Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 23 de marzo de 2016

No existe el dilema.


En un día como hoy, o mejor, como estos, pues ya son tantos y tan seguidos: ¿de qué escribir, que no rechine? Las cosas que suceden alrededor de uno gozan de un gran equilibrio, algo que está muy próximo a eso que puede considerarse como felicidad. Así que uno no puede evitar inclinarse por contar la alegría en este cuaderno de lo cotidiano. Y sin embargo, todo parece estar envuelto, a cierta distancia de donde nos encontramos, de una profunda tristeza.  Se debate uno, por lo tanto, en el dilema  de hacia donde dirigir la pluma: sufrimiento o alegría; pero advierte al instante que la vida no es un dilema, es una paradoja: es dura y amable al tiempo. Las dos cosas son necesarias, porque sin la primera  no se alcanza a saborear la importancia de la segunda.

Y fue que: estábamos solos en el campo con aquella paja amontonada en perfectos prismas panizos que hacía del lugar una tramoya bellísima. Los rayos del sol, paralelos al suelo por la hora, lo incendiaban todo de destellos rojos y dorados, como los focos de un escenario clásico: antorchas proyectadas sobre espejos.  La escena era tan teatral que esperaba uno que en cualquier momento se alzase sobre el silencio del campo una trompetería  romana anunciando el atardecer como se anuncia al emperador que acaba de entrar en el circo: aúreo, imperial, irrepetible.

Estábamos todos bien; las risas se movían como bandos de gorriones, por todas partes y en turbulencias, como lo hacían las hojas ya agostadas de los chopos que teníamos en frente y detrás de nosotros, danzando por el suelo como locas, levantándose luego por el aire caliente de la tarde de verano.

Respiraba uno profundamente, no tanto por la ansiedad que produce la contemplación de lo bello como por intentar meter todo eso que veía y oía en los pulmones; atraparlo así y hacerlo propio para siempre. Al final de aquellos juegos, nos volvimos tranquilamente, hablando lo justo, sin necesitar nada más ni a nadie: creyendo que lo teníamos  todo y, de nosotros, todo también lo teníamos.

Cuento esto hoy porque luego pasan los días y un acontecimiento traumático, que no te afecta directamente, hace que el recuerdo de aquellas escenas, aparentemente rutinarias (unos paseos y unos juegos) se conviertan en algo extraordinario e irrepetible.


Desearíamos disfrutar, cuantas más veces mejor, de los mismos escenarios dorados, del mismo sol, de los mismos sones de trompetas anunciando atardeceres, con las mismas personas, para hacer destellar esta vida paradójica -de costumbres y traumas- con unos minutos de respiros bondadosos, aunque sean procedentes de la memoria. 

Y se inclina por fin la pluma de uno a escribir de estas cosas y no de tragedias, por si alguien que lo necesitase lo leyese y se reconfortáse con ello, si es posible, por la recreación de aquella representación teatral de la que fui testigo y protagonista.



1 comentario:

  1. Viviendo el momento, lo que tienes ahora, en cada segundo.
    Y luego está lo que vives en los ojos de otros, los engendrados por ti, y aún sabe mejor.
    Y es que saber vivir la vida es eso y, aunque no lo sea todo, sí es lo que importa.

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