Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 14 de febrero de 2016

Huir de la ciudad.


Fotografía de Jokin Garmilla. Burgos.
"Las ciudades retoñan con los primeros vientos fríos. Los bosques urbanos son el fenómeno inverso de los árboles y las flores. Brotan con plumaje cuando llega el invierno..." 
Richard Eder, "New York", Suturday Review, 8 de enero, 1977.

Hubo quizás un tiempo en que la ciudad cobraba vida cuando el campo hibernaba. Se comportaba esta como el refugio de los seres humanos frente a los caprichos de la naturaleza y sus retos. Mil años antes de nuestra era, en la dinastía Zhou, las familias estaban organizadas de tal manera que cerraban a cal y canto las ciudades en verano, las fortificaban incluso, marchando al campo; después, en el invierno, las plazas públicas reverdecían despertándose de su sueño estival. Refugios de artificio de una sociedad urbana que se fueron reproduciendo de la misma forma en la era griega, romana, renacentista (los florentinos eran unos sofisticados urbanitas invernales) o en la Francia revolucionaria: fermeture annuelle durante agosto para volver al brillo, la animación y la protección intramuros. Y afuera quedaban el desierto y el desabrigo invernal.



"Otro día de niebla cerrada, de esa que moja, de la que esbarcia. A veces, caminando entre sombras, siento el deseo de perderme. De perderme y no volver. Al final resulta sólo un impulso literario. Cuadro grados y el sol sin ganas de dejarse ver. Niebla de mantequilla." 



Jokin Garmilla, Radio valdivielso, 

26.01.2016 en su perfil de Facebook.


Dice Yi-Fu Tuan, Profesor de la Universidad de Wisconsin y máximo representante de la denominada geografía humanística-  en el libro Geografía románticaque la ciudad  se creó en  un intento de llevar orden a la vida del hombre, cortando sus raíces agrícolas, convirtiendo la noche en día y disciplinando el entorno del ser humano en aras al desarrollo de la mente.

Ayer, sin embargo, bajaba uno nuevamente a la ciudad y no sentía en absoluto esa majestad a la que se refiere el ensayista. Cada vez más, se me antoja la ciudad como un lugar hostil, sucio y gris. No aprecia uno el brillo en ningún lado y lejos de ordenar nada, sumerge en un océano caótico de coches, ruidos y muchedumbre. 

Aquella otra forma de caminar por la ciudad que tanto practiqué: esa del flâneur que vagabundea siguiendo sus propias atracciones, su inspiración del momento, la intuición que le llega del ambiente y con la autonomía de dar la vuelta en la siguiente calle o plaza por puro antojo, la manera de andar que se detiene ante cualquier escaparate durante su paseo ocioso, hoy se le hace a uno rotundamente odiosa. La muchedumbre, el ruido y la suciedad de mi ciudad ya no invitan mucho a hacerlo.


Coincide esta percepción tan desalentadora de Madrid con el final de la lectura del libro, felizmente reeditado muchos años después de su primera edición, de Avelino Hernández, Donde la Vieja Castilla se acaba: Soria. “Es, más que un libro, una declaración de amor, una introspección poética, un recorrido por una tierra que es más que eso, una exaltación, en fin, de todo lo que la literatura tiene de misterioso y emocionante. Es lo que ha hecho que sea ya un clásico de la literatura castellana y española y es lo que hace que continuamente uno regrese a él como a esos libros que nunca mueren, porque son vida en estado puro”. Con estas palabras alude el escritor Julio Llamazares a la obra y reconoce en su prologo que su lectura fue un detonante para él para comenzar a escribir La lluvia amarilla, una obra que para uno fue también, en su día, el pistoletazo de salida de otra forma de ver la vida. O mejor dicho de soñarla. 

Una vida y un lugar donde se deshila la lluvia sobre la tierra y tamborilea sobre las tejas de barro cocido; un lugar que tranquiliza y que permite echar a andar por las inesperadas sendas de la esperanza: caminos de arena, romero, un riachuelo, rocas hincadas en el suelo, peñascales, pinos, encinas, vellones de nubes, jirones de niebla, barbechos, zarzas, bandos de gorriones, corrales, aperos, dos viejos con boina, una fuente, una iglesia caída, una escuela, u, unos chopos, dos flores azules, minúsculos huertos, un puente, una era abandonada y un corral vacío o casi, si no fuera por una gallina solitaria. Soñar con un sitio -que existe, o podrá existir- en el que el alma que esté a punto de romper a llorar no rompa porque apenas tenga quien la escuche.


Fotografía: paseo de la mano. 
Blogscriptum©




Nota a la música de hoy:
Las apariencias es evidente que engañan, y lo hacen tantas y tantas veces... Esperaba uno escuchar una voz cavernaria salida desde detrás de esa barba, y sin embargo...bueno, escucha y dime que te parece Tom Fliggins. Y si lo traigo aquí, es evidente que lo hago porque me gusta.
 

7 comentarios:

  1. Pronto llegará la primavera y nos hará olvidar el encierro voluntario que hacemos o nó tan voluntario, la luz cambiará y tendremos ganas de verlo todo.

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    1. ¡Ah!, pero a mi no me molesta el invierno ¿eh?, en absoluto.

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  2. Profundas y acertadas reflexiones que invitan a vivir de buena gana.
    Muchas gracias Enrique.

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  3. Profundas y acertadas reflexiones que invitan a vivir de buena gana.
    Muchas gracias Enrique.

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  4. ¿Y no sería posible volver a humanizar las ciudades? Si escapamos, ¿ no abandonamos nuestras obligaciones como ciudadanos?

    Hay una maravillosa película y documental, El cielo gira, que cuenta la vida de los últimos habitantes de Aldealseñor en Soria, durante las cuatro estaciones del año. ¡Es hermosa!

    Gracias Enrique por tu mirada.

    Satur

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    1. Buscaré este documental que me dices. Respecto de nuestras obligaciones y de la huida como forma de abandono "irresponsable" (no me interpretes mal en el adjetivo), soy enormemente exceptivo. Creo que la civitas está perdida para nuestra causa Satur. Invierno en mi pensamiento, supongo.
      Un abrazo.

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