Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 28 de agosto de 2013

La caricia


Fotografía Sandro Silva

El río que nos lleva. Jornada sexta
La caricia
La lluvia de Oviedo. Capítulo 10.

Él espera apoyado sobre la jamba. Su figura enorme aparece enmarcada como en un retrato antiguo, de esos cuadros que, camines a donde camines, los ojos del personaje te persigue con la mirada que constantemente te vigila.


La penumbra de la cocina y su silencio al entrar le han hecho invisible. Como una sombra. La cachaba descansa sobre su mano, sin tocar el suelo. El fuego al moverse le va cambiando la forma del rostro que va tomando penumbras y brillos que le hacen ser reconocible, y no, por momentos. Quizás lleva un rato allí viendo y esperando.

-¿Por qué lloras?

Raquel da un respingo sobre la banqueta, una sacudida violenta que la hace caer de espaldas.

-Cuidado hija ¿Ves? Ahora ya tienes motivos ¿Te has hecho daño?

-No, sólo me he asustado

Raquel se pasa la mano por la cara para ver si, retirándose las lágrimas y el pelo, consigue ver quién está detrás de aquella voz cavernaria.

-Lloro porque estoy sola.

-Por eso no se llora, yo también lo estaba hasta hace un rato y no lloro. No, no lo hago. No lo hagas tú.

-¿Vives aquí en el pueblo?

-Vivo…supongo que sí, supongo que lo hago. Estoy aquí desde siempre. Nací aquí y aquí sigo. Ahora por ejemplo estoy viendo esa puerta de ahí detrás, la que está cerrada con la gatera debajo. Tu abuela la cerraba con llave para que no la robásemos. Y de eso hace mucho. Así que, sí. Supongo que vivo aquí desde hace mucho.

-¿Conociste a mi abuela?

Sin dar opción a la respuesta, Raquel se da la vuelta y contempla una puerta oscura con un agujero pequeño en la parte de abajo. Parece que alguien la cerró y después se marchó para no volver nunca. Quizás se llevó la llave y con ella los secretos y los recuerdos.

-¿Esa puerta?
-Si esa. Cuando apretaba el hambre, que apretaba fuerte y sin soltar, cogíamos al gato de tu abuela y le atábamos una cuerda al rabo. Lo metíamos por ese agujero y el cogía las manzanas que se guardaban dentro. Tirábamos de él con cuidado y con el gato venía la pesca. Una o dos por día. Lo suficiente para engañar las tripas. Con eso íbamos tirando.

Raquel se levanta del suelo y sonríe. Cree incluso que se ha reído. Termina de limpiarse los ojos y se pasa la manga de la chaqueta por la nariz. El le alarga un pañuelo y ella se suena. No ha reparado en cómo está. Huele a limpio y es suave. Le basta. Al hacerlo emite un sonido gracioso que a él le hace reír también.

-Te suenas como tu abuelo ¡No tiene que enterarse el valle entero de que has vuelto, rediez!

Entonces al recoger el pañuelo, que ella le extiende de vuelta, le acaricia –probablemente queriendo- su mano.

Raquel entonces piensa que, de caricia a caricia, existe siempre una breve distancia mensurable. Acaso algo tan leve, o tan doliente, como un corto  tiempo o una sutil diferencia de matices. Unas manos en agua zambullidas, una felicidad cerrada al pasmo, unas gotas de llanto memorable. De caricia a caricia pueden mediar unos brazos y el calor de un cuello. Una noche, un limbo de piedad y de hermosura. Quizás un adiós para siempre, un hola sin palabras. En una caricia pueden brotar unos dedos piadosos sobre una mejilla de recuerdos o iluminarse unos ojos de lumbre o pintarse unos párpados de azucena o caerse un mechón de pelo sobre una cara relajada. De caricia a caricia, Raquel piensa, siempre hay matices.



-¿Tu nunca lloras?

-No hija. A mi no me enseñaron a hacerlo.


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