Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 1 de julio de 2014

Tierra, tan solo tierra.

Fotografía tomada en el cortijo del Fraile, lugar en donde se desarrollaron los acontecimientos que inspiraron Bodas de Sangre, de Federico García Lorca. Ahora, en manos privadas, se derrumba inexorable e incomprensiblemente, ante la mirada atónita de los que recorremos su entorno.


Desearía que esta entrada fuera la mejor que nunca he escrito. Dejar en ella toda mi alma. Saber cómo contaros los espectros que yo he visto. Ser capaz de cantar la nana heredada, igual que el poeta la cantaba, como si fuera el mandato final de la Historia, con un tinte melancólico para un sueño.   
Nana, niño, nana del caballo grande que no quiso el agua.
Desearía conocer la manera de narrar lo que el poeta vio y traducir a mi lenguaje vulgar la síntesis que él hizo del mundo y su tragedia. Pero tengo miedo de hablar, por si mi boca estalla con palabras torpes en su interior. La nada. Sólo pude mirar, mirar, mirar el cielo sin nubes. La luz y nada más, la misma que bañó en dorado al poeta y  que, por el contrario, nubló mis ojos, del azul de ese cielo, al blanco.  
Duérmete, rosal, que el caballo se pone a llorar.
Entonces fue que  sólo vi la tierra. No pude ver más que la tierra y comprendí que ella es anterior a  la sangre. Y que queda después de la sangre. Antes de que fuera derramada, el poeta (y no yo), conocía los planos de los sitios por los que iba a correr desde el vientre abierto. El poeta sabía la tierra e intuía que reposaba ondulada, desnuda de vida, tiznada de noches estrelladas, mutilada de nada,  esperando el rumor resbaladizo que iba a teñir de rojo por entre los surcos el campo arado. El poeta ya estaba antes y conocía el árbol de las palabras que iba a ser regado por la sangre. El mismo que, florecido, daría al fin por frutos las tristezas.  
Las patas heridas, las crines heladas, dentro de los ojos un puñal de plata.                                                                                                                                                   

Entonces, después de un rato mirando la tierra grité en medio del campo para espantar a los espíritus, los mismos que el poeta fue capaz de convocar, y me quedé solo, absolutamente solo en medio de la nada. No supe decir nada. No pude oír nada. No quise ver nada.  
Duérmete, clavel, que el caballo no quiere beber                                              

Al cabo de estos días de enorme frustración, desde aquella tarde de junio, queriendo hacer la mejor entrada que nunca he escrito,  he acabado por entender que al poeta la nada le fue concedida como un don. 


Fue capaz de contar la vida de lo innombrable. Pudo oír  la vida en lo inaudible. Y quiso ver la vida en lo invisible. Finalmente he entendido que no existe distancia insalvable, excepto la nada. Y ahora que ya no está el poeta sobre la misma tierra que yo pude pisar ayer, sé que ya no hay nada.  
¡No vengas! Detente, cierra la ventana, con rama de sueños y sueño de ramas.


Marta Gomez "Tierra, tan solo" (2012) from World Connection Agency on Vimeo.

3 comentarios:

  1. A ti también te fue concedido el don del poeta.

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  2. Hay paisajes que hablan, ruinas que protestan y abandonos que nos gritan, y tú has descrito este dolor que uno siente al ver las ruinas del cortijo de Fraile. Hace años que no he vuelto a este rincón poético de Almería, pero tu maravillosa entrada sacude y es una denuncia de esta sociedad que hemos creado, que construye y no mantiene, que consume y no comparte, que tiene prisa y no se detiene.

    Gracias Enrique, y ¡bienvenido!

    Satur


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  3. Quizás la tierra sepa guardar el secreto del poeta mejor que los gobiernos que no aprecian el arte, como ahora guardará tu secreto y los sentimientos de los que aprecian lo que realmente merece la pena y no lo que ellos creen importante..

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