Manual de instrucciones de blogscriptum

viernes, 11 de marzo de 2016

Carta a mi sobrino, de su tío, claro.


Fotografía ©Izis, Londres-1950

Querido Enrique:

Contigo completo el conjunto de epístolas, tres,  que hace tiempo escribí a tus hermanos, cada cual la suya. Hoy te hablaré a tí de los legados.

La individualidad humana: ese gran misterio. Se interesa uno por las teorías que pretenden explicar la personalidad o el desarrollo de ella y ninguna acaba de darme  el porqué definitivo, cuál es la razón última que permite explicar por qué no hay dos personas iguales o por qué, mejor dicho, terminan por diferenciarse entre ellas. Incluso dos gemelos, educados en el mismo hogar y con carga genética exacta terminan difiriendo en comportamiento y en personalidad, ¿lo sabías? Sin embargo, creo que tras la individualidad y la especificidad de cada cuál, existen razones para pensar que a través de un grupo familiar cohesionado circula una consanguinidad de valores (¿es eso el alma?).

Tu abuelo, del que no me cansaré de hablar, había olvidado hacía tiempo el nombre de las flores y el lugar donde se recogen. Olvidó el compás de las sinfonías y hasta el autor que las compuso. Olvidó tantas cosas que hasta olvidó de olvidarse del resto y andaban esas cosas vagando en un limbo de ideas unidas por débiles hilos de seda a la que no podíamos llamar ya memoria.

Pero mi padre, tu abuelo, era profundamente sabio. Por que el secreto de la sabiduría -empieza uno a darse cuenta- el gran concomimiento que hay que adquirir, digo, y que no está al alcance de cualquiera, es saber la misión a la que ha sido convocado uno en esta vida. A qué has sido llamado. Él lo entendió perfectamente y fue lo único que no olvidó hasta el último día.

Por eso cuando le preguntábamos: ¿Cómo estás papá?, él siempre contestaba: “orgulloso y satisfecho de veros a todos juntos”. Esta fue su misión y la desarrolló de una forma incansable, hasta cuando estuvo absolutamente agotado.

Uno observa ahora a sus hijos –tus tíos y tu madre (mis hermanos)- y quiere ver la obra, su legado patente, pues veo Hombres (con H mayúscula, olvídate del género):

-Hombres auténticos, firmes, soberanos, coherentes y estables.
-Hombres libres, que han encontrado los ideales que les motivan.
-Hombres justos, seguros bajo el paraguas de la moral que les hace ser y creerse iguales al resto de la personas.
-Hombres responsables, capaces de responder a las exigencias de sus valores

Pero sobre todo veo Hombres buenos: bondadosos, afables y amistosos.

Auténticos, libres, justos, responsables pero sobre todo buenos. Saben expresar y trasmitir la inconmensurable bondad de sus padres, de mis padres.

Tus padres, los dos querido Enrique, han recibido este legado, y han aceptado la responsabilidad de transmitírtelo. Tómalo y cuando salgas a defender tus ideas en ese sitio tan alucinante, porta el estandarte que te hace ser igual que los que te han precedido, pero dale tu especificidad, tu individualidad , tu personalidad.

Enhorabuena por tu éxito, sobrino, pero sobre todo por tu esfuerzo, y ahora en Nueva York, en la sede de Naciones Unidas, ante tanta gente importante, muéstrate auténtico, libre, justo, responsable y bueno y deja que fluya al exterior el super-Enrique que sólo tú llevas dentro. Sólo de esta manera podrás sentirte orgulloso y satisfecho, como tu abuelo.



2 comentarios:

  1. Estoy contigo, sobre todo hombres buenos, ese es el rasgo más admirable de todos.
    Besos.

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