Manual de instrucciones de blogscriptum

lunes, 30 de septiembre de 2013

Ese lujo sencillo...


Sentirse culpable es un lujo sencillo que no está al alcance de todo el mundo.
Afligirse, auto-asignarse el delito y sus móviles, someterse al juicio incómodo de la moral y desnudarse ante la propia reprobación y la dureza de la condena personal,  se escapa, por lo que se ve,  al común de los mortales.

La lectura de los diarios, la escucha de espacios radiofónicos y la contemplación de informativos de televisión, penosos desde el punto de vista estético, lo son aún más desde la consideración de la moral, innecesariamente sutil, me refiero a la moral más simple, la heredada, la congénita, la que nos hace diferentes de cualquier otro animal.

Pongamos, por ejemplo, los titulares de un fin de semana.

  • Soportar sin vomitar conversaciones en tertulias radiofónicas que hablan del tedio de la guerra y no del horror de la misma.
  • Contemplar al juez de un caso de asesinato de una niña de 12 años, durante la fase de instrucción del mismo, dar entrevistas a la prensa apareciendo en prime time dando sus opiniones (¡opiniones… un juez dando opiniones!).
  • Vivir en esta frecuencia tan irrespirable del mentir de la clase política, navegando entre el espectro del engaño, bien por ocultamiento, falsificación o falso testimonio, como diría Julián Marías:  el “Vivir contra la verdad”.
  • Leer que un jugador de futbol, que cobrará hasta el 2018 entre 16 y 18 millones netos al año, afirma que "El dinero no es lo más importante. Es importante, pero no es lo más"; mientras, su gran rival, es vitoreado como un héroe a las puertas del juzgado, tras hurtar al fisco al menos 14 millones de euros (2.325 millones de las antiguas pesetas), más de cien veces la cuantía a partir de la que uno es delincuente fiscal.
  • Ver a Artur Mas reclamar la independencia el mismo día que se encuentran otros 32 millones de euros de la familia Puyol en el extranjero.
  • Escuchar la defensa, en nombre de la cultura, del acto brutal de  sacrificar a un animal, asediado a puyazos, en una barbarie al más puro rito atávico.
  • Leer que un inspector jefe de la Brigada de Extranjería y Documentación del Cuerpo Nacional de Policía, acusado en una trama de proxenetismo y soborno a policías vinculada a macroprostíbulos, asegura que "nunca" cobró comisiones de los burdeles a cambio de información policial.
  • Leer casi semanalmente que una niña, y otra, y otra más, es obligada a casarse o es violada o es matada a pedradas en nombre de una religión.
  • Ver la noticia, la anécdota casi, arrinconada entre los anuncios de colonias del diario on line de turno, que dice que al menos 30 personas han muerto y otras 50 han resultado heridas en un ataque suicida contra una mezquita chií al sur de Bagdad.
  • Y darse cuenta de que aún más pequeña es la noticia que le da pié que dice que miembros del grupo islamista Boko Haram han abierto fuego este domingo contra los estudiantes de una facultad de Agricultura en el estado de Gujba, en el nordeste de Nigeria causando la muerte al menos a 40 personas.
  • Finalizar el día leyendo en Facebook que una “especialista” en estilo y buenas maneras, ha terminado por perder la confianza en la monarquía al advertir el color de la chaqueta espantosa (a su juicio) que portaba el Príncipe Felipe para ir a ver a su padre en el hospital. Desde luego lo último que nos faltaba, fastidiados por el color de la chaqueta del heredero.


Definitivamente, sentirse culpable es un lujo sencillo que no está al alcance de todo el mundo. A la vista de esta verdad incuestionable, no puedo esperar mucho del juicio personal que cada uno quiera celebrar con su conciencia en una vista anónima y personal. Mucho menos puedo confiar en la justicia de los hombres, que permite tanto y continuado despropósito,  de lo contrario sería yo juzgado por ser el estólido más profundo de la faz de la tierra, en toda su historia

jueves, 26 de septiembre de 2013

Amanece en Madrid



El sol en Madrid nace cada mañana claramente más tarde. Yo, tendido a lo largo de tu cuerpo agradezco la tardanza, porque no lo espero especialmente. Un sol que nace cansado de antemano, de tanto trabajar este verano. Este otoño madrileño comenzará a olvidarse de un estío que no fue de azoteas, acaso de calles abrasadas, refrescadas por sonidos de  fuentes que ahora oigo colarse por entre las rendijas de la persiana. Su rumor y los rayos de este amanecer en Madrid, siempre naranja, siempre fuego, serpentean por entre las cortinas sin que  te des cuenta, arrastrando sobre ti su colcha tenuemente, tibiamente.

Suavidad, parsimonia y tu sonrisa ingrávida, destapan los recuerdos de la noche; son las sábanas que como estelas de raso, me rozan indolentes, para poder sentir tu latido al lado mío y ver que todo está bien, una vez mas.

De la lucha a muerte de anoche, que ya empezamos a cubrir con blancas sábanas comunes, sólo quedan cicatrices en el aire. Debajo del alba lisa de la cama, descubrimos la primera brisa fresca de lo nuevo, el otoño que comienza a hacerse claro por la noche; el sinuoso camino del espasmo lo recorrimos juntos de la mano, ensortijando nuestros dedos entre el pelo  y al final de la locura melodiosa, sólo voló una sonrisa muda, que quiso levantarse, refrescar aún más el aire de esta víspera y renovar la luz. 

Madrid por debajo y nosotros echados, sobre el puente levadizo de las manos incansables que en la sombra cumplen su oficio este amanecer, uniéndolo todo, todo entre tu luz y el resto del mundo.

Esta mañana que ofrece a la ciudad la nueva estación -que pasa por aquí vertiginosa- no posee ni más astros ni más mundos que los que giran en torno a tu cuello; todo es niebla, todo oscuro, más allá de ti, todo es penumbra.

La realidad es que esta habitación está muerta más allá de tu boca, para esta soledad de cuatro paredes, el sol no sirve ni calienta. Casi ningún sol. Salvo el de Madrid, al que, tendido sobre ti, no espero.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Sangra, querido corazón.



El río que nos lleva. Jornada décima
Sangra, querido corazón.
La lluvia de Oviedo. Capítulo 14.

Hace frio. La nieve cae otra vez sobre la aldea. Raquel acelera el paso, escaleras arriba, buscando su dormitorio. El pueblo entero está envuelto por la música que sale de su cuarto, atraviesando las paredes -como los fantasmas- e inundándolo todo como una densa bruma.

- Sangra querido corazón. Solo sangre, querido corazón.

Se repite Raquel a medida que asciende escalones. Según se acerca a él.

Está sentado en esa habitación en la que ella ya ha estado otras veces, un cuarto que respira de forma lenta, con pulmones propios. Él fuma reclinado, mirando al suelo, sentado en una de las dos camas que se apoyan a los lados de la estancia. Una de ellas, la suya, deshecha, con aspecto de enfisema, de haber fumado tabaco picado desde siempre, la manta abierta, las sábanas desordenadas, dispuesta junto a una pared cubierta de un papel inverosímil y levantado a jirones, formando figuras que a Raquel se le antojan mariposas, con sus alas hacia arriba, dejando asomar en las fronteras rasgadas de sus bordes rotos, los huecos en los que pueden verse segundas o terceras capas de pintura. 
La otra cama, sin vestir, habla con voz queda de un pasado deshabitado. Se intuye la pareja que nunca hubo.

Un indeciso haz de luz atraviesa una ventana de boca insuficiente. En aquella hora de esa tarde de invierno, cualquier rayo, de por sí débil, es frenado por una mosquitera color musgo y la habitación entonces se llena de un rumor de color verde opalescente. Es un pequeño ventanuco, sacado por la fuerza al muro de esa casa, una ventana inútilmente arrinconada, de marco rojo, en una esquina absurda de la habitación, la que parece más distante de cualquier otro punto de aquella estancia irregular de cuatro paredes de construcción desordenada.

-¿Porqué has venido?
-Me sangra el corazón.

Entre el humo, los labios de Raquel se mueven haciendo filigranas; rojos danzan como peces en un agua de estanque hialino, entre el aire vaporoso que lo inunda todo, asomando su lengua a intervalos, que a él se le hacen eternos.

Él bebe un aguardiente de cerezas, las que recogió hace años y que descansan ahora en el fondo de la botella de cristal, velado por el uso y por los años. Él imagina los labios de Raquel como aquellas cerezas, las que recogió del árbol junto a la valla de la huerta, cuando aún esta permanecía en pié orgullosa.

Raquel se para inocentemente frente a la ventana. Apenas puede imaginarse el malva  del cielo de esa tarde que la trajo desde casa hasta aquí. Ahora anochece rápido. Apenas sabe porqué ha subido esas escaleras. Es la hora de que se enfrente a su destino. La hora de que sangre el corazón. La música rellena los espacios que deja el humo. 

-Aplázalo todo, corazón, aplázalo todo para mañana. En la verdad y en el error, en la certeza y en la incertidumbre, en el placer y en el dolor, aplázalo todo corazón y sangra, ahora y todos los días de mi vida.

Raquel se desnuda, la ropa cae al suelo y las manos comienzan a moverse sobre su cuerpo. Las manos suben y bajan. La música danza en torno a su cuerpo y las manos dirigen la piel y las notas que la cubren.

-Sangra querido corazón. Sólo sangre, querido corazón.

Raquel lleva las manos a sus senos y acaricia sus muslos. Toca su hombro, lo acaricia con el hueco de su mano. Su mano toca su hombro, perfilándolo, dibujándolo como si realmente lo estuviese creando en ese mismo instante, como si por primera vez estuviera naciendo de su cuerpo. Toca Raquel su hombro. Crea su hombro. Es la mano de Raquel la que elige la forma. De entre todas las formas posibles, como un alfarero de su propio cuerpo, Raquel hace esa forma. La forma de su hombro exactamente. Precisamente la forma que queda expresada en su hombro y no otra.

El cierra los ojos y comienza a no hacer nada, salvo cerrar los ojos, justo en el momento en el que Raquel crea su hombro. Cierra los ojos y llora. Llora irremediablemente. Llora a borbotones.

-¿No decías que no sabías llorar?
-A todo se aprende, si, a todo se aprende. También se aprende a llorar.

Entonces Raquel besa sus lágrimas y apoya su cabeza entre sus manos y a él le parece que nunca ha tenido entre las dos -las manos de un hortelano- nada más vivo, nada más fresco, nada más hermoso.

-¿Porqué vienes a mi en esta primavera adelantada?
-Porque me sangra el corazón.
-¿Y cómo quieres que yo te lo cure? Nunca he curado uno. No sé cómo se hace.
-A todo se aprende, sí, a todo se aprende.

Entonces él se ríe también a borbotones, como sus lágrimas, hacia fuera, pero llora secretamente hacia dentro.


sábado, 21 de septiembre de 2013

Numismática electiva


Fotografía de Jordan Bosher

Horacio recibía los besos de su esposa como sellos de correos, en la la esquina de la cara, superficiales, finos y por obligación. De hecho, incluso en ocasiones, notaba sus bigotes rozándole los pómulos, como se sienten sobre la lengua los cantos dentados de un sello cuando lo chupas. Algunas veces recibía estupefacto sobre su frente un extraño ejemplar de colección, un centenario beso pegajoso, exageradamente humedecido, que terminaba dejando un regusto a pegamento en Horacio, como el sello indeseado de una carta de pésame o de despido. Horacio, filatélico por obligación , empezó a encontrar más agradable el simpático tintineo de los párpados de Claudia, la vecina del tercero derecha, que cerraba los ojos como chocan dos Luises de oro sobre una mesa de cristal. Horacio fue abandonando la filatelia y supo encontrar poco a poco el placer de la numismática electiva.







Generation To Generation

In a house which becomes a home,
one hands down and another takes up
the heritage of mind and heart,
laughter and tears, musings and deeds.
Love, like a carefully loaded ship,
crosses the gulf between the generations.
Therefore, we do not neglect the ceremonies
of our passage: when we wed, when we die,
and when we are blessed with a child;
When we depart and when we return;
When we plant and when we harvest.
Let us bring up our children. It is not
the place of some official to hand to them
their heritage.
If others impart to our children our knowledge
and ideals, they will lose all of us that is
wordless and full of wonder.
Let us build memories in our children,
lest they drag out joyless lives,
lest they allow treasures to be lost because
they have not been given the keys.
We live, not by things, but by the meanings
of things. It is needful to transmit the passwords
from generation to generation.

Antoine de Saint-Exupery