Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 19 de octubre de 2014

Cole Porter y Avelino Fierro, igualmente necesarios.


Progresiva presencia de las imágenes sobre 
las palabras al contemplar en silencio el silencio.


Termino de repasar la foto que le disparé mientras jugaba con el agua del lavadero, mercurio entre sus dedos, y no paro de darle vueltas a la cabeza, porque yo ya he leído esa imagen. Ya la visualicé en palabras. Me levanto de la silla hasta la estantería a buscar el lugar exacto. Empiezo a no respetar la norma dada para este despacho. Ley de la sostenibilidad de las estanterías: libro que entra, libro que sale. No respeto mis normas, pero ¿quién respeta hoy alguna?. Me llama la atención la cantidad de ellos que han adoptado una postura horizontal. Me parece que duermen. Al menos no hay por los suelos. Me echarían de casa si empezasen a apilarse sobre la tarima, aunque me alegraría por los que descendiesen (o no consiguiesen ascender a la librería). El suelo, que es de hilo radiante, se me antoja más agradable que el estante lacado en blanco roto (ignoro porqué se puede romper un color).

Lo encuentro, y mi pulgar me lleva directo a la página, porque hace ya más de tres años que doblo las esquinas de las páginas de los libros y los subrayo. No zaherir los libros; otra norma que me impuse hace muchísimo y que de un tiempo a esta parte me ha dado también por incumplir. Es de las Monotonías de Masoliver Ródenas, El ciego en la ventana. Tras escoger la frase que le da pie a la fotografía, abriendo esta entrada, decido realizar el experimento de Muybridge pasando las hojas como en un zootropo literario, para conseguir que algo del libro persista en mi retina, al menos por lo que queda de día (apenas nada). Y no es por casualidad, sino por que creo que la hoja quedó algo engrosada por culpa de la humedad caída en su día desde mi cara, el rápido pasar de las hojas se detiene: Le besé el pelo y ella/ me besó los párpados. /Lloramos juntos/ y luego lloré solo/ un llanto interminable/ entre sus brazos. He vuelto a sentir una vez más esa extraña picazón en los ojos al leerlo.



Ha sido un día hermoso , hemos ido a buscar setas - por cierto,  todo un éxito- y por primera vez he conseguido hacer ruborizarse al otoño, porque le he pillado desnudando con una suave brisa a los chopos de su ropaje, con melancolía y redonda parsimonia.  Me he dado cuenta de que por primera vez presenciaba la caída, a cámara lenta, de las hojas. He visto cómo se produce un hecho que , hasta la fecha, había creído que se practicaba con nocturnidad y celotipia. Yo veo las hojas de los árboles esparcidas por el suelo como si fuera la ropa femenina en un dormitorio a la mañana siguiente de cualquier encuentro. Los dos son espectáculos de la vida  que se me antojan deliciosos. Aunque empiezo a disfrutar más de la certidumbre de saber que ocurrirá seguro el primero de los dos desnudos. Es lo que tienen las estaciones frente a los encuentros, que inevitablemente se repiten.





Acabo el día leyendo. He terminado el libro que a Julio Llamazares, amigo y crítico del autor (sin dejarse influir por la primera de las condiciones para realizar la segunda, dice él)  le parece uno de los mejores que en este año se han publicado en nuestra lengua. Una habitación en Europa es un conjunto de diarios firmado por Avelino Fierro, de profesión fiscal y de vocación escritor, dibujante y lector. “El diario de un lector agradecido” define él mismo su libro. Avalados como estaban(Babelia, 14 Ago. 2014), libro y autor, por mi escritor de cabecera, era una apuesta segura. Me lo regaló un paciente, un lector o un amigo, ya no sé qué es. No ha fallado. Pero me voy a dormir con la sensación de que el arte es largo y el tiempo es servido a cuentagotas. Aún no he aprendido a saber luchar contra esta incómoda sensación de crédito temporal limitado.

Por cierto, hace cincuenta años que fallecía Cole Porter. Otra de las cosas, junto con Avelino Fierro, que hacen de este mundo un lugar más habitable.


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