Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 3 de febrero de 2016

Mensaje en la botella.

Valle de Valdivielso, Burgos.

El silencio es todo lo que tenemos.
La voz es el rescate-
Pero el Silencio es Infinito.
Carece de rostro.
EMILY DICKINSON


Anda uno ocupado y preocupado estos últimos días por varias cosas. Demasiadas distracciones que dificultan venir a este espacio. Pero por fin se ha dado lo necesario para poder hacerlo: que no es otra cosa que el silencio.  El silencio tiene un sonido  propio, su particular melodía, como la tiene también el tiempo. El sonido tic – tac del tiempo (y las cosas que transcurren en él) no se entiende sin el intercalado silencioso que separa el primer tic del segundo tac: ese guión que lo representa, tic (silencio) tac.

El silencio: esa melodía de la nada que viene a rellenar, entre otras cosas, los huecos de la memoria, que también está hecha de esperas,  de espacios mudos y ausencias. El silencio: un mandato del alma según Spinoza; lo que queda del mundo y de la muerte, su despojo, según Shakespeare (qué envidia de británicos en el respeto a su legado); el más fiel de los confidentes según Kierkegaard; la puerta de entrada a la sabiduría según Juan de la Cruz; un espacio de aspiración y espiración y, en fin, el modo de cubrir la distancia infinita entre mi cansancio, mi preocupación y mi deseo de escribir cosas en este cuaderno de lo cotidiano.



He deseado leer y escuchar estos últimos días para alcanzar el equilibrio. He escuchado una docena de veces una versión de La Pasión según San Mateo de J. E. Gardiner  con la English Baroque Soloists de 1999, que me ha reconciliado con el mundo . Puedo leer escuchando Bach, que no es exactamente lo miso que decir que puedo leer escuchando música, porque acabo respirando y latiendo al tempo que él me va marcando; así que no creo que pueda distraer mi atención de la lectura, pues es mi propio cuerpo el que le respira mientras leo. Es inevitable. Ha sido así siempre, desde pequeño, y por eso he echado mucho de menos a mi padre mientras lo escuchaba estos días.




Y he leído estos días, mucho: Seré duda de Andrés Trapiello -una delicia leerlo- una pieza más del puzzle de una novela en construcción, que no es otra cosa que la manera de contar una vida entera. Lo hace además de una forma que a uno le produce una inmensa envidia por no saber hacerlo así, como él; tan grande la envidia como el placer que me produce su lectura. El testamento involuntario, la poesía de  Héctor Abad, pequeñas historias de la vida en cada poema. Después del disgusto de La Oculta (nada que ver con  la maravilla que fue leer El olvido que seremos) este género, el más importante de la literatura, la poesía, me ha hecho reencontrarme ensimismado y agusto con el colombiano. Mi padre era doctor y olía a limpio./Me gustaba el recuerdo de su olor/ sobre la almohada/cuando se iba de viaje,/y miraba hechizado/ cuando estaba en la casa/ su brocha de afeitar.

He leído El abrigo de Proust de Lorenza Foschini: la crónica de una obsesión literaria, una fascinante intriga bibliófila que despierta en uno la rabia de preguntarse porqué no  tiene uno una obsesión así, que le mantenga distraído mientras la persigue. La Gitanilla de Cervantes, que es otra forma de abstraerse, con la mirada del siglo XVII, de las trampas, los engaños, las imposturas y las pendencias que lee uno a diario en el periódico de este siglo XXI, pero con humor cervantino. Y Semper dolens (Historia del suicidio en Occidente) de una de las mentes más cultas y brillantes de nuestro país, Ramón Andrés, que lejos de relatar las formas o maneras, ni siquiera los porqués del suicidio, hace un análisis profundísimo de nuestra fragilidad y nuestra libertad como seres humanos, dos cosas que una vez más, me enseñó bien, muy bien mi padre.

Y así han transcurrido estos días separado de estas páginas, sin tener muy claro porqué las escribe uno y planteándose si tiene ya cierto recorrido esta bitácora como para ir abandonándola, por lo pesada y deslucida que pueda ir resultando la vida de uno para los que la leen. 

Pero luego pienso que a mi me vale que tú las leas y lo agradezcas, porque la gratitud de una sola persona vale y pesa más que la incomprensión de decenas (que siguen preguntándose porqué lo hago y qué consigo con ello), pero es así como está garantizada mi alegría. Y es así, que sigue uno escribiendo a pesar de todo, pues no es otra cosa que ir arrojando botellas al mar con mensajes, no sea el caso que alguien las abriese y le diese por leerlos.




9 comentarios:

  1. Siempre hay una ultima respuesta a esos "preguntones":
    Lo hago porque me da la gana !!!!

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    1. Resulta ya cansino, agotador dar explicaciones. Pero bueno.
      Lo que sí creo es que quizás llegue un descanso.

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  2. Nutrirse con silencio como parte indispensable de la vida, la de cada uno: no sufrir compañía. Eres bien hallado, un placer.
    mc

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    1. Veo que has leído el libro de Ramón Andrés: "no sufrir en compañía". ¿Te gustó?. Es magnífico.

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    2. Ya lo creo. Una lo tiene como referente. Sabiduría, sencillez y una enorme grandeza humana. De cabecera. Rendición total ante su obra.
      Mantén el ritmo, te seguimos.
      Bravo!.
      mc

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    3. Ya lo creo. Una lo tiene como referente. Sabiduría, sencillez y una enorme grandeza humana. De cabecera. Rendición total ante su obra.
      Mantén el ritmo, te seguimos.
      Bravo!.
      mc

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  3. Nutrirse con silencio como parte indispensable de la vida, la de cada uno: no sufrir compañía. Eres bien hallado, un placer.
    mc

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  4. Sigue lanzando botellas Enrique, con el ritmo que desees, pero sigue... Uno es un poco más huérfano sin tu bitácora, que ya es nuestra.

    Satur

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