Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 4 de marzo de 2014

Un blues eterno.

Foto de Roman Piasetskiy
Elena quedó sola para siempre al alzar los brazos y desnudarse; fue el exacto momento en que se dejó quitar el jersey de la inocencia, aquel gris de cuello de cisne  que la protegía hasta el borde del mentón. La fina línea alejada -solo dos traveses de dedo- del labio inferior de su boca. La misma que dijo…no, lo suficientemente bajo.

Desde aquel extraño día de nupcias, sin festejo alguno, en la cama que fue la parte de atrás de un coche, del que solo recuerda el color negro, Elena se hace cada noche un ovillo sobre si misma. Se esconde en el parapeto de su cuerpo, el que forma alrededor de su vientre, con la espalda plegada hasta que se encuentra el pecho con las rodillas, a las que abraza como se puede abrazar al primer hijo. Queda defendida como si fuera una caravana de carretas que pretende en circulo protegerse del ataque exterior.

Elena empuja denodadamente, con toda la fuerza de su imaginación, los rincones de aire cargado con los gemidos indeseados que cree aún escuchar flotando en el ambiente desde la noche anterior. Gemidos que la empujan al pozo más hondo de sí misma. Mientras tanto, por fuera, sonríe condescendiente y hasta cree que ha gozado.

Al final de otro nuevo encontronazo, torvo y maquinario, su cuerpo deseará ser otro cuerpo y moverá su brazo entero, reptará sobre la sábana, como acariciándola, arrastrándolo como un animal herido, en retirada, buscando su refugio final, su última morada. Sinuosamente lo alargará hasta agarrar con los dedos el borde de la sábana y como si acariciase la tierra, se cubrirá con ella. Cubrirá su piel herida. Tapará su cuerpo, y con él, la profundidad de un alma esclava y estéril, sintiendo sobre sí un signo frío, parecido al de la muerte.

Cuando sus dedos resbalen por su piel y se detengan nuevamente la próxima noche, hincándose en rincones privados, se despertará, ya solo tenuemente, una crispación sutil. Lo único que le quedará es sonreír con la escasa dignidad que otorga la inteligencia.

Después de un nuevo encuentro, su mano seguirá inmóvil hasta la mañana siguiente. Quedará quieta hasta que sus dedos se pierdan entre su propio pelo y sus uñas recorran el cuero cabelludo en busca de alguna oculta sensación placentera. Algo parecido al misterio que supone el placer de hundir las uñas en el pelo de un animal que se quiere. Unos dedos que recorren un lomo en busca del calor tibio de un flanco que respira pausadamente a tu lado.


El mismo calor sencillo que permanecerá en la superficie lisa de un tubo de pastillas que, vacío, rodará hasta el suelo desde el borde de un vaso de cualquier whisky barato, agotado también, abandonado sobre la mesilla.  La luz quedará encendida y el recuerdo de la inocencia perdida será un blues que sonará eternamente en el equipo de música en el modo... repetir canción.

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