Manual de instrucciones de blogscriptum

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Recuerdo Cienfuegos arder. Capítulo 1


El Señor Cullings

El vapor del pequeño José, el Patricio de Satrústegui, recaló en el puerto de Vigo  cuarenta días después de salir de Cienfuegos. Para él terminó la pesadilla que había comenzado con el último beso que dio a su padre, el alférez Fajarnés, y que después continuó durante los eternos minutos hasta que su figura se hizo un punto en el malecón del puerto. Aquella pesadilla se prolongó entre sudores, fiebre y puro terror a lo largo de la travesía que le devolvería a España desde Cuba, dejando a su padre en la defensa de un pedazo de tierra, armado con poco más que una bandera y dos sacos de fatuo patriotismo.

El pequeño José Fajarnés pasaba las tardes asomado a la ventana de la cantina donde tarde tras tarde y hasta la noche los viejos marinos se dejaban el tiempo y el hígado en charlas de ron y aventuras.

De todos ellos el señor Cullings era el que más le atraía y al que con más ansia y gusto escuchaba.

El señor Cullings tenía una mirada azul, luminosa, profunda, que dejaba entrever un pasado forzosamente aventurero. Tenía la nariz condecorada con un souvenir de juerga Thaitiana, un anillo plateado de una noche de ron y mujeres, que lucía a juego con las cicatrices que adornaban su carne producidas por arpones, anzuelos y algún navajazo porteño que dejó la firma en su piel y el recuerdo vago, muy confuso en su memoria, del grito apagado del enemigo muerto en el duelo.

De madre española y padre francés no esperado, sobrevenido por azar en una tempestad – llegó aferrado a un barril medio vacío de manzanas- después de que una vía de agua se abriese en el casco de su rara goleta de tres palos frente a la Costa do Morte. Días después del naufragio reviviría, plácidamente fondeado, entre los brazos y las piernas de aquella mujer caliente como sus caldos, conjuros y brebajes. 



El señor Cullings nació por sorpresa en Irlanda dejando a su madre muerta en el primer duelo que tuvo este con la vida: la vida misma. Allí había llegado ella, escapando de la persecución a la que la sometían por bruja y por bella.
Marino pendenciero y jugador, fue instruido por la vida, sus infinitos traspiés y en su niñez por un monje italiano viejo, gordo y borracho, culto y follador,  huido de cien villas y diez países por sus conquistas molineras, panaderas y hasta con las mujeres de alcaldes, en una juventud ya más que olvidada. El le enseñó a leer y a escribir, latinajos e historia en pago a un abrazo y un canto somnífero que aquella mujer tan bella le había ofrecido, en medio de su pavor,  durante el penoso viaje que les habría de cruzar el Cantábrico hasta aquellas tierras irlandesas. Los dos fugitivos. Los dos perseguidos.

Cullings era hombre de mar, heredó de su padre la afición por las batallas y de su madre una elegancia imperturbable que hacían de él un falso aristócrata, un soldado y un pirata. Amante de una buena pelea, escritor, pintor de flores, poeta, sádico, viajero,  actor y caballero, tan alegre como oscuro y alejado del campo, las vacas y la tierra como  de las ratas, a las que odiaba y temía, en especial las de su barco a las que conocía de memoria pues con ellas estuvo con los pies aballestados a la cubierta de su pequeña chalupa durante más de veinte años.

Sus huesos, como la mina del lápiz que descansa asfixiado entre las hojas cien y ciento uno del cuaderno de bitácora, estaban rotos por treinta sitios y cada callo de fractura le dolía como un mordisco de perro rabioso, especialmente las  noches humedas y brumosas, de esas que atrapaban inmóvil a su barco en un denso banco de niebla. Por eso bebía, por eso y porque no se fiaba de la gente que no lo hacía.
Había vivido tantos años y tantas vidas que casi todo lo que contaba había podido sucederle realmente. La leyenda y la historia se entremezclaban en su vida y sus fábulas contribuían a enredar aún más las cosas cuando la taberna entera escucha sus historias borrachas y balbuceantes.

Como viejo marino Irlandés de pipa y brazos fibrosos, curtidos casi al punto de caoba, de pasos leñosos, de rastro alquitranado y aliento rumoroso de mil mares surcados conocía bien la leyenda del Pájaro Béligou.
La presencia sobre el barco o la simple sospecha de su figura en la línea del horizonte anunciaba la llegada de un ciclón. El era el heraldo de la muerte, porque él mismo era el huracán. Cullings contaba cien veces al mes y José escuchaba noventa que Béligou era una bestia temible y enorme. Muchos  especulaban con su aspecto. Para algunos era sarcástico como una gaviota , de graznidos quejumbrosos y deleznables, estridentes en su voracidad y desenfreno de rapiña. Para otros que decían haberle visto era torvo, oscuro y cuellilargo como el cormorán. No tenías que confiar en su presencia y menos aun en su ausencia –gritaba Cullings borracho mientras golpeaba con su vaso de grueso culo la barra perdigonada de madera de aquella taberna cienfuegueña- porque podía reaparecer en cualquier sitio después de oculto bajo el mar, a tu lado, a sólo dos brazadas de tu barca y destrozarte de sólo un golpe de ala. Por fin otros que le habían visto, o lo habían creído ver, observaban boquiabiertos y maravillados en el la majestuosidad del vuelo del albatros y reconocían que era mayor su porte que la maldad que se le imaginaba. Pero todos mentían. Cullings lo sabía bien porque el si lo ha visto. Este pájaro de presencia indeseable, vagabundo de siete mares y pregón del infierno de tempestad venidera, sólo tenía un ojo. Y eso era lo más importante. Cullings entonces callaba y solía cubrirse el suyo, siempre el derecho,  con la mano izquierda de dedos retorcidos, como su largo pelo blanco.

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