Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 23 de octubre de 2016

Como un gato oyendo música.


"Antares guardaba un recuerdo precioso de su hijo. Lo denominaba el alzamiento, una versión disminuida y menos dramática que la imagen de Cristóbal de Licia, el gigante cananeo, llevando sobre sus hombros al Niño mientras vadeaban el río. Todo padre sabe lo que es sentir ese peso sobre los hombros, un peso inexistente y al tiempo intolerable. Inexistente porque el amor no pesa; intolerable porque el hijo amado es la sustancia más pesada del mundo."

Niños en el tiempo.
Ricardo Menéndez Salmón.


ES el espacio que separa mis manos del ordenador una constante y sin embargo, de tanto en tanto, la distancia se hace gigante y cuesta venir a él. No acaba uno de saber si las dificultades por escribir en este Cuaderno de lo cotidiano se las imponen o es uno mismo el que las establece como una excusa barata. Será una mezcla de ambas cosas.

Pero también sucede que como un detonador, un suceso, una música, un libro o la estrofa de un poema le saca a uno de esa hipnosis de inactividad.

Son cosas pequeñas, tanto, como diría Emily Dickinson, como nuestro llanto, como los suspiros...Sin embargo, por cosas tan pequeñas, realmente vivimos.  

Efectivamente, lo que le sucede a uno no es cosa del otro mundo. Así que, ¿porqué  traerlo aquí, palabra a palabra?. Por obligación, me digo. Lo hace uno como teje el gusano su espacio: con palabras que son hilos de seda. Así quiere sentirse uno escribiendo.  En silencio y soledad, dentro de su capullo, enhebrando textos, en un espacio simple, oscuro y escueto. Sin dejar de narrar aquello que le ha hecho crecer a uno un poco, que le ha permitido disfrutar, que le ha ayudado a aumentar sus sueños.

La felicidad es corta, afortunadamente, de otra forma resultaría falsa y lo que es peor, agotadora. Así que dentro de este Cuaderno, dentro de este relato, procura uno ser feliz, como el gusano en su espacio, aunque sea de forma solitaria y efímera, pero lo más auténtica que pueda uno desear.

Y hoy el detonador que me ha llevado hasta el teclado de este Cuaderno ha sido que: estando escuchando Orphée de Jóhann Jóhannson, melodioso, íntimo y delicado, V. se ha acercado a regalarme su dibujo, lleno de nubes cargadísimas, un sol y un gato feliz escuchando música con sus cascos. 

Me ha dicho que yo era ese gato y que iba a abrir la ventana para que las notas de mi música saliesen hasta la calle, así dejaría de llover, como en su dibujo, porque todo el mundo sabe -me ha recordado- que solo la música fea es la que hace llover, y no la mía,  y que así sin lluvia podríamos juntos bajar a patinar a la calle



viernes, 14 de octubre de 2016

Apadrina a un académico.




Quiero lanzar a la red una campaña bajo el lema: Apadrina a un académico, con su variante francesa Je suis un membre de l'académie.

Hay que ver que ingrata es la Academia Sueca. Ingrata e insensata, a partes iguales. La cantidad de miembros no numerarios de su órgano de decisión que se ha perdido y la ingratitud que ha demostrado al no tener la delicadeza de considerar como se merece su sabia opinión, alzada desde todas partes, en contra de la concesión del Nobel de literatura 2016. 

Nos hemos quedado desgraciadamente sin conocer la opinión que les merece a todos estos indignados miembros no numerarios la concesión del premio Nobel de física a los Dres. David Thouless, Duncan Haldane y Michael Kosterlitz por sus descubrimientos sobre los estados pocos usuales de la materia. Y qué consideración les merece la  propia materia oscura. ¡Qué lástima no saber lo que piensan acerca de las máquinas diminutas de los galardonados en la disciplina de química Jean-Pierre Sauvage, James Fraser Stoddart y Bernard Lucas Feringa!. Supongo que cada mañana discuten con su pareja los avances en la nanotecnología que han supuesto sus descubrimientos, a la vez que discuten  si cabría la posibilidad de que en el mundo hubiese alguien que lo hubiese merecido más que ellos.



Acojona no ser como ellos, no saber tanto de literatura y menos de la justicia en la concesión de unos premios. Me acojona que desde su inmensa sapiencia y sin haber sido llamados a emitir su voto, su importante voto, pronostiquen el desprestigio de la institución y la muerte de la literatura; pero nos tranquilizamos cuando buceamos en la hemeroteca y descubrimos que no hemos conocido desgraciadamente su opinión acerca de los otros autores que también han leído (supongo) para emitir su juicio comparado: Gao Xingjian,  V. S. Naipaul, J.M. Coetzee, Harold Pinter o Orhan Pamuk , entre otros, que forman parte del listado de autores galardonados en los últimos años.

Luego, por otro lado, están los académicos eméritos, que son, a diferencia de los primeros, los que sí han leído a los anteriores autores, incluso han ensayado sobre ellos y que consideran, desde su púlpito, la concesión del premio (¡a un cantautor!) una decisión mediática y populista. Desgraciadamente estos tampoco han sido considerados por la Academia para ser miembros permanentes de su comité pero se permiten el lujo de descalificar a la institución. 

Empieza uno a sentir cierto miedo también del uso indiscriminado que hacen estos miembros eméritos del calificativo populismo, que se aplica a todo y todos los que no opinan como ellos y que son, de forma generalizada, clasificados como masa informe e intelectualmente pobre. Popular y populismo: cómoda confusión elitista

No sé si me dan más miedo los miembros no numerarios o los eméritos, pero en esto nos tenemos que implicar todos y empezar a apadrinarlos para tener cada uno nuestro propio académico en casa, si no , de aquí a unos años los tendremos por centenares de miles recluidos en cualquier campo de refugiados y entonces…entonces si será un problema.



miércoles, 12 de octubre de 2016

Cespedosa de Juan Manuel Castro Prieto: la belleza de lo íntimo.


"En otros momentos nos habría exasperado tanta banalidad, rayando el timo, expuesta en las mejores galerías y en prestigiosos museos, pero ahora, progresivamente, casi lo mismo nos da. La belleza hace tiempo que se escindió del producto artístico y siendo posible aceptar que lo feo sea altamente interesante, que las vísceras en corrupción del buey en una muestra despierten sensación o que las vaqueros rotos, los zapatos manchados, los muebles en découpage y las calaveras tatuadas sean buena parte de nuestro repertorio estético ¿cómo ponerse finos ante la creación?”

Vicente Verdú, diario El País, 6 de octubre de 2012.



Hace días fuimos a ver “Cespedosa”, la exposición de Juan Manuel Castro Prieto en La Principal de Tabacalera, en el año en que él y todos los que amamos la fotografía celebramos la concesión de su Premio Nacional.

Andaba uno por esos días leyendo otro diamante de esa novela inacabada que es el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. En el volumen Troppo vero A. T. hace una vez más referencia a Juan Ramón Jiménez y nos recuerda lo que su madre le decía: hijo, la rosa no cansa. Lo hacía así, en el contexto de una reflexión sobre un fragmento de la obra de  Shakespeare Romeo y Julieta. Lo maravilloso del arte, dice A.T., es que entregada a él nuestra credulidad, o arrastrados por ella gracias al artificio del poeta, todo nos parece natural y verosímil, incluso que una muchacha de apenas trece años (Julieta) diga cosas propias de un filósofo: 

“¿Qué es un nombre? Aunque la rosa no se llamara así, exhalaría el mismo suave olor bajo otro nombre”
 


El hombre necesita de estas cosas bellas, naturales y verosímiles porque, enfrentado diariamente a la vida, que es a ratos fútil o sensible, a ratos noble o vil, va descubriendo con estupor que con frecuencia (más de lo deseado) ésta nos ofrece el desconsuelo que más aflige, que no es otra cosa que el absurdo, el no entender muchas de las cosas que nos ocurren. Y uno piensa que lo absurdo no se da en la naturaleza. Solo se da en nuestros comportamientos.

Entonces de lo absurdo nace la impotencia de no encontrar algo a lo que asirse y del cansancio del deseo insatisfecho termina naciendo un mundo con una extensa llanura cuyo único horizonte es un vasto páramo cubierto de una lenta cicatriz de desamparo. En esa circunstancia, como dijo Verdú, preferimos agarramos a lo impactante, aunque sea feo, antes que a lo natural, que es sencillamente lo bello. A lo feo le ponemos entonces otro nombre, una definición lo más confusa posible, para que parezca otra cosa, cuando en realidad es sencillamente eso, feo.



Necesitamos la belleza para sentirnos sencillamente mejor. La belleza nos aproxima a la Verdad. La Verdad con mayúsculas. La belleza es lo que nos diferencia de las otras especies. La belleza es lo que nos hace trascendentes. La Humanidad en su conjunto no es ahora peor que hace dos siglos pero se advierte una tendencia peligrosa a una especie de medievalismo; y la fase mas oscura, reaccionaria y lamentable de la Civilización se vivió nada más y nada menos que durante casi 1000 años: la Edad Media. Es imprescindible que la Luz lo reilumine todo, un nuevo Renacimiento   porque una reincorporación de los cánones de la belleza son necesarios. Una pintura, una novela, una sinfonía que no produzcan Shock como único argumento artístico sino que sean simplemente bellas. La belleza es simple. Lo simple es natural.




La belleza sigue unas leyes. La música tiene leyes físicas, la arquitectura igual, la pintura se rige por leyes naturales y en la naturaleza están las matemáticas y la física y la química. Las leyes de la naturaleza se producen espontáneamente y no precisan explicación. Hoy día el arte debe ser digerido con un libro de instrucciones que explique lo que estás viendo y facilite tu interpretación. El arte ha de ir de la mano de la belleza simple y con leyes (naturales).

Curiosamente, en el libro al que me refería, Troppo Vero, A.T. dedica a Juan Manuel Castro Prieto una preciosa descripción de su persona y de la forma que tiene de entender la fotografía. Lo hace en el contexto de una narración sobre un día que comparten escritor y fotógrafo. En ella dice: "...Luego nos mostró un pequeño álbum suyo familiar, hecho en un viaje con su mujer y sus hijos, por Roma, Milán y Venecia. Es un álbum privado. Ninguna de las fotos tiene para él interés fotográfico, asegura (...) Y sin embargo algunas de esas fotos son bellísimas." Y lo son, añado yo, seguro, porque son naturales, sencillas, íntimas.



Y todo coincide en unas pocas jornadas. Vuelve uno con la exposición de Juan Manuel Castro Prieto en la cabeza pero sobre todo en el corazón. Cespedosa es muy emocionante precisamente por eso: porque es íntima y eso la hace ser bellísima. Es la intimidad de la memoria y el recuerdo. Del “territorio” de C.P., de sus orígenes y el de sus antepasados; pero es también la intimidad de sus miedos y de sus sueños, de la perplejidad, de la angustia, y las soledades, probablemente con la intención de escribir su autobiografía a través de la fotografía; de lo vivido claro, pero también de lo anhelado e imaginado.


Cespedosa es una de esos regalos que nos dan los que aún saben reconocer en lo sencillo y natural la belleza de las cosas.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Ama y guarda.


Acude uno a este espacio por que no se sabe en otro. Anda despistado por las redes y por la calle, que no deja de ser otra red de redes, entre amigos y conocidos, intentando contar lo vivido y no lo consigue.

Salimos decididos a encontrar las respuestas y nos vinimos cargados de preguntas. ¡Qué alejadas resultaron las hipótesis de las conclusiones!

Al final del relato fotográfico mostrado en el escaparate de las imágenes (Facebook) estaba esta otra fotografía. Entendí que solo podía ser usada como cierre de párrafo, el que diera paso a la palabra más intimista. Se viene pues a este Cuaderno de lo Cotidiano a refugiarse porque es donde mejor puede uno resumirlo todo. 

A lo largo de ese álbum utópico se ha intentado pasar por todos los capítulos posibles: las mujeres, los ancianos, la infancia, los personajes, la comunidad, la familia, la religión, la enfermedad y las cosas. Quedaban los sentimientos, pero claro, los de uno.

Y sucedió que: regresaba uno a su dormitorio después de un día en el hospital. En la plaza que quedaba en medio de todo, como cualquier día, andaban jugando unos críos al balón. Iban por todas partes revoloteando como si fueran golondrinas que jugasen a beber sobre los charcos, volando a ras de suelo. La risa lo llenaba todo. Y pensó uno que la risa no precisa de ninguna explicación. Va de una boca a otra boca, contagiando en los labios, solo con su roce, una concavidad discreta, una mueca de felicidad, supuesta o sincera. 

Había en cambio a la puerta del hospital, en aquel mismo instante, una mujer llorando en silencio. Y fue entonces que necesitó uno una explicación por aquel llanto. La misma que no precisaba por la risa que iba picando por aquí y por allá a todos los que andábamos por esa plaza. Vio uno a esa mujer llorando y exigió inmediatamente una explicación por tanta tristeza, aunque estuviera reconcentrada en una sola lágrima callada. Risa y llanto. Lo mismo que uno.

Hice esa foto y también la de los niños. Esta última la enseño. La primera la amo y me la guardo.

Buenas noches, Nagati bulá.