Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 16 de octubre de 2012

La dictadura del hambre



La Constitución Española de 1812, de la que se está celebrando un “discreto” centenario (no está el horno para fiestas) proclama el derecho a la felicidad: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. El producto jurídico más importante de la Revolución Francesa de 1789 fue la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano (se aprobó el 26 de agosto de 1789) En su preámbulo alude también a la felicidad como objeto del Gobierno de la Nación. La declaración de Derechos de Virginia de 1776, prefacio de la actual Constitución de Estados Unidos proclama: “Que todos los hombres son, por naturaleza, igualmente libres e independientes, y que tienen ciertos derechos inherentes de los que no pueden privar o desposeer… a saber, el goce de la vida y de la libertad con los medios de adquirir y poseer la propiedad y perseguir y obtener la felicidad y la seguridad”

¿Se puede garantizar la felicidad? ¿Se debe exigir la felicidad?

Los Ifaluk desconfían de la felicidad. Este pueblo habita un atolón aislado, azotado por los tifones, amenazados y atacados con frecuencia por una naturaleza despiadada y poderosa y saben de la precariedad de su existencia y organizan su vida sobre una potente red de interdependencia. Detestan el odio, la envidia y la desvergüenza y cualquier cosa que pueda alterar la paz. Valoran enormemente la amabilidad recíproca y cada persona vive para y por el bien de los demás, de cualquiera que pueda necesitar socorro. Para ellos ser Ker es ser feliz y por lo tanto estar satisfecho con uno mismo y con su situación.  El peligro de esta felicidad para los Ifaluk es que ser extraordinariamente feliz desemboca inevitablemente en el comportamiento ocioso y de ahí se pasa directamente a una actitud ofensiva, inmoral y en su cultura a un comportamiento petulante o song. Todo lo contrario al estado natural dulce, pacífico y tranquilo: maluwellu.

No los rechazo, por supuesto, pero guardo cierta distancia de las personas que se declaran clara y rotundamente felices, absolutamente felices. Coincido con los Ifaluk en que ser absolutamente feliz es algo a lo que se debe aspirar y por lo que los gobiernos deben luchar, sin embargo, no se puede ser absolutamente feliz, aislarse del problema ajeno y desenredarte de la poderosa red de interdependencia que nos une. Adquirir cierto grado de compromiso con nuestro entorno, con el mundo, nos ayudaría a  advertir las enormes desigualdades e injusticias que el hombre ha provocado. Esto hace inevitable, y sería incluso deseable, que se desarrollase en cada uno un sentimiento de infelicidad contenida que promueva una poética de nuestras acciones que reinventen un mundo más interesante y amable. Es preciso crear una cultura sentimental.

¿Para cuando un discurso político que se dirija a las personas y no a las identidades; que promueva los sentimientos individuales y no la consecución de reivindicaciones nacionales; que reinvente la interdependencia personal y no la felicidad artificial de objetivos materiales?

Ciertamente vivimos en una silente dictadura de pobreza. Padecemos además una extraordinaria pobreza de ideales.



1 comentario:

  1. Mi lema desde pequeña, y así se lo he inculcado a mis hijas, espero que hayan tomado nota, ha sido "No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti". Yo no soy religiosa, pero creo que soy justa, y no soporto las desigualdades existentes y más la creadas por intereses ocultos que benefician a solo unos pocos. Pero no sé la manera de acabar con todo eso y quizás hay veces que intento apartarlo de mi cabeza, ya sé que es egoista por mi parte.

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