Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 17 de septiembre de 2013

El ingenuo.



El ingenuo regresa de su viaje. La ciudad contempla la vida -y a él- a través de las lamas de una contraventana abierta sólo a medias.  Roma mira la vida con paciencia, como si fuera ese un  largo e inevitable momento que no tuviese más remedio que soportar. El ingenuo no conoce desde cuando las paredes de los edificios han tomado el color de la tierra húmeda: ocres, marrones y barro seco y pisado, desgastado. Las huellas del tiempo ascienden desde el suelo por sus fachadas hasta lo alto de sus tejas descolocadas. Roma se expresa en voz queda porque la ciudad es el tiempo mismo y para contar todo lo que sabe no precisa de discursos pretenciosos.

Por la noche la luz plata de la luna, plata grisácea, pura y desnuda, ilumina las columnas emergidas desde un suelo socavado desde el principio de los tiempos, desde antes que cualquier origen. Al final, en una comunión confusa de brillos, el ingenuo duda de si es la luna la que las hace brillar o si, por el contrario, son estas columnas las que emiten su luz propia.

El ingenuo descubre la Verdad, la Belleza y el Bien, detrás de cada esquina y en cada doblar de calle, en cada callejón en decadente penumbra y en la amphelosis que disfraza de verde cualquier terraza, selváticamente cubierta, descuidadamente oculta  con hojas.

El ingenuo se apresta a entender que el destino le mordió, le masticó y le escupió en el centro de la época que ahora vive, exento de cualquier defensa, lejos de los muros de ladrillo que ahora caminan encorvados por esta vía anticua suya. Pero entiende que pudo ser dispuesto en cualquier otro centro, cualquier otra época, cualquiera hubiera podido ser posible.

La luz de la lluvia golpea al ingenuo en la cara el último día de su viaje, y  le hace ver que las cinco enormes columnas que hoy se yerguen frente a él, en el foro, haciendo guardia bajo esa misma lluvia inmisericorde que lo azota, hacen su ronda despreocupadas, ignorando al viento del oeste que lleva castigándolas desde antes que cualquier principio.

Vivir en lo abstracto de una contemplación aséptica de todo, alejaría del pensamiento del ingenuo los fantasmas que fueron en la vida real, los únicos que sobreviven a los muertos,  y el viaje, finalmente, carecería de cualquier sentido. Cada vez que el ingenuo termina su viaje, el cansancio que trae consigo es como el de haber vivido el pasado de cada piedra, de cada color, de cada ausencia y de cada silencio. En cada casa vista, el ingenuo preseinte  la vida doméstica de ahora y de antes. De siempre. Por fuera viéndolas y por dentro sintiéndolas.

La ciudad provoca constantemente al ingenuo de forma sensual, casi erótica, como si todos los paisajes posibles sedujeran a alguien que no es sólo él. Y Roma lo sabe. El ingenuo tiene también la impresión de haber conocido antes todos los colores, todos los amores, todas las ansias, todas y cada una de las innumerables y pesadas nostalgias de esa ciudad. Y todas ellas marchan río abajo, tras la corriente.

El ingenuo despierta en el mismo momento en el que la sobrecargo le recuerda que está prohibido encender su dispositivo móvil hasta que el avión haya detenido completamente sus motores y se hayan abierto sus puertas.

3 comentarios:

  1. Me alegra que Roma te haya impactado tanto y tan bueno que me temo que tu espíritu haya quedado nublado y fuera de tí como en tus fotos.
    Ya sabes si algo te gusta repite.

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    1. He visitado Roma en tres ocasiones y siempre vuelvo derrotado. No es cansancio. Sólo abrumado.

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    2. Eso mismo me paso en Florencia, estaba desbordada por tanto arte.

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