Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Pssssss, os voy a contar un secreto.



Se va a morir, le dijo el médico a su madre que acababa de enterrar también a una pequeña de cuatro años por culpa de la difteria. Frasquito era flaco y de orejas enormes, esmirriado y pequeño. Se va morir, le repetían en la calle, de todas formas, se va a morir. Sin embargo, los ojos de aquel niño eran vivos y rápidos como rayos, así que esa misma luz que proyectaban iluminó la esperanza de la madre, que se empeñó en lo contrario, alimentándolo de su pecho hasta que se sintió segura de que la muerte no llamaría a su puerta por el momento -ni nunca- para reclamar lo que le pertenecía sólo a ella. Y como su madre acertaba y no se moría, Frasquito creció y prometió defender la República en el ejercito a los 14 años.

Se va a morir, dijo el capitán nada más verlo, porque lo único que crecía a esa edad  en su cuerpo eran los ojos y la luz que emitían estos, el resto era escurrido y de juguete así que le pusieron a desbravar a los caballos y a tocar la corneta en el cuartel, para que se despertase el primero y se acostase el último después de limpiar las cuadras, hasta que aquel caballo blanco con la mancha negra en su frente, con el que todavía sueña,  le tirase de la montura y le arrastrase estribado por todo el cuartel. Se va a morir, dijo la enfermera del botiquín del cuartel, cuando lo vio entrar, enjuto, famélico y magullado hasta en el alma.

Y como el médico del botiquín se empeñó en lo contrario Frasquito hizo las maletas unos meses después para su pueblo en Huelva un día antes de que empezara su Apocalipsis. Al llegar a la estación de tren, le obligaron a jurar que iba a defender  al otro bando, que el no sabía ni que existía, y le pusieron en la primera línea del frente en sólo doce horas, de Huelva a Peñarroya, en Córdoba.

Al llegar a aquel infierno de odio y muerte el capitán supo que se iba a morir de todas formas, nada más verlo se dio cuenta, así que le puso a encender bengalas por la noche en el cementerio del pueblo, para atraer los disparos de la artillería enemiga, la que había sido amiga sólo un día antes. Y como los piojos se empeñaron en lo contrario mientras dormían con el, por decenas, entre las hojas de periódicos que le protegían del viento y del frío, Frasquito estuvo disparando uno tras otro decenas de obuses desde una trinchera fría o ardiente, embarrada o seca, según la estación del año y los ánimos que tocasen.  Durante tres años, sin salir un sólo día, de los diecisiete a los veinte años, lanzó obuses uno tras otro, uno tras otro y después de ese último otro más, asolando todo de muerte y proyectiles. Estuvo así, más de mil días, comiendo latas de sardinas frías hasta que sobre la trinchera llovieron papelillos que anunciaban el final de aquella pesadilla, los mismos papelillos  que escribían, aunque no se leyese, el preámbulo de la otra pesadilla que estaba por venir. 

Se va a morir, de todas formas, sin duda, se va a morir, dijeron en el pueblo cuando regresó a casa unos días después de salir de aquel agujero de mierda que le dejó sordo y con un cuerpo que era el espejismo de un hombre, que daba miedo hasta arroparlo, por no romperlo con las sábanas. Pero como su familia -la que le quedaba después de las noches de golpetazos en la puerta y paseos a media luna-  se empeñó en lo contrario, cada día le subían el huevo de aquella mañana de su única gallina, pasado por agua, al pinar que estaba colina arriba desde su casa, desde donde se disfrutaba de la vista de los madroños cuajados de frutos en invierno y hasta donde llegaba el olor de las jaras en flor en primavera.

Frasquito fue dejando en el pino en el que se apoyaba, una tras otra, una tras otra y después otra más, tantos como obuses lanzados, las cáscaras de esos huevos abiertas por su polo, cogidas entre las acículas, hasta que aquel pino quedó sembrado, completamente cuajado, de una flor blanca perenne. En ese momento, cuando el árbol ya parecía nevado, Frasquito se levantó del suelo y decidió nunca más morirse, pues pensó que aunque su cuerpo canijo y de orejas grandes parecía decirlo constantemente, desde el primer día, el había por fin descubierto el secreto de la inmortalidad y hoy en la consulta me lo ha contado: un vasito de aguardiente al despertarse y cantar un fandango de Huelva.





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Blogscriptum:
Curioso Pais este, de frentes abiertos hasta entre los muertos, que en las sesiones de espiritismo tienen a bien manifestarse si son de izquierdas o hacerse presentes si son de derechas; un País de paradojas que cierra las aulas el día de apertura de curso y en el que los que gobiernan llaman al desacato; un Pais que decide que los viejos son un problema "Principesco".
Hablar con un viejo es mágico. El final de nuestra conversación me ha dejado pensando todo el día: ¿y esta es la España del siglo XXI?, me ha dicho. Pobrecillos, me dais tanta pena.
Nos hemos abrazado y se ha ido.
Todo lo contado es por supuesto cierto y tengo el permiso de Frasquito (Francisco en realidad, pero nadie le conoce como tal) para publicar el contenido de este post.

4 comentarios:

  1. Fasquito me ha regalado la sonrisa de llevarme a la cama.
    Y tú has conseguido algo estupendo...no se va a morir nunca, porque aquí estará siempre con su ¿fandango? y con su historia.
    Voy a por una copita. Salud, Frasquito !!

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    1. No es un fandango...entre otras muchas cosas me ha contado que la corneta no se aprende en el ejercito con pentagramas sino con letras inventadas. El soniquete si te das cuenta es el de una marcha militar. Me ha dicho que era diana, pero creo que no, que le han fallado los 95 años.

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  2. Dicen que cuando sueñas que alguien se muere, en realidad le estas alargando la vida 10 años. Me imagino que estos aunque no lo soñasen se lo auguraban y me imagino que eso hacia que le alargaran la vida cada vez más, y ya ves con 95 años y tan pichi. Eso me hace pensar que no hay que fiarse de la primera impresión hay que observar durante más tiempo.

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    1. Este personaje, que forma ya parte de mi biblioteca emocional, como manuscrito diría yo, es espectacular. Tengo tres o cuatro como estos manuscritos, que consulto de vez en cuando en la consulta y créeme que resultan reconfortantes. Me reconcilian con mi profesión, o mejor dicho con mi vocación.

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