Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Recuerdo Cienfuegos arder. Capítulo 3.


Azurina


A los meses de aquel terrible huracán, nadie sabe exactamente cuántos, la cantina de la Señora Luisa amaneció cerrada. Ninguna señal, ninguna referencia. Ni siquiera el Señor Cullings tenía la menor idea de hacia dónde podía haber marchado la Negra. Hamao, el viejo que siempre estaba sentado en el banco de piedra del lateral de la la Plaza del Recreo, tampoco nadie sabía desde cuándo, la vio marchar por el camino de Trinidad, sola, gorda y pesada como nunca la había visto antes. Tiraba de las riendas de una mula vieja y seca, dijo a todos aquellos que por ella preguntaron. Llevaba dos catauros a cada lado de los lomos de la mula con algunas pocas pertenencias, una manta quizás, dos botellas de ron miel y un buen puñado de guanábanas, mangos y ñames.

Una noche de cielo inmenso y brillantemente espléndido, la bahía se encontraba en paz y el mar hablaba con un lenguaje extrañamente familiar y cercano.  La luna se cobijaba en una almohada de brillos y reflejos marinos, pero especialmente parecía dormir en el reflejo que se producía sobre la laguna de Guanaroca, al sudeste de Cienfuegos. La música que interpretaban la olas era enormemente dulce y el corazón de un buen grupo de cienfugueses, en especial los asiduos a la cantina de la Señora Luisa, estaba anegado de sonoros silencios de cañaverales, de juncos y palmeras danzando de forma acompasada, mecidos por la brisa del mar abierto de más allá de la bahía.  Latían todos los hombres en un extraño júbilo pero estaban inquietos, ansiosos por una presión infinitamente asfixiante. Tensos como la línea curva del océano que a lo lejos podía intuirse. Era una noche de pulso azul, de una mar trémula que adivinaba un mundo quieto, a la espera de algo por suceder.

Fue entonces cuando todo se quebró y el silencio se desgarró por un grito profundo y cavernario, un rugido que no parecía humano, que quiso resquebrajar la quietud entera de la Bahía de Jagua, rebotando entre los cayos y farallones hasta perderse por el noroeste, como persiguiendo el sol que hacía un rato se había por allí escapado. Como el sonido de una enorme caracola -un nacarado cobo, soplado profundo, continuo, intensamente- bramó aquella bestia que parecía romperse a medida que se prolongaba su quejido y que fue apagándose en un gemido doloroso. En seguida hubo quien pensó en el aviso de un nuevo huracán, la misiva que enviaba Caorao, el Dios de la tempestad, antes de azotar su palma abierta nuevamente sobre todo la bahía. Hay quien quiso reconocer en aquel sonido el graznido del ave azul de leyenda que hacía años había estado atacando el castillo de la Jagua. Y hubo quien recordó al pájaro Béligou, de mal agüero, que seguro venía de mar adentro a cebarse sobre Cienfuegos . Pero el Señor Cullings, cuando se hubo apagado el eco de aquel heraldo del dolor más inmisericorde, apuró el último sorbo que le concedió la pequeña botella de ron de su bolsillo, sonrió y bajó canturreando la húmeda avenida adoquinada, para perderse de vista al final de Punta Majagua y encerrarse en su viejo bohío, del que parecía salir un resplandor especial, similar al de un cigarro recién encendido.

La Negra Luisa, recogía del suelo y aún en cuclillas, con el cordón sangrante en su boca, el fruto de su grito salvaje. La jagua sobre la que había apoyado su espalda sudaba como ella y parecía como si sus hojas la hubiesen estado abanicando durante aquella batalla de la vida pues el suelo estaba cubierto de ellas y sobre el cuerpo de la mula. La Negra se había agarrado a sus dos ramas más bajas, dejando las cicatrices de sus uñas sobre el tronco. La Jagua, la fuente, el principio, el manantial y la riqueza que significaba aquel árbol para cualquiera de la Bahía, no había sido el único testigo del nacimiento de aquella pequeña, que fue bañada por su madre en las aguas de la Laguna de Guanaroca. La niña vino al mundo bajo la atenta mirada de la Diosa Maroyá, la luna, que quiso disolver el color negro de la madre, para dejar gravado en la piel de la hija un color de extraordinaria belleza mulata.
La Señora Luisa le dio a probar su primera leche serosa y amarilla y el jugo de la pulpa de un mango que previamente masticó la Negra y que reposando los labios sobre los de su hija, dejó pasar a su boca dulcemente, dejando imprentada en ella el sabor de la fruta. Cuando hubo terminado susurró a su oído antiguas canciones africanas. Después las dos quedaron dormidas, una al lado de la otra, cubiertas únicamente por el rumor del rio Arimao, del otro lado de la laguna. La señora Luisa decidió llamarla Azurina.

El Señor Cullings y Hamao subieron a la mañana siguiente al pequeño bote amarrado frente al bohío del viejo marino y con la primera luz partieron hacia el sur, por la orilla este de la bahía, para entrar al final de la mañana a la Laguna de Guaranoca a través del Arimao, y recoger bajo de una Jagua a la Negra y la niña que, a pesar de todo, parecían extraordinariamente hermosas. Cullings y Hamao se repartieron cada uno las dos botellas de ron que descansaban premeditadamente  expuestas sobre una roca y con las que brindaron. Tras dar a la negra a probar un sabroso guiso de ñames que aún humeaba sobre los restos de unas brasas, partieron los cuatro de nuevo hacia Cienfuegos, que aquella mañana brillaba como nunca.

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