Manual de instrucciones de blogscriptum

lunes, 14 de julio de 2014

La realidad de una tormenta

Fotografía de Juan Manuel Castro Prieto.
Encendí una cerilla y  no me olió como siempre, como olían los fósforos de mi infancia. El olor es la vista del subconsciente, el que evoca lejanos paisajes, postales sentimentales. El que me recuerda que hace años en Madrid había una señora que andaba vendiendo chistes de amor a cinco duros por la calle Fuencarral.

Empecé a sentirme entonces triste. Me ocurre cuando el tiempo transcurre despacio, cuando las calles en Madrid están vacías en verano, cuando el día corre insulso, cuando esperas la tormenta y esta no llega, cuando al pasar la cabeza de la cerilla sobre el rascador de la caja se desmiga sin chispa y todo queda en un ridículo intento. Ese día habían pasado todas esas cosas y mis pensamientos, arrebatados y negligentes, se reiteraban conversando de forma autónoma.

La ciudad entera, sus calles, los parques y las plazas, esperaban que de una vez se desatase la tormenta. Yo también esperaba aquel aguacero como quien presiente lo evidente y respira en una falsa calma innegociable. La lasitud de un día que termina por crear una atmosfera apagada, concretada en un sentimiento fatuo. No hay nada más seguro, en esta ciudad de incertidumbres, que una tormenta sobrevenida de forma torrencial, caída desde un cielo abochornado. La lluvia se lo llevará todo, pensaba. No es un poema ni un paradigma. Era la verdad en forma de aguacero la que esperaba. Una lluvia que fuese herida y cauterio, que amansara y arrasase, que devorara y terminase por lamerme.

Confiaba en unas nubes negras, las mismas que en cualquier otra tarde se dibujaban, ficticiamente malvas, sobre un poniente extenso, perdido más allá de la Casa de Campo. Detrás de cada tormenta siempre hay oculto un gran mensaje, y sin embargo, no llovía. Las nubes sucias parecían enormes cetáceos varados sobre la arena de los tejados. Permanecían suspendidas,  enganchadas en las antenas de unos edificios en conflicto permanente con el cielo. El calor sofocante de Madrid en verano nunca se detiene, une los días con las noches, como si fueran todos la misma cosa.

Continué expectante, deseando la lluvia durante gran parte de la noche. Intersecté las horas, unas con otras, en un continuo ir y venir de inútiles veredictos. Mientras me entretuve, tomando poco a poco, la botella entera de vino que me habían regalado, hasta alcanzar esa dulce mirada laxa sobre todas las cosas. Una visión lejana de todo, que desdibuja formas y rediseña otros contornos más abstractos, más irreales. Pretendía escribir mi mejor novela, la que hablara de éxitos y fracasos, de ropas empapadas y tendidas al sol, de truenos y de charcos, la más pura. Sin embargo, la pantalla del ordenador sólo me devolvía la intermitencia ofensiva de un cursor que latía perfectamente rítmico.

Foto Blogscriptum, Casas do Coro. Portugal.

Me levanté para estirar las piernas, mirarme al espejo y salir de dudas sobre si aún estaba o no  despierto. Refrescar las ideas y la cara no son la misma cosa. Hundir mis ojos en el cuenco de mis palmas, rellenas de agua, mantuvo por un momento separados mis pensamientos de aquella noche larga que se movía con una lentitud desesperante.

Las horas parecían reptar con la pasividad de un cortejo fúnebre que me acompañaba en un viaje irreversible, renegando de un amanecer que no quería llegar nunca. Ninguna idea, nada.

Madrid vacío en verano genera un silencio inquietante, mucho más hostil que la algarada. Un hondo "no sonar" adormilado. Sólo el ruido circular y monótono de un ventilador de aire acondicionado lejano anunciaba remotamente que alguien más intentaba conciliar un sueño imposible.

Volví a intentar encender otra cerilla.

- ¿Qué haces? Apaga ya el ordenador, deja de dar vueltas y duérmete ¿qué quieres ver?
- Quiero ver...
- ¿Ver el qué?
- No sé, todo, tú, el cuadro, esa silla, la calle, no sé, todo.
-Todo lo importante que existe ahora en este mundo está en esta habitación y se ve también a oscuras. Y lo que no se ve a oscuras... es que no es importante. Ven, túmbate conmigo.

Me acosté a su lado e hicimos el amor mientras comenzaban a sonar las primeras gotas que explotaban sobre el alféizar metálico de la ventana de nuestro dormitorio. El sonido del ventilador desapareció bajo el del agua que mojaba por fin las calles y que conseguía refrescarlo todo. Quedamos juntos y enredados como una bandera en torno al mástil, mojada tras la tormenta. Creo que pasó algo más de día y medio. Finalmente solo nuestra sed consiguió levantarnos de la cama.


Entonces advertí que la realidad triunfa siempre como una tormenta de verano.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Eres libre...¿Quieres decir algo?