Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Cuando no hay otro fantasma: parte 1.

Foto Blogscriptum que se incluye en el proyecto fotográfico: "A oscuras"


Cuando no hay otro fantasma.

Prólogo: Los Fantasmas.

Los fantasmas no están locos, no se vengan nunca de nada, agotan simplemente sus últimas fuerzas en un tránsito ínter-mundos, siendo fieles a su memoria.  La gente entierra a sus muertos en los pueblos para abandonar allí - en vano- a sus fantasmas, para mantenerlos alejados. Al cabo del tiempo, devoramos sus casas y rapiñamos con sus muebles y recuerdos, creyendo ingenuamente, que se trata sólo de cosas. Sin embargo, los muertos vuelven siempre y se sientan  con nosotros, saliendo de sus antiguas pertenencias, que aún siguen vivas e impregnadas de su esencia.


Capítulo 1: la Casa

La vieja casa de granito moría ausente, en silencio y desesperadamente sola. Nada más que ella y la niebla. Las enredaderas y la hiedra violaban vorazmente espacios que no les correspondían. Una enfermedad de tacto viscoso, de sabor podrido y meloso, un veneno inconfundible y dulzón que ascendía por sus paredes, atestando de hojas verdes sus muros y ocultando tras de sí las sombras, los muertos y las figuras enormemente negras y silenciosas, todas sentadas en torno al fuego, que vivían en su interior, que morían en su interior.
La herrumbre, las zarzas y las ortigas cayeron sobre ella cargadas de olvido. Sus muros abrumados bajo su enorme poder, su violenta crueldad, arrumbados, respiraban únicamente por un tejado de pizarra que desde el camino de Miraflores se adivinaba, flotando en la niebla por las mañanas, con una enorme carga de melancolía.


Capítulo 2: Los recuerdos

Desde su ventana Vicente espiaba aquella casa vacía, viendo los días pasar a través de los visillos igual que pasan las nubes, de una en una. En la antigua casa de Miraflores no había certezas, apenas suposiciones. Entre los árboles del jardín volaban las sombras, un murmullo interminable de palabras, sonidos y un silencio inundado de intuiciones que escondían en la clandestinidad de la hojarasca susurros y risas infantiles  que, como las llamas frente a las que Vicente se sentaba cada tarde, sonaban profundamente musicales. Mientras lijaba y repasaba el escaño que heredó de aquella casa con el cepillo, sacando de entre sus nudos y vetas algún recuerdo pasado, fue notando en aquel invierno que la nieve y sus recuerdos se iban espesando al unísono. Aquella sensación de poseer algo impropio le fue sumergiendo una noche tras otra en un acelerado insomnio del que podía librarse únicamente a intervalos con un sueño inquieto.

Capítulo 3: La llamada

Los sueños tienen distintas velocidades. No hay sueños y pesadillas, hay confusiones rápidas y lentas. Después de varios inviernos, después de tanto tiempo, Vicente llegó a la profunda convicción de que no hubo un sólo instante de infelicidad en aquella casa mientras vivió. La paz fue constante entre aquellos árboles. Llegó a esa conclusión después de una noche lenta en la que la niebla que envolvía el tejado de pizarra de la casa abandonada, flotando en el aire, se terminó enredando entre los barrotes de su cama. Escuchó claramente sus palabras en voz baja salir desde detrás de algún visillo medio caído de sus ventanas, e intuyó, en la prolongación del silencio de aquella noche, la inquietud que la casa le causaba. Una sensación confusa y turbadora, de armonía y de angustia que le hizo levantarse y adentrarse en su jardín, hundiendo los pies profundamente en su miedo y en la nieve.

Capítulo 4: El encuentro

Subió las escaleras de piedra, flanqueadas por los árboles inmóviles, solemnes, en un jardín lleno de reflejos densos e indestructibles, que se hacían trémulos cuando, proyectados sobre el pequeño estanque, eran movidos por el rozar del viento sobre la superficie del agua. Una dulce y brutal nostalgia invadió el corazón de Vicente envuelto, como aquel jardín, en una penumbra temblorosa.
A medida que se acercaba a la casa notaba más claramente el grito de las piedras sepultadas bajo el liquen y el lamento infinito de las vigas de la puerta que se ahogaban podridas bajo el musgo de varios inviernos.
La fiebre le subió como una arcada violenta por los caminos subterráneos de su piel cuando golpeó con fiereza la pesada puerta desquiciada.
Junto al fuego encendido, sombras muertas, enormemente negras y silenciosas, todas sentadas juntas, repasaban cortinas y sábanas, doblándolas con mimo. Los muertos de ahora y de antes se voltearon y comenzaron a mirarle al unísono.

Nota blogscriptum:
La música de hoy es de Hildegard von Bingen (1098 - 1179). Una mujer sobre la que termino de leer, apasionadamente, su vida y obra. 
Ella aparece en el Acta Sanctorum bajo el título de santa patrona de los lingüistas y de las novicias; mística objeto de culto, abadesa benedictina fundadora de monasterios, viajera, predicadora, corresponsal epistolar  de San Bernard de Clairvaux, fundador de la orden cisterciense, del rector de la Universidad de Paris o del Papa Eugenio III, entre otros. Autora de tratados científicos, médicos; compositora y escritora.
Una mujer en una Edad Media de hombres, cuyo testimonio místico, cultural y científico representa un poderoso legado, sublime, de una sorprendente modernidad.



1 comentario:

  1. Hoy he tenido tiempo de leerlo, últimamente casi no hallo un hueco para sentarme y centrarme en la lectura. Tiene buena pinta espero la continuación.

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