Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 20 de diciembre de 2012

Simplemente huevos

Jean-Donantien-Balthazar Guillon de La  Gourmandise nació en París el 21 de septiembre de 1755. Murió en 1795 por devorar con felina pasión el que sería su último foie-gras.

Jean-Donatien fue tan goloso como putero. Nunca ejerció como jurista ni como hijo, abandonando primero en Plessis su doctorado en derecho bajo un plato de pularda –cuyas alas, por ser a su juicio las más delicadas de todo el ave, mordía y relamía en un acto de orgiástica pasión- y después a su madre en Reims, tras dar muerte en duelo a su amante, que igual gozaba de los pechos de su progenitora que  de las caderas y las poderosas nalgas de la hija de Monsieur de Malesherbes, que hasta aquella estocada final, había sido la prometida de Jean-Donatien.

Su bien condimentada y  primera vocación nació muy pronto, ovalada y blanca, mientras ayudaba a su abuelo, intendente agrícola de las Granjas de su Majestad Luis XIV, a colocar cada mañana uno a uno, en disciplina militar, los huevos para el Rey en unas cajas de hojalata forradas de armiño, que eran trasportadas hasta Palacio desde la granja. Alenxandre-Balthazar-Laurent de Guillon, su padre, gustaba en nombrar a aquellas cajas con espíritu  de ácida crítica ilustrada: Les œufs de Sa Majesté.

Las manos de Jean-Donatien habían sido sustituidas por unos complicados artilugios mecánicos después de que un cerdo de su abuelo se las devorase a la edad de once años. Aquel cerdo fue sacrificado y ofreció su manjar, en forma de manitas en salsa, al Rey. Así, según el abuelo, se cerraba el círculo: las manos del niño al cerdo, el cerdo al Rey, el dinero del Rey a la granja -Merci à ses œufs Majesté- y todo quedaba arreglado.

Pero volvamos a la vocación de Jean-Donatien. Aunque en su juventud admiró a Voltaire a Rousseau y a Diderot y se gustó de presumir de su espíritu rebelde y libertario, alardeando de estar en la punta más afilada de las ideas más avanzadas, se dedicó más generosamente al libertinaje sexual que a la abogacía practicándolo con fruición, hasta la extenuación podríamos decir. Es más que probable que conociera a Aldonze FranÇois, Marques de Sade, con el que compitió en hazañas y blenorragias hasta que conoció a su amada Angélique.

El fatal suceso de la muerte del Marqués de Bretuil, el amante de su madre, a manos suyas, por la infidelidad de Angélique, precipitó el desencanto y desafecto hacia el otro sexo y todo lo que pudiera referirse a la relaciones con el amor. Después de poner a su madre de puta para arriba y a su amante de ramera para abajo, vivió en una ácida misoginia y una misantropía resignada, naciendo paralelamente su interés por el comer, como una práctica de sublimación y elevado rango de la  filosofía del placer. La última vez que vio a su madre en vida esta le despidió con un suave beso y un lacónico mal fario: la muerte te visite robándote, lo que a mí me has quitado en vida, que sea mi placer tu herida y acabe por ventura asfixiándote.

Jean –Donatien Amasó con la granja heredada de su abuelo la fortuna necesaria para gastarla en fastuosas fiestas y banquetes, pues se convirtió en el mejor anfitrión del París postrevolucionario. Afortunadamente llegó a adquirir cierta habilidad para no gastar en demasía, pues llegaba al final de los ágapes recomendando tal o cual producto deleitado previamente, de tal o cual establecimiento parisino, inventando así por primera vez la publicidad encubierta.

Solía reconocer públicamente que más bellas que la cabeza de Mme. Recamier, los encantadores pechos de Mme. Belmont o las apetitosas formas de Mle. Wernier eran los pechos de las perdices de Cahors, las formas de las pulardas del Languedoc o la larga lengua de las becadas de Cévennes, a cuyo aroma se entregaba más ardorosamente que a los perfumes reconcentrados de Arabia de sus antiguas conquistas. Gozaba más de los pates de Oca de Estrasburgo y las lenguas rebozadas de Trois que de las caricias y los besos de su pasado. Y antes llegaba al éxtasis más pleno con las salchichas de Lyon el queso italiano o los salchichones de Arles, que con las embestidas y los gemidos de su más apasionada puta parisina. ¿Quién prefiere la flaca belleza de una cortesana a la opulencia de un buen solomillo de Limagne?, solía gritar en mitad de su salón de celebraciones ante sus invitados.  ¿Qué es más fiel, un revolucionario ilustrado venido a abogaducho o un gallo virgen del País de Caux?, les increpaba en plena efervescencia golosa a los viandantes de Place Vendome desde la ventana de su palacete. Ya nunca más uso la mantequilla de Bretaña en su vida para untarla sobre ninguna otra cosa que no fuera el buey ahumado de Hamburgo. Y se entregó a la pasión de la peras de Rousselet y las ciruelas de mirabel de Metz como lo había hecho hasta entonces con la mayoría de los dulces en forma de mujer que había probado.

Así fue una tarde  que siendo rico, gordo y goloso como nadie en Paris, tragando foie-gras a mordiscos como si se tratara de un bollo de leche, por fin se puso enfermo. Encamó durante días, retorcido por los vómitos y dolores, dibujando entre eyecciones y fluidos todos los colores conocidos del arcoíris. No se vio antes aguas mayores tan blancas ni menores tan oscuras y el color de su tez competía en vistosidad con la flor de Lis que adornaba las cortinas de Palacio. Los médicos le prescribieron una dieta severa basada en un huevo escalfado  diario en el que podría mojar un solo picatoste. Comenzó por la tarde tan tremendo castigo y Jean- Donatien pidió a su criada Amel que corriese a la cocina a por un huevo de su granja para preparar tan singular como escuálido manjar.
Amel realmente disfrutaba preparando los platos que  Monsieur Guillon le solicitaba. Ciertamente también disfrutaba de Bastian, el ayudante de cámara de Monsieur. De hecho  lo mismo preparaba una sopa de ave que una carne hojaldrada, y mientras amasaba con pasión la harina del hojaldre, con el mismo deleite Bastian le amasaba a ella los pechos. Este era el verdadero secreto del éxito de la cocina y por ende de los banquetes de Monsieur Guillon.  El éxtasis de Amel con frecuencia se derramaba sobre las salsas y reducciones que ella misma preparaba mientras Bastian la poseía.
Aquella tarde tras llevar el huevo a Jean-Donatien, Bastian y Amel comenzaron una nueva danza ritual en la cocina, situada pared con pared de la habitación de Monsieur Guillen. Intentaba este atrapar con sus manos metálicas el pequeño picatoste que deseaba fervientemente mojar en aquella yema temblorosa. Pero a cada embestida de Bastian, trasmitida sobre la espalda de Amel y después y en unión de los dos, sobre la pared de la cocina, temblaron primero las piedras de cristal de las lámparas, después lo cuadros de la pared de Jean-Donatien y finalmente, contagiada en ondas concéntricas, la yema del huevo comenzó a danzar con una frecuencia rítmica. Cada intento de Jean-Donatien de hundir el picatoste inmisericorde sobre la yema, era respondido por esta con un movimiento de evasión, y según fueron aumentando los empellones y los golpes de la pareja, mayor fue  la desesperación de Jean-Donatien por no poder reventar con su picatoste la insolencia convexa de esa yema plena. Tal fue el grado de desesperación y frenesí que, coincidiendo con los gritos de Amel, Jean-Donatien sufrió una fatal apoplejía. Lo último que hizo en vida fue dejar caer el picatoste sobre el plato que casualmente y coincidiendo con Bastian, vino a reventar la yema para derramar su contenido espeso que poseía el extasis acumulado de Monsieur Guillen y de Bastian. Ambos dos se vertieron al unísono.

Vino así a cumplirse la profecía de su madre, pues el sexo que ella perdió en vida vino a dar muerte a Jean-Donatien. Su vida comenzó y finalizó en torno a Les œufs de Sa Majesté. 




4 comentarios:

  1. Él ritmo lo contagia todo¡. Creo que cuando dejas un vicio o satisfacción, según lo mires, agarras otro con todas tus fuerzas. Muy gráfico.

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    1. Ya no hay niños despiertos.....(se puede comer foll...)

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  2. Jajajaja... y todo esto no vendrá de la comedura de tarro que tenemos todos con el menú de Nochebuena??? Menuda lección de gastronomie française monsieur!!
    Lo mejor: "Así, según el abuelo, se cerraba el círculo: las manos del niño al cerdo, el cerdo al Rey, el dinero del Rey a la granja -Merci à ses œufs Majesté- y todo quedaba arreglado".
    Mes compliments, monsieur! ;)

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    1. Je vous remercie beaucoup. C'était amusant d'écrire sur la nourriture. J'ai seulement documenté

      (Google translator, of course)

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