Manual de instrucciones de blogscriptum

sábado, 8 de septiembre de 2012

Recuerdo Cienfuegos arder. Capítulo 2


La negra Luisa

La negra Luisa atendía la barra de la cantina de la Plaza del Recreo desde hacía años. Algunos decían que desde siempre. El Señor Cullings guardaba celosamente ese y otros secretos de la Señora Luisa. Mujer azabache, descendiente directa de esclavos de la compañía del Señor Terry, llevaba en su interior pero sobre todo en su piel, hermosamente oscura, su pasado africano y en su voz, cuando cantaba, resonaban las melodías y los recuerdos de sus padres, arrancados de aquel lejano continente para nunca más volver.

La señora Luisa abría la cantina y cerraba la cantina. La vigilaba, limpiaba y custodiaba. Se enfrentaba a borrachos, holgazanes y violentos marinos ansiosos de ron y a babosos metemanos. Pero de esos afortunadamente había pocos en su taberna porque era para todos los cienfuegueses un refugio de amistades en tertulias y encuentros tranquilos de añoranzas marineras. Una clientela fiel que abusaba del anótemelo Señora Luisa que ya se lo pagaré y que ella nunca reclamaba. El ron decía ella, debería darse en las iglesias más que las ostias que apenas saben porque aquella bendición destilada en su trastienda era néctar divino y curaba cuerpo y espíritu. Y que ella supiese nadie había revivido después de comulgar en la iglesia. Sí lo había visto una infinidad de veces en los hombres del campo y los marinos, que después de un día de sudores y trabajo recuperaban el color y el calor con su bebida. Y también lo había visto en un buen puñado de mujeres, que rotas de celos o de amor, había sanado el espíritu con su licor. Alguna se había atrevido incluso a ajustar las cuentas, armada de su ron y un machete, en la soledad de su casa a su marido pendenciero y violento, antes de recibir la primera tarascada o el primer puñetazo en su cara, ya tatuada por palizas previas. La negra Luisa se había encargado de hacer que todo pareciese después una riña callejera de una noche de juerga de aquel violento hijo de la mala madre. Casi nunca cobraba aquel ron porque no iba ella a reclamar el pago de algo tan medicinal y sagrado. Ya estaban los curas para pedir dinero por todo, decía.

Ella no quería saber nada de la iglesia ni sus diezmos aunque soportaba con mayor paciencia que el Padre Félix Güell las confesiones de sus parroquianos. Luisa sabía de amores, venganzas, robos, celos e incluso asesinatos más que los curas, a los que odiaba en el respeto más sincero y por supuesto sabía mucho más que los militares españoles a los que respetaba en el odio más profundo. Sólo el Padre Félix se libraba de aquel odio que guardaba en su alma desde los malos años de la guerra de los sesenta en los que se dedicaba por igual a servir ron miel en su cantina y dar entierro misericordioso junto con él Padre a los fusilados de la playa Marsillán, alguno de los cuales habían disfrutado días antes de su muerte de los vasos de culo grueso llenos  de ron, sus palabras,  sus manos y su boca repletas de besos y caricias. Los heridos que llegaban de la guerra los revivía en secreto jugándose la vida en la trastienda a base de sus cuidados especiales y alimentándolos con sus zambrillas bien dulces y su congri. No hay mal, solía decir, que no se cure con una buena siesta y plato de arroz con judías.

El aire de la cantina estaba impregnado por el olor de la barra que había sido construida, tampoco nadie sabía desde cuando, con la madera del codaste de un bergantín francés de los primeros colonos de la región. Nadie sabía la edad de la cantina y la de la Señora Luisa estaba prohíbo tan siquiera imaginarla bajo pena de muerte al cierre del negocio en el callejón de más abajo de la calle.  La leyenda de la cantina de la señora Luisa decía que cuando acercabas el oído a la madera de la barra podías escuchar el sonido del mar y de algún otro retumbe de los cañones que había vomitado fuego y balas por encima de la borda de aquel barco. Pero lo cierto es que casi todos los que habían oído esos ruidos, melodías según el Señor Cullings, habían pegado la cara a la barra después de haberse regado el gaznate con el ron miel de la Señora Luisa durante varias horas. Ella reía a carcajadas cuando despertaban de aquellos sueños de mar y batallas, de algún abordaje y más de una tormenta -las mismas que se producían en la cabeza del que caía en manos de aquel ron miel - porque cuando esos incautos se levantaban de aquel sueño y esas sillas, quizás centenarias,  y daban los primeros pasos hasta la puerta de la cantina y los siguientes por el adoquinado de la Plaza del Recreo para volver a su casa, les seguía con la vista y gritaba: ¡Ojo con el árbol de la plaza mi niño! que sólo hay uno pero se mueve mucho y rápido. Y les veía alejarse igual de torpemente que los marinos de aquel bergantín de su barra, que después de meses de andanzas oceánicas, pisaban tierra al recalar en cualquier puerto lejano.

Luisa cantaba para dentro durante el día y eso era fácil de reconocer porque movía los labios y sonreía, quizás recordando las canciones mágicas y negras que su madre le había enseñado; y cantaba para fuera, con risa ya exultante, cuando alguno de los files a su barra se lo pedía por la noche. Era la voz de la negra Luisa un torrente de fuerza y misterio que algunos decían la habría hecho triunfar en el teatro Avellaneda y que otros recordaban se había alzado, más que las plegarias del padre Félix, por encima del huracán del setenta y siete, que tuvo a bien pararse a las puertas de su cantina. O quizás aquella bestia sobrevenida del mar, no se paró sino que no se atrevió a sobrepasar las puertas y la voz de Luisa, convertida después de aquel canto en fresca tormenta de verano en retirada, huyendo calle abajo amedrentada por el  carcajeó de la negra, más violenta aquella risa que la sucesión de truenos que esa misma mañana había anunciado aquel desastre. El Señor Cullings y ella habían bebido y quien sabe qué más durante una semana después de aquella épica victoria.

2 comentarios:

  1. Esto se está convirtiendo en una bonita novela que me temo mucho voy a ansiar leer y voy a tener que tener paciencia de la que carezco. Me vá enganchando.

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    1. Mucha paciencia. tengo la historia en la cabeza. Sólo me faltan horas en el día.

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