Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 20 de junio de 2013

El triunfo de una tormenta.


Foto de Angela Bacon - Kidwell

Encendí una cerilla y  no me olió como siempre, como olían los fósforos de mi infancia. El olor es la vista del subconsciente, el que evoca lejanos paisajes, postales sentimentales. El que me recuerda que, en Madrid, había antes una señora que andaba vendiendo por la calle Fuencarral chistes de amor a cinco duros.

Empecé a sentirme entonces triste. Me ocurre cuando el tiempo transcurre despacio, cuando las tardes de verano en Madrid están vacías como las calles, cuando el día corre insulso, cuando esperas la tormenta y esta no llega, cuando al pasar la cabeza de la cerilla sobre el rascador de la caja, se desmiga sin chispa y todo queda en un ridículo intento fallido. Ese día habían pasado todas esas cosas y además no conseguía prender una sola cerilla de una antigua caja de un viejo restaurante, ya cerrado.

La ciudad entera, sus calles, los parques y plazas esperaban que, de una vez, se desatase la tormenta.Yo también esperaba aquel aguacero como quien presiente lo evidente. No hay nada más seguro, en esta ciudad de incertidumbres, que una tormenta sobrevenida de forma torrencial caída desde un cielo abochornado, por unas nubes negras, las mismas que en cualquier otra tarde, se dibujan -fictíciamente malvas- sobre un poniente que se extiende más allá de la Casa de Campo. Detrás de cada tormenta siempre hay oculto un gran mensaje, y sin embargo, no llovía. Las nubes negras parecían enormes ballenas varadas sobre la arena de los tejados, permanecían suspendidas,  enganchadas en las antenas de unos edificios en conflicto permanente con el cielo. El calor sofocante de Madrid en verano nunca se detiene, une los días con las noches, como si fueran todos la misma cosa.

Continué expectante, deseando la lluvia durante gran parte de la noche. Me entretuve mientras, tomando poco a poco, la botella entera de vino que me habían regalado hasta alcanzar esa mirada laxa sobre todas las cosas. Una visión lejana de todo, que desdibuja formas y rediseña otros contornos más abstractos, más irreales. Pretendía escribir mi mejor novela, la que hablara de fracasos, de ropas empapadas, de truenos y de charcos, la más pura. Sin embargo, la pantalla del ordenador sólo me devolvía la intermitencia ofensiva de un cursor que latía perfectamente rítmico.

Me levanté para estirar las piernas, mirarme al espejo y salir de dudas sobre si aún estaba o no  despierto. Refrescar las ideas y la cara no son la misma cosa, pero hundir mis ojos en el cuenco de mis palmas, rellenas de agua, mantuvo por un momento separados mis pensamientos de aquella noche larga que se movía con una lentitud desesperante. Parecía reptar con la pasividad de un cortejo fúnebre que me acompañaba en un viaje irreversible, renegando de un amanecer que no quería llegar nunca. Ninguna idea, nada.

Madrid vacío en verano genera un silencio inquietante, más hostil que la algarada. Un hondo "no sonar" adormilado. Sólo el ruido circular y monótono de un ventilador de aire acondicionado, lejano, anunciaba remotamente que alguien más, aparte mía, intentaba conciliar un sueño imposible.

Volví a intentar encender una cerilla.
- ¿Qué haces? Apaga ya el ordenador, deja de dar vueltas y duérmete ¿qué quieres ver?
- Quiero ver...
- ¿Ver el qué?
- No sé, todo, tú, el cuadro, esa silla, la calle, no sé, todo.
-Todo lo importante que existe ahora en este mundo está en esta habitación y se ve también a oscuras. Y lo que no se ve a oscuras... es que no es importante. Ven, túmbate conmigo.

Me acosté a su lado e hicimos el amor mientras comenzaban a sonar las primeras gotas que explotaban sobre el alféizar metálico de la ventana de nuestro dormitorio. El sonido del ventilador desapareció bajo el del agua que mojaba por fin las calles y que conseguía refrescarlo todo. Quedamos juntos y enredados durante algo más de día y medio. Finalmente solo nuestra sed consiguió levantarnos de la cama. 

Entonces advertí que la realidad triunfa siempre como una tormenta de verano.

  

7 comentarios:

  1. ¡Me gusta tu relato!
    Nostálgico, evocador...
    Me ha traído al paladar añoranzas que no creía tener, de tu Madrid, mi Madrid, aplastado por el calor, vacío, grande...
    Para mi, en tantos veranos de mi juventud, sinónimo de libertad, de madurez, de independencia, de la capacidad que sólo los 18, los 20 años te dan para creer que todo lo puedes, todo lo lograrás. Que el mundo está ahí para que tú lo vivas, lo disfrutes, lo exprimas hasta la última gota...
    Desde el frío de este extremo de la península - ¡quién lo hubiera dicho a 20 de junio! - me has hecho recordar, con la media sonrisa que nos pinta en el rostro la nostalgia y la distancia, aquel calor que tanto aborrecía en su momento...
    Otra vez, ¡gracias!
    MJ

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    1. Gracias...tu y K me habéis dado ideas. De la libertad .... a la madurez. ¿Contrapuestos?

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    2. ¡No! Complementarios...
      La libertad te da madurez... o la madurez te regala la libertad...
      No lo tengo claro, pero es una idea sobre la que reflexionar a lo largo de la placidez del verano.
      ¡Me alegra poder aportarte ideas!
      MJ

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  2. Supongo que haces un parentesis veraniego y para ello nos regalas este relato de un Madrid pegajoso, aburrido y deseoso de sucesos que cambién el curso del verano. Bueno espero que disfrutes de las vacaciones merecidas y ya sabes que siempre estamos esperando asomarnos a este nuestro balcón madrileño para que nos cuentes nuevas aventuras.

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  3. No te ofendas.. te haces mayor!!!
    Está muy bien escrito y es bonito, pero me da la sensación que estás de vuelta... no está mal para variar, pero tanta nostalgia... no se, no se...
    K

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    1. Claro que me hago mayor...no me ofendes. MI pelo se ha llenado de canas y ahora ya nadie responde a mis preguntas...gran idea para una entrada, un cuento quizás. Gracias.

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