Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 7 de febrero de 2013

La última cena


Soy Donantien-Balthazar Guillon de La  Gourmandise, el mejor anfitrión de París. Soy goloso y soy  putero, pero esto último mucho menos. Ustedes ya lo saben. Mi gusto por la buena mesa nació unas horas antes que el gusto por las mujeres, gracias (no por culpa) a mi padre Alenxandre-Balthazar-Laurent, que me enseñó a disfrutar más de una buena conversación alrededor de una pularda que a trabajar entre las piernas de una dama. Así que desde entonces, si he de elegir, prefiero una buena compañía en la mesa que en la cama.
En cierta ocasión tuve el gusto de invitar a cenar en mi residencia a los señores Anne-Robert Jacques Abarnou, un joven y orondo político nacido de la revolución de la que había obtenido mayor crédito personal que beneficio para ella. Pero ¡qué hacer!, era el hombre del momento y desgraciadamente parecía que lo fuese a ser también del futuro. Le acompañaban el desarrapado, pero brillante poeta Noah Armange, cantor del amor y de la naturaleza; el capitán del ejercito Nathan Flamcourt, encendido caballero, deseoso de entrar en mil batallas; el almacenista Philipe Fragonard, que por aquel entonces comenzaba a crecer en el negocio de las importaciones de las colonias asiáticas; el joven  Jean-Jacques Necker, de la familia de banqueros y prestamistas que desde hacía generaciones gobernaban calladamente a la Nación y finalmente , sentado a la mesa, el joven y prometedor Denis Quesnay médico de vocación y de acción.

Sin mi conocimiento el resto de mis comensales, amigos por otro lado, pretendieron gastar una broma al gordo del Señor Abarnou, diciéndole el día de antes que era de mi agrado ver comer con fruición y deseo a mis nuevos invitados; cuanto más te observa, le dijeron, más has de comer, pues en la contemplación de tu disfrute, está su dicha como anfitrión.

Por aquel entonces no reparaba en la importancia de la distribución de los comensales en la mesa, y tuve el error de sentar a mi derecha al grasiento político. A mi izquierda por casualidad vino a sentarse el médico, pues yo presidía la mesa rectangular. A la izquierda de este y lejos de mí, se sentó el banquero y a su lado el militar. A la derecha del gordo se sentó el almacenista y al final de la mesa y frente al militar apoyó los codos en la tabla el desarrapado poeta. Así quedó la mesa dispuesta y esta fue la razón del desastroso resultado del convite que organicé.

El médico escuchaba sin el menor interés el discurso sobre el dinero del joven banquero. El poeta hablaba de versos de amor al almacenista sin prestarle este la menor atención. El militar hablaba en su discurso sobre el honor, la gallardía y la disciplina de la guerra que no había vivido todavía, y todos observaban divertidos la manera compulsiva de comer del político. Yo, ignorante de la broma, observaba con estupor los platos de sopa perdiéndose por aquel gaznate, y el obeso, atento a mi mirada, hacía lo imposible  por comer aún más. Y así lo hizo sin poder llegar tan siquiera al cuarto plato de las cuatro entradas, tres aperitivos, dos fiambres, dos asados, entremeses salados y dulces y un buen postre en consonancia.  La noche transcurrió eterna y aburrida, educadamente adornada con una máscara de cumplidos y reverencias. En fin, con los siete se podrían hacer dos grupos, los aburridos y los que aburrieron, pues cada cual tuvo por vecino a quien no hablaba su propia lengua. Durante toda la noche no se oyeron más que frases entrecortadas y el violento ruido de platos, sorbidos y cubiertos.

Al cabo de veinte años sentí curiosidad por los integrantes de aquella reunión y decidí juntarlos de nuevo. Esta vez reservé yo el sitio para cada uno.
A mi derecha coloqué al militar y junto a él al poeta. Los dos hablaron sin cesar de la muerte porque la vida cotidiana del capitán, ahora coronel,  había transcurrido a su orilla, pero sin pensar en ella. Fue el poeta el que supo contarle algo sobre la muerte pero sin haberla visto.
A mi izquierda situé al médico que quiso hablarme de la vida que resultaba para él tan inevitable como la muerte, pero de la que se podía obtener, me dijo, muchos placeres, y al final se puede culminar con una pasión limpia y finamente dramática, como el bouquet de aquel borgoña que apurábamos juntos.
Al otro lado de la mesa hablaban confiados, en una susurrante locuacidad, el banquero y el almacenista, discursando de si mismos a través de lo que les era común: el dinero, justo lo contrario de lo de mis vecinos.  

Y al fondo de la mesa, ausente en una profunda mediocridad, seguía comiendo vorazmente, como hacía veinte años el político, ausente ahora de mi mirada, que ya no era de estupor. No tenía nada que decir ni que escuchar, pues había aprendido que hablando y escuchando no se podía medrar tanto como cuando la lengua y el oído se abstenían.

En fin, en un minuto entendí que la gente tiene una forma muy peculiar de decir lo que  quiere decir y sin duda, no escuchar lo que no quiere escuchar. Y a mi, a mis años, nada me distrae ni me entretiene, nada en definitiva me divierte, y lo que no me apasiona, me aburre.




Blogscriptum: Este cuento  está inspirado en el admirable libro de Grimod de La Reyniére :  Manual de anfitriones y guía de golosos (ISBN: 978-84-7223-803-9 edición: España de 1980).
Grimod de La Reyniére fue algo más que un amable cronista de restaurantes: fue un ideólogo consciente y eficaz para la clase que había substituido a la aristocracia en el Poder. El , mejor y antes que nadie, antes sobre todo que Brillat-Savarin, supo comprender hasta qué punto esa clase estaba necesitada de un «estilo» y de un «savoir vivre» propios, si quería realmente instalarse y perdurar. En este sentido fue, mucho más que Napoleón, el modelador de la «bourgeoisie», estableciendo las fronteras, en los usos y costumbres de cocina y mesa, más allá de las cuales se acaba el mundo de la «gente honesta» y comienza la barbarie.

Grimod de La Reyniére figura eximia del siglo XVIII, puede codearse con lo más granado de su tiempo, Sade incluido. Más allá de la cocina, hoy se le relee como un cronista agudo de su época. El mismo fue el primero en entender la cocina como un hecho voluptuoso (casi sexual) y, al mismo tiempo, como un fenómeno semiológico. En este sentido, su modernidad sorprende.

1 comentario:

  1. Me pierdo, es un cuento extraño, no me gustan los invitados desconocidos, quizás sea poco acogedora pero odio estar con gente que no me hacen sentirme comoda.

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