Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 22 de abril de 2014

Ni una palabra más.


Gabriel García Márquez estuvo a punto de ser atropellado por una bicicleta si no llega a ser salvado por un cura, al grito de:  «¡Cuidado!».

Nos cuenta García Márquez en el libro Yo no vengo a decir un discurso (textos escritos por el nobel con la intención de ser leídos por él mismo en público, ante una audiencia, y que recorren prácticamente toda su vida), que el ciclista cayó a tierra, y que el  señor cura, sin detenerse, le dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?»

Advirtió Don Gabriel en su discurso Botella al mar para el dios de las palabras, del enorme poder de estas. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras, dijo. No es cierto, añadió, que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. 

Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.


Pero no sé si Don Gabriel llegó a conocer a Lucas Nieto. Yo sí le conocí en la primavera de 1986. Era un vehemente orador con un discurso sincero. Al cabo de seis meses de aquel primer encuentro nuestro, de forma inopinada,  decidió voluntariamente  permanecer en silencio y desde entonces no ha pronunciado palabra.

Las palabras inundan el aire, fue su última frase.  Antes, subido a una enorme roca, jadeando, y tras advertir que apenas era posible respirar por su densidad,  abrumado por escuchar el ruido que producían todas juntas chocándose, argumentó:

¿No ves que sólo intento salir a flote?. Sacar la voz por encima de la palabra, hacerme oír en este caos. ¿Para qué una palabra de más?. Resultaría innecesaria como todas. Otra más. Eso solo aumentaría el ruido. Todas trabajando al unísono para ahogar las voces. Palabras rebosantes. Voces calladas. A estas alturas, quizás, el silencio sea la única postura inteligente. Digo muchas más cosas callando. 

Y bajándose de la roca, calló para siempre.

Ahora me gusta visitarle de vez en cuando. No posee una expresión especialmente dramática; un rostro angulado, eso sí, delgado, de grandes ojos de los que surge una inmensa mirada. Ojos de bondad en los que se reconoce un olor doméstico. Tiene la cara surcada como por un arado. Entre unos y otros, puntos y rayas, se puede leer un código morse construido durante décadas. Nos sentamos en frente el uno del otro y, simplemente, nos miramos. Con eso queda dicho todo.

Y no sé Don Gabriel si el gran derrotado es el silencio, pero firmaría de buena gana con Lucas Nieto el armisticio que enfrenta a la palabra frente al silencio del lado de los capitulados.





Nota Blogscriptum: 
Os dejo el famoso canon a cuatro voces, Mir ist so wunderbar, del primer acto de la ópera Fidelio de Beethoven, que dirigió Nikolaus Harnoncourt en Zürich en 2004. Un ejemplo, bien opuesto al texto que arriba se defiende por este pobre pendejo que firma. 

Cuatro voces, con palabras bien distintas son capaces de sonar mágicamente acordes  Pero eso lo consigue Beethoven, como también lo hacía García Márquez en su defensa de la palabra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Eres libre...¿Quieres decir algo?