Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 23 de julio de 2014

Al otro lado.


Foto Blogscriptum. Rodalquilar, Almería, junio 2014


Sabine escuchaba la radio dentro de su cabeza desde hacía treinta años. En concreto oía la onda media perfectamente en su interior.

La niña se lo contó a sus padres y entonces comenzó un recorrido por los mejores especialistas de Paris. La pequeña tiene un estado mental complejo, dijeron unos; en fin, se trata claramente de alucinaciones experimentales con el único afán de llamar la atención, dijeron otros; experiencias epilépticas evocadoras -con tendencias musicales, claro-  adujeron otros más.

Sabine al principio sentía miedo, pero con el paso de los años empezó a darse cuenta de que el sonido de la radio que escuchaba en su interior podía ser modulado en intensidad, según los sitios de la casa o de la ciudad en los que estuviese. Pasear a orillas del Sena con la boca abierta le permitía escuchar con facilidad Radio Francia, y si se enfadaba y apretaba los dientes mientras lloraba, subiendo de dos en dos las escaleras del Mont Matre hasta el Sacré Coeur, podía escuchar con toda nitidez radio Leipzig en la Onda corta, donde solían programar música de Bach.

Acabó por acostumbrarse y aquella experiencia infantil supuso la apertura de una puerta de escape cuando llegó su madurez y con ella los problemas de los adultos. Una escapada a través de su muro blanco y frío de realidad que aprendió a modular.  A través de aquella puerta la música le conducía a realidades inmortales, nostalgias de un paraíso perdido de libertad y de emoción, de ebullición y…felicidad, simplemente exquisita felicidad, joven y alegre, sutil y luminosa. Allí, al contrario que al otro lado del muro, todo era hermoso y parecía auténtico y real. Sabine era presa de su presente, de su trabajo, de su quehacer y responsabilidades; pero cuando Sabine atravesaba la puerta todo sucedía más lento.

Conocí a Sabine bajo el campanario románico de Cremona, en una tarde de agosto, cuando los adoquines de la Piazza del Comune parecían blandos y sudorosos y los tacones de una mujer que paseaba distraída  (de negro riguroso), no sonaban; al contrario parecían hundirse dentro de ellos. Yo decidí cobijarme bajo la sombra del Duomo y ella parecía indecisa, no sabía si quería atravesar la plaza para refugiarse bajo la sombra de las altas arcadas del Palazzo del Comune. Le ofrecí entonces mi paraguas de por si acaso que siempre llevo en la mochila junto a la Nikon y ella me devolvió a cambio una sonrisa luminosa. Fue entonces cuando creí escuchar Jazz en mi cabeza. Pensé que alguna onda reverberada desde los cafés del Corso Garibaldi había rebotado en aquellos ladrillos.

Sería muy difícil saber que pasó después de varios Capuccinos y grapas, tras unas cuantas horas de confidencias y risas, pero solo sé que las largas hileras de los álamos de la vega del río Oglio y el tranquilo paseo hasta Pizzighettone terminó en una habitación dulcemente vieja y una bañera desconchada con  grifos de manilla en las que, solo en uno de ellas, a duras penas, se podía leer freddo.

Aquella noche sentí que en cada beso de Sabine se escuchaba la música de John Coltrane, una música atrayente, que invitaba a abrir una puerta y atravesarla, un impulso que no era perverso ni imprudente, una curiosa trampa que me trasladaba al otro lado de un muro; a un jardín liviano y exquisito, de colores luminosos y perfectos. Una serenidad que no había experimentado  hasta entonces y que persistió el resto de mi vida. Una tranquilidad básica y una seguridad de espíritu como solo pueden poseerla aquellos que hacen vivas las cosas que sueñan y que tienen o recuerdan un pasado auténtico.

Cuando desperté aquella mañana de Agosto Lombardo, la luz entraba poderosa por la misma ventana que la noche anterior daba paso a la brisa. No encontré a Sabine, pero si un libro de historia del Jazz abierto. Yo no fumo y los labios de Sabine sabían a todo menos a tabaco. Tengo la foto del libro y sus restos; pero no fotografié a Sabine.






Tengo también la sensación que aquella puerta sin cerraduras, por la que ella me invitó a entrar, se quedó abierta para que todo circulara a través de ese muro blanco y frío de la vida: Sabine y yo hacia un lado y Coltrane hacia el otro, tocando para nosotros toda la noche.





Nota Blogscriptum: Es sabido que los empastes metálicos, a modo de una radio de galena son capaces de captar frecuencias de radio.Las caries y algún dentista hizo que el  esmalte dental se convirtiera en un receptor modulable por la dulce Sabine.

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