muchas de las cosas que nos ocurren. Y uno piensa que lo absurdo no se da en la naturaleza. Solo se da en nuestros comportamientos.

Entonces de lo absurdo nace la impotencia de no encontrar algo a lo que asirse y del cansancio del deseo insatisfecho termina naciendo un mundo con una extensa llanura cuyo único horizonte es un vasto páramo cubierto de una lenta cicatriz de desamparo. En esa circunstancia, como dijo Verdú, preferimos agarramos a lo impactante, aunque sea feo, antes que a lo natural, que es sencillamente lo bello. A lo feo le ponemos entonces otro nombre, una definición lo más confusa posible, para que parezca otra cosa, cuando en realidad es sencillamente eso, feo.



Necesitamos la belleza para sentirnos sencillamente mejor. La belleza nos aproxima a la Verdad. La Verdad con mayúsculas. La belleza es lo que nos diferencia de las otras especies. La belleza es lo que nos hace trascendentes. La Humanidad en su conjunto no es ahora peor que hace dos siglos pero se advierte una tendencia peligrosa a una especie de medievalismo; y la fase mas oscura, reaccionaria y lamentable de la Civilización se vivió nada más y nada menos que durante casi 1000 años: la Edad Media. Es imprescindible que la Luz lo reilumine todo, un nuevo Renacimiento   porque una reincorporación de los cánones de la belleza son necesarios. Una pintura, una novela, una sinfonía que no produzcan Shock como único argumento artístico sino que sean simplemente bellas. La belleza es simple. Lo simple es natural.




La belleza sigue unas leyes. La música tiene leyes físicas, la arquitectura igual, la pintura se rige por leyes naturales y en la naturaleza están las matemáticas y la física y la química. Las leyes de la naturaleza se producen espontáneamente y no precisan explicación. Hoy día el arte debe ser digerido con un libro de instrucciones que explique lo que estás viendo y facilite tu interpretación. El arte ha de ir de la mano de la belleza simple y con leyes (naturales).

Curiosamente, en el libro al que me refería, Troppo Vero, A.T. dedica a Juan Manuel Castro Prieto una preciosa descripción de su persona y de la forma que tiene de entender la fotografía. Lo hace en el contexto de una narración sobre un día que comparten escritor y fotógrafo. En ella dice: "...Luego nos mostró un pequeño álbum suyo familiar, hecho en un viaje con su mujer y sus hijos, por Roma, Milán y Venecia. Es un álbum privado. Ninguna de las fotos tiene para él interés fotográfico, asegura (...) Y sin embargo algunas de esas fotos son bellísimas." Y lo son, añado yo, seguro, porque son naturales, sencillas, íntimas.



Y todo coincide en unas pocas jornadas. Vuelve uno con la exposición de Juan Manuel Castro Prieto en la cabeza pero sobre todo en el corazón. Cespedosa es muy emocionante precisamente por eso: porque es íntima y eso la hace ser bellísima. Es la intimidad de la memoria y el recuerdo. Del “territorio” de C.P., de sus orígenes y el de sus antepasados; pero es también la intimidad de sus miedos y de sus sueños, de la perplejidad, de la angustia, y las soledades, probablemente con la intención de escribir su autobiografía a través de la fotografía; de lo vivido claro, pero también de lo anhelado e imaginado.


Cespedosa es una de esos regalos que nos dan los que aún saben reconocer en lo sencillo y natural la belleza de las cosas.


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