Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 6 de julio de 2016

Visita cancelada.



Fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos

Se va a morir, le dijo el médico a su madre que acababa de enterrar también a una pequeña de cuatro años por culpa de la difteria. Frasquito era flaco y de orejas enormes, esmirriado y pequeño. Se va morir, le repetían en la calle, de todas formas, se va a morir. Sin embargo, los ojos de aquel niño eran vivos y rápidos como rayos, así que esa misma luz que proyectaban iluminó la esperanza de la madre, que se empeñó en lo contrario, alimentándolo de su pecho hasta que se sintió segura de que la muerte no llamaría a su puerta para reclamar lo que le pertenecía solo a ella. Su madre acertó y Frasquito creció y prometió defender la República en el ejército a los 14 años.



Se va a morir, dijo el capitán nada más verlo, porque lo único que crecía a esa edad  en su cuerpo eran los ojos y la luz que emitían estos; el resto era escurrido y de juguete. Así que le pusieron a desbravar caballos y a tocar la corneta en el cuartel. Se despertaba el primero y se acostaba el último después de limpiar las cuadras hasta que un caballo blanco con una mancha negra en su frente, con el que todavía sueña,  le tiró de la montura y le arrastró estribado por todo el cuartel.



Se va a morir, dijo la enfermera del botiquín del cuartel cuando lo vio entrar, famélico y magullado hasta en el alma. Y como el médico del botiquín se empeñó en lo contrario, Frasquito hizo las maletas unos meses después para su pueblo en Huelva, un día antes de que empezara su apocalipsis. Al llegar a la estación de tren, le obligaron a jurar que iba a defender  al otro bando, que él no sabía ni que existía, y le pusieron en la primera línea del frente en solo doce horas, de Huelva a Peñarroya, en Córdoba.



Al llegar a aquel infierno de odio y muerte, esmirriado, sólo orejas y ojos, el capitán supo que se iba a morir de todas formas. Nada más verlo se dio cuenta, así que le puso a encender bengalas por la noche en el cementerio del pueblo para atraer los disparos de la artillería enemiga, la que había sido amiga solo un día antes.



Y como los piojos se empeñaron en lo contrario, mientras dormían con él por decenas entre las hojas de periódicos que le protegían del viento y del frío, Frasquito estuvo disparando, uno tras otro, decenas de obuses desde una trinchera fría o ardiente, embarrada o seca, según la estación del año y los ánimos que tocasen.  Durante tres años, sin salir un sólo día, de los diecisiete a los veinte años, lanzó obuses uno tras otro, uno tras otro y después de ese último, otro más, asolándolo todo. Estuvo así, más de mil días, comiendo latas de sardinas frías hasta que sobre la trinchera llovieron papelillos que anunciaban el final de aquella pesadilla.



Se va a morir, de todas formas, sin duda, se va a morir, dijeron en el pueblo cuando regresó a casa unos días después de salir de aquel agujero de mierda que le dejó sordo y con un cuerpo que era el espejismo de un hombre, que daba miedo hasta de arroparlo, por no romperlo con las sábanas. Pero como su familia -la que le quedaba después de las noches de golpetazos en la puerta y paseos a media luna-  se empeñó en lo contrario. Cada día le subían el huevo de su única gallina, pasado por agua, al pinar que estaba colina arriba, desde donde se disfrutaba de la vista de los madroños cuajados de frutos en invierno y hasta donde llegaba el olor de las jaras en flor en primavera.



Frasquito fue dejando en el pino en el que se apoyaba, una tras otra, una tras otra y después otra más, tantas como obuses lanzados, las cáscaras de esos huevos abiertas, cogidas entre las acículas, hasta que aquel pino quedó sembrado, completamente cuajado, de una flor blanca perenne. En ese momento, cuando el árbol ya parecía nevado, Frasquito se levantó del suelo y decidió nunca más morirse, pues pensó que aunque su cuerpo canijo y de orejas grandes parecía decirlo constantemente, desde el primer día, él había por fin descubierto el secreto de la inmortalidad que no es otra cosa que un vasito de aguardiente al despertarse y cantar un fandango de Huelva.


Nota bene:
Hace tiempo dejé de ver a este enfermo en la consulta. Me relató todo lo que cuento con detalle y así lo trascribo. Lo mejor que sé. Lo he recordado hoy porque otro paciente, solo un poco más joven, me ha descrito  una historia muy similar y porque esto ha coincidido con el hecho de que andan jodiéndome en mi trabajo. Pero he cantado un fandango, el que me sé y me voy a tomar un copazo.


1 comentario:

  1. Cuando el español canta su pena espanta. Espero que con ese fandango del lugar de nacimiento de mi madre, se haya apaciguado un poco tu espiritu.
    Siempre me ha asombrado la capacidad de resistencia que algunas personas tienen por más que se empeñe la vida en arrebatarles hasta el ultimo aliento.

    ResponderEliminar

Eres libre...¿Quieres decir algo?