Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 25 de febrero de 2016

Los recuerdos expósitos.





Guarda uno bajá la cama de su antigua casa, la de su infancia, una caja de recuerdos sellada a la luz, la humedad y el polvo. Dentro se amontonan desordenados y sin criterio biográfico, fotografías, cartas, postales, dibujos, mapas, negativos e incluso notas de evaluaciones escolares.


Ocupé un buen tiempo, absolutamente hechizado, en revisarlos hace unos días y tuve mientras lo hacía una extraña sensación de intrusismo, de voyeur, de violador de intimidad, por más que fuera uno el legítimo propietario de todas esas cosas.


No se puede decir que hubiese pasado demasiado tiempo desde que fueron guardadas, lo más un cuarto de siglo, pero muchas de aquellas curiosidades no las recordaba uno en absoluto. Así que encontrarlas fue algo parecido a una hipnosis regresiva o una simpática, pero sobre todo barata, sesión de psicoanálisis.


Alguna ya no representaba nada y no acababa de entender uno el motivo por el que fueron tan celosamente guardadas. Otras consiguieron arrancar una sonrisa, bien cargada de nostalgia, pero hubo incluso algunas que me sacudieron e impulsaron a deshacerme inmediatamente de ellas. Las tuve en mi mano frente a la papelera por unos minutos y en ese momento vino a la mente el  recuerdo del sorprendente hallazgo que fotografié en un vertedero a las afueras de un pequeño pueblo.


Y fue que: esparcidas por el suelo encontramos decenas de fotografías, centenares de negativos, documentos y objetos de una persona a la que conocíamos y que sigue viva en el momento en el que transcribo esto que sucedió hace un año. Estaban todas esas cosas expuestas allí, entre colchones, cafeteras oxidadas, cristales rotos, sillas desvencijadas y viejos televisores, con una carga no pequeña de obscenidad, no tanto por el motivo y las personas que aparecían fotografiadas, como por el hecho de ser escenas cotidianas de viajes, fiestas, celebraciones y, en definitiva, momentos felices que, sin embargo, habían sido tirados por el suelo entre vidrios, despojos y zarrios.



Me surgió entonces la duda del porqué alguien abandona sus recuerdos, completamente desnudos, expuestos al escrutinio de todo aquel que tuvieran a bien pasar por allí. ¿Porqué tiramos recuerdos aparentemente felices?


Por pudor, pensé, por la vergüenza de no reconocernos en ellos, de no admitir que así fuimos o vivimos, en una extravagante interpretación de nuestra dignidad presente, juzgando con las herramientas del hoy lo que nos sucedió o lo que fuimos.


Por venganza, dije en alto, por el odio que se despierta en nosotros al pensar que aquello efectivamente sucedió y quedó lamentablemente atestiguado. No queremos bajo ningún concepto que esos recuerdos materiales formen parte físicamente de nuestro futuro y en un intento de hacer desaparecerlos de nuestra memoria prospectiva, ordenamos la destrucción retrospectiva de todo aquello que pueda despertarlos.


Por desgarro, eso es, por desgarro. No podemos soportar verlos; al fin y al cabo nos recuerdan que en otra época fuimos felices, quizás mucho más que en el presente, o a lo peor, no podemos explicarlos a los que no formaron parte de ellos y que ahora comparten una nueva vida con nosotros: ¡Qué difícil argumentar que tuvimos otra vida y que en ella fuimos más felices que en el presente compartido con ellos!


Finalmente, pienso ahora, en ocasiones, guardarlo todo, intentar preservar todo en la memoria, puede hacer ingobernable el presente, bloqueándolo y terminamos por arrojar al olvido lo material, en un acto de economía de los espacios, no tanto físicos como mentales. El saber no, pero la memoria puede ocupar un enorme lugar.




Pero aquella des-posesión abría las puertas a una reinterpretación, a recrear aquellas vidas esparcidas por el suelo, sin opción de ser ya reclamadas por su anterior propietario, sin derecho a la ofensa por no haberse ajustado el que las interpreta  de nuevo a la verdad de lo que fue. ¿Con qué derecho podría su antiguo propietario reclamar la verdad sobre una historia abandonada a su suerte? Yo me inventé una nueva historia y... ¡era tan fácil hacerlo!


Sólo la destrucción total es la solución. Nunca el abandono. Los recuerdos así abandonados, son expósitos que pueden sufrir una reinterpretación peor aún que la que motivó su abandono: ya sea el pudor, los desgarros del alma, el odio o la falta de espacio, que no es otra cosa que la indolencia y la desmemoria.


Así que después de esos minutos frente a la papelera, guardé todos esos fetiches en la caja, y decidí no abrirla hasta dentro de otra década. Quizás entonces sea uno el que reinterprete lo que se encuentre en un juego constante de reinventar el pasado.


Nota bene:
Fetiche: Del fr. fétiche.
1. m. Ídolo u objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos.
Expósito, ta: Del lat. exposĭtus 'expuesto'.

1. adj. Dicho de un recién nacido: Abandonado o expuesto, o confiado a un establecimiento benéfico.



Vuelvo a meter esta canción, como un fetiche, al cajón de los recuerdos. No pretendo oírla en los próximos diez años.



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