Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 13 de julio de 2016

Cuentos del Cabo


La alborada.

A la alborada un mirlo jacarandoso se posa en la baranda de mi terraza. Yo creo que es ciego. Canta con el pecho apuntando al cielo y gira su cuello extendiendo su canto por el campo entero, como cuentan a viva voz los ciegos sus cuentos en el centro de la plaza de Djemáa-el-Fna.


La artemisia.

Cuentan que el visir Dar-el-Ahmad, era tan poderoso y poseía tantas riquezas que mandó construir para su amante un camino flanqueado de artemisias, desde Tombuctú hasta Marrakech, atravesando el desierto entero, para que llegasen las caravanas de sedas y oro, desde el otro lado del continente, perfumadas para ella.


Nehmet el poeta.

Nehmet el Califa, era el poeta de las flores. Escribía versos a sus mujeres y veía pétalos en sus labios, flores en sus manos o violetas en sus ojos. Pero a su amante la comparaba con el mar.

"No conozco nada tan proporcionado y armonioso,
tan simétrico y ordenado,
como la peculiar luminosidad
de tu cuerpo,
que brilla, susurra y se bate,
se retuerce y estira,
distinto en cada ola,
transmitiendo la misma fuerza que el mar".


El libro de los vientos.

De entre todos los sabios de palacio, Messa'oud era el más querido por el visir. Había conseguido recoger en un libro de caligrafía exquisita el nombre y propiedades de todos los vientos del mundo. Encaramado a su minarete, con los ojos cerrados, era capaz además de percibir todos los aromas que viniesen con ellos. Así el visir tenía noticias del último rincón de su reino días antes de la llegada de la más veloz de sus palomas mensajeras.


La caja de madera.

Shuaila era el lazarillo del viejo contador de cuentos. Cada mañana la niña le acompañaba desde su casa, atravesando el zoco, hasta el centro de la plaza, donde le dejaba sentado junto a un puesto de especias.

Con la punta afilada de una rama de cerezo escribía sobre la palma de su mano el nombre de las historias que la muchedumbre que se arremolinaba en torno suyo deseaba escuchar y las preguntas que le iban haciendo a lo largo de la narración. Shuaila era para el viejo sus oídos y sus ojos.

Una mañana el viejo presintió que nadie a su alrededor escuchaba su relato. La niña le caligrafió con suavidad que la gente se concentraba al otro lado de la plaza alrededor de una caja de madera de la que salían voces y música.

Entonces el viejo cerró la mano y apretó el puño. Y fue así que no quiso escuchar nunca nada más.


El tiempo del poeta.

En la tertulia de noctámbulos fumadores de hachís, Kirsha, un joven inquieto, preguntó al poeta sobre el tiempo y este le contesto:

“Mis días son larguísimos, como los de los niños en verano; están llenos de tiempo: tiempo para estudiar y tiempo para escribir, tiempo para ganarme la vida con mi trabajo y tiempo para perderne por los callejones que amo, tiempo para la pereza y tiempo para la labor, tiempo para la lectura y para la contemplación, pero como ellos, no pierdo el tiempo en largas horas de incertidumbre decidiendo si tengo o no tengo tiempo"

1 comentario:

  1. Bonitos cuentos.Me encanta el último, tomo nota e intento hacer como los niños en verano.

    ResponderEliminar

Eres libre...¿Quieres decir algo?