Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 9 de julio de 2013

La lluvia en Oviedo. 2



Capítulo 2

Raquel no participó de este cambio de vida. El tampoco se lo ofreció. Para cuando ella dijo que se iba, hacía muchos meses que ya lo había hecho y sólo lo estaba expresando con palabras. Todos los episodios de la vida de Carlos a partir de aquel instante se convirtieron en una subterránea forma de no vivir. Una pesadilla que terminaba siempre de la misma manera: cuando le invadía el sueño y caía abrumado, se despertarba más cansado y abatido que antes de dormirse.

Carlos se fue haciendo un viajero incansable de la calle Mon.  No dormía apenas, cruzando y volviéndola a cruzar, en busca de la última cerveza. Todas las noches. Hacia el sur a primera hora y hacia el norte al amanecer. Terminaba entonces perdido frente a  la catedral y su plaza. Hacía ese recorrido sólo porque no podía quedarse en un bar sin cansarse enseguida de él. Porque no sabía dónde ir, excepto a todas partes.
Gritaba cada noche, en el medio de la plaza de la escandalera, justo antes de empezar el despertar de aquella ciudad. Un aullido como heraldo de la oscuridad que se avecinaba con el nuevo día. En eso se había convertido Oviedo. A lo largo del día y en especial al caer la tarde de ese invierno -y de otros varios inviernos más que lo siguieron-  Oviedo era como un gran lienzo gris. Los días se fundían unos con otros en la paleta de una pintura monocromática. Una escala de blancos y negros de la que le costaba cada vez más desembarazarse. El amor y la independencia son incompatibles se decía. Había alcanzado indudablemente lo segundo. La ausencia de amor le daba el tiempo propio para escribir su columna diaria. Siempre sobre el presente. Sobre la actualidad.

A última hora de una noche de invierno. De una nueva noche de soledad y lluvia incesante se encontró, como muchas otras noches, solo en el bar. Sólo en un bar al que entraba por primera vez.  La camarera era delgada, morena, con unos extraños ojos malvas y a él le pareció extraordinariamente hermosa. Abrió para Carlos un botellín de cerveza y se abrió para sí uno más. Desde la barra estuvo un largo rato contemplando a Carlos, del que había leído una novela hacía años y al que supo rápidamente reconocer.



2 comentarios:

  1. Amor e independencia no son compatibles no.
    Frío. Siento frío al leer y escuchar.
    Magnifico vídeo. Suena mmmmm...no se. El violín llora demasiado y Sting suena raro. La nota cálida: la guitarra. Pero me gusta.

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  2. No creo que exista la independencia absoluta, siempre dependemos de alguien, del amante, de los hijos, de los padres , de los amigos, de los conocidos, de los dependientes del bar, de la panaderia de cualquiera, no estamos solos, siempre tenemos que darle cuenta a alguien incluso dependemos de nuestros vicios.

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