Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 16 de enero de 2013

Nada que ofrecer...



El día amaneció nublado en ese invierno de pacotilla que quería amedrentarme con unos nubarrones que no acababan de desplomarse, pero a medio día todo se había despejado. Justo al contrario que en en la vida del señor Walsh (al que supuse ese nombre) Pero eso fue lo que a mi me pareció.

Le conocí una tarde de esas en las que la gente va buscando en la orilla respuestas en forma de conchas. Después del chaparrón de la noche anterior andaba yo en mis cuitas, así que bajé también en busca de conchas, de todas las formas, pero en especial las blancas y pequeñas, por ser estas las de respuesta más clara, sencilla y franca. Esperaba, sin mucha confianza, que el viento y la lluvia hubiesen borrado de la orilla sus arrugas y cualquier rasgo de recuerdos en la playa (de olas) y en mi cabeza (de adioses)

Le conocí solo una vez en una de esas tardes en las que las mujeres creen esconder el secreto de su cuello bajo un jersey de vuelos altos, de esos que giran arrepentidos al llegar a la barbilla, medrosos y humillados por no atreverse a besar sus bocas.

Esa tarde, de frío venido a menos, le vi llegar tranquilo. Caminaba empapado en su mundo, parecía permanentemente absorto en su silencio hundiendo sus pies en una pesada biografía, de un preámbulo eterno que no dejaba tan siquiera vislumbrar el desenlace, de tanto que llevaba acumulado encima. Sentí pena y quise ayudarle. No llegué a abrir la boca.

-Existe para mi siempre un aire nuevo, una tierra prometida, un Santo Grial que busco desesperadamente. Adoro mi tiempo como el bien más preciado, como mi mayor riqueza, pero no pretendo amasar con el fortuna alguna. Hago lo imposible por disfrutar de de un cielo durmiendo a la intemperie, en ella siempre encontré un sitio, pero nunca busqué un puesto. Soy eterno peregrino del gran quizás, huyendo de vivir en ese triste tal vez tuyo. Por eso nunca atravieso el umbral de mi futuro, que sólo me reserva alegrías ficticias y una conciencia pretendidamente limpia por las lluvias venideras. Trabajé de lo que pude, lo fui todo y todo lo dejé. Casi por nada me pagaron, ni siquiera por las veces que actué de pelotudo, que de eso -vos sabéis bien- hay millones cobrando una fortuna.
Gocé, sufrí, guardé y casi todo perdí. Ahora vos me preguntás si necesito algo y yo te pregunto, ¿tenés algo que ofrecerme?.
Que pasés un buen día y gracias por la charla.

Al verle marchar sentí una repentina nostalgia, algo parecido a un violento desasosiego del anteayer.

Blogscriptum:
En este texto hay dos referencias explícitas a la poesía de Tomas Segovia. Un paciente, amigo y bloguero me ha regalado un libro suyo que he devorado en una tarde. Gracias.


1 comentario:

  1. Bella fotografía e interesante historia, melancólica, conformista y desperanzado, pero no creo que infeliz. Me gustó.

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