Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Haz que este gesto se pegue.

Fotografía de Lee Jeffrie

Al norte de la prefectura de Kioto vive el Señor Taro Aso.  Su casa está escondida en una  lengua de tierra sobre las aguas, cubierta por siete mil pinos. Cada mañana el Señor Taro Aso camina los tres kilómetros de arena y árboles de esta lengua que unen, como una cremallera sobre el mar, las dos orillas de la Bahía de Miyazu.

En este dulce pasear, el Señor Aso cada vez encuentra más rítmico el silencio. Su diario paseo melodioso y armónico parece conducirle a una pausada ausencia. De joven siempre creyó que nunca finalizaba el año en el invierno, pero el último diciembre, para él, estaba resultando eterno. El Señor Taro Aso, que lo había sido todo como poeta en el pasado, un día saltó de la cama en busca del mañana y se encontró de golpe con sus pies hundidos en un presente inagotable.

Quizás fuera porque la noche previa se le hizo eterna oyendo golpear, hora tras hora, al viento de la ansiedad sobre la ventana de su corazón. O quizás fuera el desasosiego de haber salido a cazar sin querer matar, una vez más, la palabra exacta, con las veintiocho letras en la recámara de su pluma. Quizás no fuera por nada de eso, o por las dos cosas, el Señor Aso cayó de bruces al levantarse de la cama por la mañana con la mente detenida en una eterna pausa de la que nunca fue capaz de avanzar un fotograma más.

El día a partir de entonces quedó en penumbra. El sol de sus recuerdos se escondió por el poniente de su habitación y puestos a ignorar lo que significaba el mañana, sin tener miedo al porvenir lejano que ignoraba, comenzó a aterrarse de la oscuridad más cercana, de la noche misma y de las vueltas en la cama, con los ojos abiertos y la mirada perdida en un techo de escayola desconchado y una lámpara de cristal que simplemente aborrecía. Por eso el Señor Taro Aso no dormía. Su demenciada vejez era insomne, como si pretendiese alargar el brazo que le unía a la vida, queriendo alejarse de todo lo que se pareciese a la muerte.

Tras el derrame cerebral comenzó a sufrir la bancarrota de la riqueza virtual de su pasado. Perdido el exótico lenguaje de su tiempo pretérito -aquel que despreció con inconsciencia- comenzó a amasar una fortuna indeseada. Sobrevenido a multimillonario de tiempos muertos, paradójicamente, vivía en la más absoluta miseria de recuerdos.

El Señor Aso recibía la visita diaria de su hijo que cuidaba de que cada objeto de la casa fuera propietario de un post-it amarillo que ayudase al pobre viejo a recordar, mediante su lectura, el nombre exacto de las cosas. Centenares de papelitos rezaban sólo una palabra: café, ducha, vino, maquinilla, ventana…luz. Todos estaban distribuidos ordenadamente por la casa.

Su antigua poesía, leída por el mundo entero, había quedado reducida a un recital de palabras sueltas que repetía a diario cuidadosamente. Café, ducha, vino, maquinilla, ventana…luz

Una noche cualquiera, el Señor Aso padeció una vez más de insomnio y rebeldía, y como aquella en la que su pasado fue enviado al mismo lugar que van las palabras olvidadas, el viento rugió con fuerza en el entorno de sus ojos.

En una brisa de conciencia pensó: ¿Qué puedo ser si me disuelvo, perdida como está toda mi dignidad en lo que vivo?.¿Qué puede esperarme allá delante?, sí , allá, donde no puedo ver. No me espera nada en absoluto.

Al final de aquel pensamiento, el inasible aliento de la vida abrió de golpe la ventana de su cuarto y los papelillos amarillos volaron como confeti alfabético por toda la casa. A la mañana siguiente los fue recogiendo y pegando al azar, cada uno en un objeto, pero ninguno en el adecuado.

Tras un suave caminar por la lengua de tierra cubierta de pinos que abraza en cremallera las dos orillas de la bahía de Miyazu, regresó a casa y en un ejercicio acostumbrado comenzó a realizar la rutina de cada día.

Fue entonces cuando advirtió que había una suave luz que entraba por su cama; se dio una larga ducha de afrutado vino dulce; se secó después envuelto por los rizos de su cuadro favorito y se sentó desnudo a descansar sobre un pan recién hecho, con la cabeza apoyada en un pincel mullido, recibiendo la suave brisa de la nevera abierta. Llevó al hervor la lámpara de su mesilla y escuchó la poesía de Prokoviev mientras tomaba una taza de azafrán bien caliente y colgaba su ropa en las cuerdas de un violín antiguo. Revisó las fotos de su hijo en la cartera y la dejó amorosamente sobre la mesa con un post-it encima que rezaba: granos de café arábica.

Aquella mañana el Señor Aso escribió su más bella y última poesía.




Blogscriptum: Las palabras escritas no son más que fósiles, apenas sirven para datar el pensamiento. Fuera de su estrato no son más que una anécdota paleográfica.





Esta fotografía fue tomada en el estudio de Nicolas Muller en el año 1972.
Es mi familia. Falta el menor de los hermanos, aún no había nacido. Hoy su hija me ha regalado un post-it amarillo, en forma de negativo de esta imagen. 

Con todo el amor que puedo expresar al Mi particular Señor Aso.

4 comentarios:

  1. Hoy lo primero que he leido me ha hecho llorar. No puedo imaginar cuanto sufrimiento se debe sentir cuando a la persona que tanto quieres no recuerda como eras. Un beso muy fuerte para tí y esa bella familia.

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  2. Quien fuera pan recién hecho y pincel mullido para sostener...

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