Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 15 de enero de 2015

Liberté, liberté chérie.




Allí estaban los bárbaros tomando asiento en la capital de la Revolución, origen y destino de las democracias modernas, la soberanía nacional y la demolición del absolutismo y el Derecho Divino, con la Torre Eiffel de fondo.




Ha sido Manuel Jabois (cuando vuelva a nacer, si puedo elegir, pediré reencarnarme en algo parecido a él) el que me ha recordado esta fotografía tan impactante, tan cargada de significado, tan abyecta. 


Hace dos días, y otros dos tras la barbarie parisina,  el parlamento francés interpretaba a coro (con una sola voz, sin disonancias: otro gallo, no precisamente francés, cantaría en mi "país") su himno. Entonces ha venido también a mi memoria el relato  de Stefan Zweig, sobre el origen de la canción. El autor austrohúngaro llevó a la cima de la literatura esta aparente miniatura histórica e hizo de ella y otras trece anécdotas históricas, Momentos Estelares de la Humanidad. Fueron los catorce que se describen en el libro, hitos que marcaron cambios de rumbo, brillantes momentos inesperados que supusieron puntos de inflexión en la Historia a las que uno, a través de Zweig, se acerca con fascinación.

Luego de escribir estos Momentos, y a miles de kilómetros del sinsentido que vivía Europa, del fascismo, la sinrazón, la locura que golpeó la libertad, Stefan Zweig dictaminó que Europa se había suicidado y él mismo se quitó al vida tras escribir: "Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí"





Corría el año 1792 y a orillas de Rin se encontraba el enemigo, el adversario: visible, concreto, amenazador. Los regimientos prusianos, al otro lado del río representaban el viejo orden, y al otro margen acampaba el ejercito que abanderaba la nueva libertad. Desde París a Estrasburgo se escuchaban las arengas: Marchons, enfants de la liberté! Pronto temblarán los déspotas coronados, se decía el pueblo. Todo el país quiso entonces formar una sagrada unidad, convencidos de la victoria y entusiasmados por la causa de la libertad.

Le fue encargado a un joven capitán de la guarnición, de nombre Rouget, componer un himno, un canto a la guerra para las tropas que habrían de partir al día siguiente, marchando contra el enemigo. 

Allons, enfants de la patrie,

Le jour de glorie est arrivé!


En una sola noche, todos los sentimientos que se habían desatado en la calle, son capturados por Rouget. El odio por los tiranos, la angustia por la defensa de la tierra natal, la confianza en la victoria y, por encima de todo, el ansia y amor por al libertad. "La melodía, cada vez más dócil, obedece a ese compás machacón, jubiloso, que es el latido de todo un pueblo".





Amour sacré de la patrie,
Conduis, soutiens nos bras vengeurs!
Liberté, liberté chérie,
Combats avec tes défenseurs!


Fue una canción pensada para los combatientes, no simples oyentes, no indiferentes masas sentadas en su indolencia. La libertad estaba amenazada. El enemigo había penetrado finalmente en suelo francés...


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