Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 20 de noviembre de 2012

Arriba en la buhardilla.



El abuelo destilaba la elegancia de un hombre antiguo, ni mayor ni viejo.  Vivía en la buhardilla de nuestra casa. Estaba tan arriba que realmente me hizo creer que sólo tenía a Dios como vecino de rellano. En dos ocasiones ha llamado a la puerta para hablar conmigo – me decía- una para pedirme sal y la otra para llevarse consigo a la abuela. He de decir que en ambas ocasiones me incomodó su visita, me pilló escuchando Bach.

Nuestra casa quedaba a una manzana de la cabecera del Rastro. Sólo el tiempo quiso ponerle junto a su portal el incómodo vecino del cine porno, pero hasta entonces disfrutaba de una elegancia castiza y chulapona. Era una casa con dos escaleras y por lo tanto, como cualquier hombre al que se accede por dos lados, poseía vidas paralelas.

A la casa principal, donde trascurría la vida real, se accedía por un ascensor al que había que pedir permiso dos veces para que se pusiera en marcha. La primera cuando se cerraba la reja de metal -que siempre sonaba como si fuera su último viaje-  La segunda cuando se cerraban las dos puertas correderas de cristal que venían a abrazarse en el medio, aunque siempre con más prisa una hoja que la otra. Cosas del amor, me decía el abuelo cuando bajábamos a la calle, siempre hay alguien que besa primero, procura ser tú y besarás dos veces.

La otra vida de la casa, la de mis sueños, comenzaba al fondo de un largo pasillo corredor, en el que yo tenía escondido un mendrugo de pan en el armario del centro, por si me sorprendía la noche en medio y no tenía nada que echarme a la boca desde mi bolsillo del pantalón corto de franela.

Todo lo que hacía el abuelo en esta segunda casa, allá arriba, en la buhardilla,  me parecía musical y dramático. Dormía la siesta en un diván de cuero cuarteado, con los brazos sobre el pecho, como echando raíces sobre el cuerpo, para sostener las profundas respiraciones que nunca llegaban a ser ronquidos, aunque lo pareciesen. Yo me tumbaba a su lado y respiraba fuerte, imitándolo, pero sólo era un sorbeteo que terminaban por despertarlo. ¡Afina los mocos remoños! si no quieres que te eche de la orquesta.

Todas las mañanas me sentaba junto a él en la cocina viéndole calentar el agua para su jofaina. La llevaba al hervor absoluto, aquel que echa tanto humo que parece que se está quemando el agua misma.

Luego, subía tras de él por aquellas escaleras a disfrutar del ritual de asepsia y pulcritud con olor a Marsella y lavanda. Otras veces espiaba por la mirilla de la puerta viéndole afeitarse. Era todo un espectáculo. Más de una vez fui capturado in fraganti en mis incursiones guerrilleras de espionaje infantil. Se quedaba entonces dibujado, como un tatuaje en mi ojo,  la forma de la cerradura de aquella puerta, que a mi me parecía el preámbulo del cielo.
¡Jesús que coño!, no me espíes y pasa a aprender. Entonces le escuchaba el canturreo y el golpe acompasado, al ritmo de la música, de la navaja sobre el metal de aquel lavabo de lunares desconchados, subiendo el vaho serpenteante hasta quedarse pegado al cristal que le medio-reflejaba.

Durante la mañana, mientras yo hacía que escribía mis tareas, levantaba los ojos para verle leer el periódico, que parecía en sus manos un enorme bandoneón. Lo plegaba y desplegaba, cambiando el ritmo del paso de la nueva página, según el tempo de la música que sonaba en la gramola. Tanto más violento el volteo de la hoja como el allegro de la sinfonía matutina que tocase.

Cuando estábamos seguros de estar solos en la casa, bajábamos la escalera y se sentaba a su piano moviendo las manos por encima de las teclas en un baile misterioso. Asomaba mis ojos por encima de sus hombros viendo sus dedos correr despavoridos sobre aquella cebra de líneas regulares, pasando a veces la mano derecha sobre la izquierda, como para robarle las notas del territorio que no le correspondía.

Alguna tarde hacíamos el juego del murmullo de los adioses. Me dejaba pegar mi oído a una caja de zapatos llena de cartas y postales. Pega tu cara, ¡demontre de chico! y escucharás toda mi vida. Y la mayor de las veces era cierto, pero sólo podía entender susurros apagados de adioses y nostalgias.
No te fíes del mañana para aprender algo nuevo, déjalo estar otro día más, pasado mañana cuenta con el porvenir por delante y con la experiencia del pasado. Entonces guardaba la caja tras la máquina de escribir Underwood que apilaba las letras en un anfiteatro de teclas en el que yo jugaba a menudo a escalar mis dedos hasta el QWERTY de esa cima inalcanzable.

Antes de salir a la calle se enfundaba los guantes como parte de un rito, simulando la caricia ajena que la abuela le había dejado en depósito dentro de aquel cuero con dedos. Entonces le veía marchar despistado, sorteando los charcos sin verlos y doblando las calles al azar, arrepentido del camino tomado a cada giro, pero desdoblando las esquinas, hasta hacer de ellas, chaflanes de un Madrid de los Austrias de ángulos imposibles. Llegaba siempre puntual a la cita consigo mismo y no fracasaba nunca en su recado, misión que se encargaba a sí mismo, sobre la marcha de sus propios pasos.

Una mañana de aire desesperado, que agarraba las cosas y las lanzaba a lo lejos, mi ánimo estaba intranquilo. Quizás fuera por una noche previa que se me hizo larga, oyendo golpear hora tras hora –yo llevaba la cuenta con el carillón del viejo reloj de péndulo- al viento de la ansiedad, sobre la ventana de mi corazón. Pude leer sombras sobre el alfeizar de esa ventana que escribían letras de presagios, como los chinos: del cielo al infierno, de arriba abajo. 

Aquella mañana sonó bajo nuestro balcón el freno de un automóvil igual que si hubieran atropellado a un violín desafinado. Ese plan no lo tuvo previsto el abuelo, ni tampoco el conductor que no reparó en el andar canturreante de un viejo perseguido por su propia sombra silenciosa.

Mis padres publicaron a los meses un lacónico anuncio que rezaba: se vende buhardilla con derecho a luna. Anularon la puerta que daba a la doble vida de aquella casa y nunca subí más. Dios dejó de ser aquel simpático vecino de rellano que cruzó por última y tercera vez, desde su casa, hasta mi puerta. 

Desde entonces me afeito con el agua muy caliente, para que produzca vaho en el espejo, que he de reconocer que a mi me parecen besos del más allá, mientras canturreo, pongamos por ejemplo, una Pasión cualquiera.




4 comentarios:

  1. Yo sé que a tí aun no te ha llegado la hora de tener ganas de ser abuelo, pero a mí si, aunque según está la situación creo que voy a tardar un rato largo en serlo. Me gustaría que un nieto o nieta me recordara de esta manera.

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    1. Te desvelo el secreto, amr. Yo no conocí a mis abuelos. Mipadre me habló mucho del suyo. Lo único cierto de esta entrada es el amor que derrocha mi padre, incluso ahora en su total confusión mental, sobre su abuelo y es esto lo que se ha intentado plasmar. A partir de ahí, excepto el pasillo y las escaleras, lo demás es pura invención. Es cierto, me he creado el arquetipo del abuelo que no tuve...como reza la introducción de FB es un relato infantil abhuardillado, basado parcialmente en sueños reales.

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  2. Creo que es de tus "cosas" que más me han gustado. Quizá por sencilla y entrañable.
    La verdad es que este bisabuelo José es toda una tentación para la narración.
    Por cierto, algun día tendriamos que hacer el intento de subir a esas buhardillas de Duque de Alba y a lo mejor consigo sacarla de mis sueños obsesivos. Yo si subí siendo pequeña y conservo un recuerdo a caballo entre lo atractivo misterioso y lo tenebroso.

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    1. Hay muchas consas en tu familia de aquellos años que destilan un dramatismo propio de cualquier cuentacuentos.

      Hay por ejemplo una salida precipitada de un colegio de huerfanas dia previo de un bombardeo con dirección a ninguna parte y un abuelo que corre tras los camiones cargados de niños, buscando por toda España. Cumple con todos los requsitos de un cuento, o de una pesadilla, según se mire.

      Hay una pesadilla -también- constante y repetida de un bombardeo cercano de barcos sobre Barcelona. Y Barcelona es muy tentadora para novelar . Hay un colegio del que se salía por un tunel secreto desde una chimenea. Hay unos niños alimentados con puré de San Antonio y algarrobas.

      Por el otro bando, te puedes imaginar. Hay decenas de historias pendientes de novelar. Hay un mundo de música y teatro radiofónico. incluso una historia de espionaje internacional sacando al embajador filipino vestido de mujer del Madrid republicano (¿La conocías?)

      Sin embargo, tanto más entrañable te resulta la historia, por su próximidad, tanto más dificil es hacer de ella un cuento anónimo, una historia que cualquiera pueda leer -y la entienda- siendo ajeno a sus personajes.

      Por cierto, bienvenida.

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