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domingo, 15 de febrero de 2015

El Ruido y la furia: Miriam Rothschild y Pablo Genovés.



Miriam Rothschild Louisa, zoóloga y entomóloga, nació el 5 de agosto 1908 y murió 20 de enero de 2005. La llamaban la abeja reina y realmente lo era. Rothschild, murió a los 96 años de edad siendo experta en tantos campos que reunió ocho doctorados honoris causa, desde Oxford en 1968 a Cambridge en 1999. Fue una de las principales naturalistas de Gran Bretaña, una autoridad mundial en pulgas, mariposas o tremátodos, pero en general poseía un entusiasmo enorme sobre todas las cosas de la vida. Procesó siempre amor, obsesión y compasión por todo tipo de vida.

Al inicio de su carrera autodidacta se centró principalmente en el estudio de unos gusanos parásitos microscópicos. Para ello, durante la segunda guerra mundial trabajó con estos tremátodos en la Estación Biológica Marina en Plymouth. Como voluntaria encargada de la prevención de ataques aéreos había sugerido que se instalasen equipos contra incendios en el laboratorio. El director no lo creyó oportuno. A fin de cuentas no se encontraban en la trayectoria de ataque de los bombarderos alemanes, los muelles de la ciudad carecían de interés estratégico y los tanques de combustible era evidente que estaban casi vacíos.

El ataque, indudablemente, se produjo. Los tanques no estaban ni mucho menos vacíos de combustible y su destrucción terminó por afectar al laboratorio de Rothschild, quedando completamente destruido.

He tomado unas notas de la propia Miriam Rothschild publicadas en el libro de Walter Gratzer: Eurekas y Euforias, editorial Crítica de 2004, que a su vez referencia el libro From creation to chaos: clasic writtings in Sciencie, Bernard Dixon, Oxford, 1989. Estas anotaciones hacen referencia a los sentimientos que expresó la Dra. al volver a entrar en su laboratorio tras el bombardeo. He conservando el fondo y el espíritu de dichas notas y he añadido sólo matices literarios.

Cuando amaneció y hubo luz suficiente para ver, me quedé en la habitación para evaluar los daños. Ante mis ojos había una vista increíble. Todo estaba cubierto de minúsculas esquirlas de vidrio en el suelo. Eligiendo el camino, entre los residuos, vi al único superviviente, mi ratón amaestrado.


¿Dónde estaban mis cuadernos y manuscritos? ¿Dónde estaban los dibujos etiquetados? ¿Dónde estaban los centenares de caracoles de mis estudios? ¿Y mi microscopio?, ¿las lupas, las tazas de lavado, las probetas, los estantes, los libros? ¿Dónde estaba todo?
Durante tres días no sentí nada excepto un vago dolor de espalda. Al cuarto día descubrí al ratón muerto entre los escombros.  ¿Habría muerto con dolores? Me sentí profundamente perturbada cuando lo vi inmóvil entre los trozos de vidrio. Esto era el espejo de la raza humana. Me sentí parte, por pertenecer a esa raza, de la cadena vital de todos aquellos seres vivos.
El sonido de una gaviota me sacó de aquel trance. Empaqueté lo poco que me quedaba, algunas notas que llevaba conmigo el día del bombardeo y un par de libros. Dos camisas sucias, alguna falda y un peine al que le quedaban siete o diez púas. 
Una mariposa volando sobre el campo florido de Plymouth consiguió abstraerme de la columna de humo que se levantaba junto a mí a pocos metros de distancia, y que subía desde los depósitos de combustible hasta el cielo. Un avión de reconocimiento alemán atravesó la columna de humo negro generando una extraña turbulencia tras él. 

Volveré de entre los detalles a descubrir dónde está el mal disfrazado, me dije. Resistiré impasible frente a la realidad hasta que esta me dé la razón. Y tras perder de vista a la mariposa en su huida campo a través, giré sobre mis pasos para tomar el primer transporte que me sacase de aquella devastación.




La lectura de estas notas me ha permitido reconsiderar la primera impresión (no muy buena) que tuve  tras haber visitado la exposición del fotógrafo Pablo Genovés en la Sala del Canal de Isabel II, “El ruido y la furia”. No he podido tampoco evitar la creación mental de un nexo reflexivo que ata esta exposición, la lectura del texto de la Dra. y los recientes acontecimientos terroristas vividos en Francia

En resumen, el trabajo fotográfico de Genovés muestra en unos formatos espectaculares y en el magnífico espacio de la sala de exposiciones del CYii, una serie de espacios emblemáticos de la cultura occidental que se ven invadidos por elementos naturales como el agua o el hielo y que posteriormente, tras la devastación, quedan cubiertos por la pátina del tiempo.

Mediante una técnica de apropiación de antiguas fotografías de arquitecturas (bibliotecas, museos, palacios, ruinas, fábricas abandonadas) y de fenómenos de la naturaleza, que manipula con técnicas digitales, Genovés combina imágenes contradictorias para generar narraciones suspendidas que hablan del tiempo, de la cultura, de la naturaleza y su fuerza imprevisible, desde una mirada teñida de melancolía.



El recorrido expositivo crea una especie de relato a partir de la violencia desatada de las imágenes iniciales -ríos desbordados, mares embravecidos y oleaje- que irrumpen en catedrales, palacios, teatros, bibliotecas o museos. Conforme ascendemos a las distintas plantas de la sala, una lenta devastación se apodera de estos escenarios: el agua, el hielo y el humo los invade.  Por último, quedan las consecuencias de la destrucción: barro, piedras, muros desconchados, ruinas… como si un bombardeo o un tsunami hubiesen barrido definitivamente estos paradigmáticos edificios. Representación del poder económico, ideológico, religioso y cultural que ostentó una Europa, ahora, simbólicamente arrasada.




Estos escenarios de devastación son imaginables, tanto, que han generado decenas de guiones de películas y que hoy se ven además encendidos en nuestra imaginación por la amenaza (real) de una idiología con motivaciones irracionales, destructivas, aniquiladoras de todo lo que no constituya su orden y sus creencias.

Sin embargo, si por algo destacó la Dra. Miriam Rothschild fue por su inagotable capacidad de trabajo y superación. Tras aquella devastación que supuso el bombardeo de su laboratorio y con él la destrucción de todo su trabajo previo, ella consiguió levantar el vuelo y alcanzar una excelencia y un  desarrollo profesional prácticamente inigualables.

Sólo ahora echo en falta un último espacio de la exposición de Genovés dedicado a la fortaleza y la reconstrucción de toda esa cultura , aparentemente débil, aparentemente indefensa, pero cuajada de Dras. Rothschild. Una última foto de resurrección.




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