Manual de instrucciones de blogscriptum

viernes, 5 de octubre de 2012

Dido y Eneas



Asomados al mar que se movía con sus respiraciones, dudando si era real, sin haberse separado aún el uno del otro, comenzaron ya a añorarse. Decidieron escapar en silencio y empezaron a compartir los primeros besos. Navegaron hacia el sudeste. El viento de poniente y el instinto hicieron el resto y surcaron la costa, hacia las cuevas reservadas para los Dioses.  Aquella noche el mar tocaba su música algo más dulce. La barcaza brillaba iluminada, perfecta,  por una densa vía láctea y descansaba su quilla en el agua sin sentir el sutil oleaje. 

Como en una almohada plateada, cobijada en un espejo oceánico de brillos y reflejos, cruzó el mar y la noche.

Dido viajaba en la proa sintiendo su corazón anegado de necesidad de cobijo y deseo, de sonoros silencios de dunas, de juncos y palmeras danzando; respiraba el aire que venía salpicado de agua salada.

Al fin llegaron al paraje de la cueva y saltó Eneas de la barca tirando de ella hasta vararla a unos metros de la orilla. Sacó a la Reina en sus brazos hasta la cueva que parecía llamar a Dido en silencio y que ella señaló con una secreta señal de su índice. Siguieron el camino de la luz que marcaban miles de medusas fosforescentes. Después lentamente vinieron a sentarse sobre la arena, como en un blando colchón. El firmamento de estrellas volando sobre los dos fue entonces la manta y juntos comenzaron a imaginar nuevas constelaciones.

Ella se desnudo para él mientras miraba el cielo 
- Ámame hasta que se apaguen, ámame, te lo ruego,  y no tardó en bajar sus labios por el cuello de Eneas y por su pecho y siguió bajando por su abdomen y se perdió en un laberinto de deseos entre sus piernas mientras caían derrotados en la arena de aquella cueva, fina como la seda. A los dos  les sobraba pasión y les faltaba el aire, ahogados en jadeos y anhelos, en risas y susurros.

Aquella noche de mar eterno -de sueños consumados, de brisas, de júbilo- parecía traer el canto del mar abierto que venía volando sobre la marisma que separaba la costa de aquella cueva. Desde ese lugar mágico se vislumbraba el horizonte curvo del  otro  lado del océano, distante, infinito, pero casi pegado al borde de sus cuerpos. Resbalaban al enlazarse el uno con el otro, empapados en un sudor azmilclero. Sólo el aire batido por las hojas de las palmeras y las acacias parecía refrescar su entorno entrando por la boca de la cueva hasta sus cuerpos.


Aquella noche de latido azul, de mar trémula, se adivinaba un mundo quieto más allá de ellos. Dido danzó sobre el cuerpo de Eneas al ritmo de un son mágico y africano que surgía entre el valle de su ombligo y el monte de su pubis. Sólo dos dedos más abajo nacía un fino vello loco, más erizado que nunca, adornando hermosamente su sexo. 

Más allá de la orilla que se perfilaba al final del vientre de la Reina del deseo y el amor, quebrada la espuma de su cuerpo estremecido, deshecha la mujer en olas rotas, hundió Eneas sus labios y su lengua hasta que  derramada de amor, quiso Dido darse la vuelta. Pidió en una suplica silente ser poseída con su pelvis y sus pechos hundidos como arados, creando con ellos los surcos en la arena con cada vaivén. Los juncos a su lado azotaban suavemente sus cuerpos. Las fustas verdes aumentaban aún más su deseo y sus empujes. Un dulce castigo, pensó él. Muere el troyano en mi interior, pensó la Reina de Cartago.

Fue entonces cuando todo se quebró. El silencio se desgarró por dos gritos profundos y rajados, un éxtasis hecho sonido que no parecía humano rompió la quietud entera del Mar, rebotando entre los acantilados y farallones hasta llegar por el noroeste a Cartago, como persiguiendo el sol que por allí se había escapado aquella tarde.  Pero en esa ocasión nadie en la ciudad pensó en el aviso de un nuevo ataque de algún reino desconocido, ni tampoco nadie quiso reconocer en aquel sonido ningún mal presagio. Hubo muchos que se sonrieron y los más cerraron las ventanas de sus casas, apagaron las luces de sus candiles y danzaron al mismo ritmo que los muchachos, los Reyes del mundo, en una noche de locos, de amor y deseo, de sexo y de esperanza.

Tumbados en la arena de aquel verano corto,  esperaron la llegada del crepúsculo del que no deseaban su arribada. El suelo caliente y virgen les ataba con fuerza a su silencio y los dos consentían aquiescentes  las manos temblorosas del otro, perdidas en una mágica aventura de cuerpos agotados. Temieron haber cometido la imprudencia de  gastar aquella noche que creían solo suya, así que estuvieron violando los minutos y las horas, exhalando violentos en su boca -y hasta el alba- el aliento húmedo de más encuentros, hasta que finalmente, como una neblina, su vaho cubrió la costa que estaba en absoluta quietud aquella noche. Se amaban de una forma tan celosa que desde entonces sólo pudieron amarse apasionadamente. La noche se hizo infinita y no quisieron ya  salirse de aquel sueño.

Dido despertó con las primeras brisas de la mañana rozada su cara por blancos jazmines recién nacidos y notó la ausencia y el silencio, y ya no quiso vivir jamás.







Blogscriptum: Es hora de confesar algo. Sólo dejaría a Bach por Purcell. Le abandonaría sin pensarlo si Henry me llamase.  Hace 330 años, de la mano de Virgilio, Purcell escribió un monumento del Barroco: Dido y Eneas. No he visto a nadie morir con tanta amargura como a Dido. Aquel suicidio mitológico se hizo historia verdadera en las manos de un chaval de 30 años que compuso algo sublime en los años finales de una vida corta (murió a los 36). He de confesar que me hace llorar. ¿Qué te pasó Eneas? ¿Acaso había algo más importante que Dido? Acaso sí. Roma.

4 comentarios:

  1. Me imagino que como siempre el deber se antepone al amor, siempre ocurria lo mismmo en la mitología. Cuando mi profesora de Griego nos contaba estas historias siempre tenía la sensación de que era injusto, que los Dioses eran egoistas y despiadados. El trozo de Opera esplendido. Buén fin de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. TE RESPONDO,
      NO ES MIO PERO ME HA PARECIDO MUY BUENO.

      Dido y Eneas como personajes antagónicos.

      Dido.

      1. El adjetivo que más se ha utilizado para designarla es el de infelix. Es, en efecto una desgraciada porque no sabe cuan poderoso es el amor y queda herida por él. Es una víctima de los dioses.
      2. Es una mujer audaz (una mujer capaz de capitanear una empresa y fundar una ciudad)

      3. Apasionada. Enamoradiza. Su irresistible pasión amorosa es en ella tan profunda porque le fue infundada por la diosa Afrodita.
      4. Rebelde. No acepta los designios de la voluntad divina, y al sentirse abandonada prefiere morir.

      Suicida.

      Para muchos, Dido es la figura más lograda de la Eneida, llena de fuerza

      y pasión humana.

      Eneas:

      Es hijo de Venus, por lo tanto un héroe.

      Sometido a la voluntad divina.

      “Varón insigne por su piedad”. Encarna el prototipo de hombre piadoso.

      Capaz de infundir valor y ánimo en sus compañeros, porque confía en los dioses.

      Orgulloso de llevar los penates en busca de una patria y de descender del linaje

      de Júpiter.

      Buen hijo y buen padre, siempre muy pendiente de Ascanio.

      Acepta la voluntad divina, por encima del Amor.

      Eliminar
    2. Dido:¿ Quizás soberbia o conformismo? no entiendo como una mujer dispuesta a fundar su propio destino sucumbe así al destino que le marcan otros. Eneas: Un calzonazos, no se puede ser tan obediente a un padre que antepone sus deseos a la felicidad de su hijo.

      Eliminar
    3. ¡Qué ácida!....jajajaja. Muy bueno

      Eliminar

Eres libre...¿Quieres decir algo?