Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 27 de septiembre de 2012

No a la pena de muerte.



Siempre he tenido a la Sociedad Japonesa en el arquetipo de la Sociedad culta, ancestral, respetuosa, trabajadora y como no...muy particular, en sus costumbres y tradiciones. Hoy me ha sorprendido una mala noticia que ha hecho que este video de 2011 haya quedado anticuado.




Japón, que junto con EE.UU. es el único país industrializado y democrático que aún aplica la pena de muerte, ejecuta en la horca a los condenados, en el mayor de los secretos, sin aviso previo a los mismos o familiares y sin testigos, en medio de las críticas de las organizaciones humanitarias. Sorprendentemente, más del 85% de la población respalda este castigo, según un sondeo del Gobierno nipón en 2010.

Ante la pena de muerte no caben posiciones tibias o circunstanciales. NO  o SI.

Yo lo tengo claro. La Pena de Muerte nos sitúa a 400 años de nuestro tiempo, en sociedades medievales y alejadas a años luz de la Razón.

Hace unos meses, a propósito del perdón que solicitaba Manuel Carcaño por la muerte y desaparición de Marta del Castillo escribí la siguiente escena de Teatro, que viene a representar este concepto medieval de impartir Justicia. 

Acto III
Escena Final

El Rey descansa en su trono, el fuego vivo al fondo de la cámara ilumina la estancia con un rojo báratro,  y el silencio es interrumpido por el bramido del aire que agita con fuerza las ventanas del castillo de Bamburgh.El alzamiento de la nobleza del norte del Reino ha sido sofocado y las tropas rebeldes de los condados de Northumberland, Lancashire y Yorkshire, riegan de sangre los verdes campos próximos a Escocia. Sir Henry Hotspur, Duque de Northumberland, tras encabezar la rebelión, y viéndose ya perdido, ha traicionado a sus compañeros vendiendo información a las tropas Reales y ha intentado huir. En escena aparece el Rey y frente a él, hincado de rodillas, tembloroso y ensangrentado, Sir Henry llora.

EL REY:
Sir Henry, ¿tembláis?

SIR HENRY
El frío y el hambre mi Señor están dando cuenta de mis últimas fuerzas. Mi último aliento lo he de usar, mi Rey, para solicitar humildemente vuestro perdón.

El REY:
¿Mi perdón Sir Henry? Acudís ahora a mí, humillado y derrotado, salido de vuestra hedionda cueva, con aspecto sucio y repugnante, no por vuestra indumentaria, sino por el hedor que desprende vuestra conciencia y ¿suplicáis mi perdón?

Acaso el Rey que os gobierna puede absolverle, Duque de Northumberland, terminando aquí y ahora con el pleito que sólo vos comenzasteis, en prueba de la confesión que habéis realizado y  bajo juramento de no volver a cuestionarme.


Podría indultaros, pues esta gracia que a mí se me reserva, hace atenuar los delitos y extinguir sus responsabilidades, Sir Henry. Mi compasión y moderación al aplicar la justicia son infinitos.


Podría con generosidad disimular la culpa pues me es fácil hacerlo. Soy afable y magnánimo, y el don de la benevolencia y clemencia me son gratos. Mi dispensa la he ofrecido en otras ocasiones y en mi nombre el Lord Chambeland ha sacado del mismo patíbulo la cabeza del reo, aún unida al cuello, cuando el afilado brazo real apenas rozaba la piel.

He condonado y remitido deudas y penas de muerte, pues igual de firme que sujeto mi espada, y sin temblor la blando contra el que me desafía, igual de seguro uso la tinta y la pluma para plasmar con mi firma la indulgencia del que se la merece.

Mi compasión y lástima por el arrepentido solo es comparable a las mercedes con las que mi Padre gobernaba estas mismas tierras. He usado mi puñal de misericordia en batalla siempre que así me lo ha pedido mi enemigo y he hundido en sus entrañas la daga que mitigaba su sufrimiento y le acercaba más prontamente a la luz del Padre, si en feroz lucha había demostrado su gallardía en contra mía.

Otorgo el jubileo por mi condición de Pastor y primera cabeza de la iglesia tantas veces como la causa, la fe y la justicia del demandante así lo merecen. He conmutado y redimido a súbditos y reyes y el desquite y la redención, el remedio, el recurso y el refugio ha salido de estas manos que ahora, ¡Oh Sir Henry! alzo sobre su cabeza.

Exculpo y exonero de faltas, delitos y traiciones y pido a Dios consejo, en cada una de ellas, para no librar del justo castigo a aquel que, con engaños y malas artes, termina por disimular su culpa y hace nublar mi juicio.

Cancelo cargas y gravámenes; reintegro créditos, honras, y dignidades, derechos y capacidades a aquel que en justicia lo merece, y libero incluso a aquel otro en el que no puedo demostrar con certeza su culpa.

Pero Sir Henry, esta noche viene, arrastrándose, humillado y nauseabundo, suplicando mi perdón. Pues bien, Duque, todos los dones y gracias que le he citado, poseo. Mas no la gracia del perdón, que sólo le corresponde al Padre otorgar y al que hoy mismo, en juicio divino os he de enviar. Y os aconsejo, Sir Henry, que el perdón, no debéis  solicitarlo vos a Dios todopoderoso sino sólo desear que se os otorgue.



¡Guardias!, acompañad al Duque de Northumberland al calabozo y que mañana, con el primer rayo de sol, sea conducido al patíbulo, dónde después de desollado y descuartizado sea eviscerado y ofrecidas sus entrañas a la rapiña y ordenad que los asistentes recen una oración por su perdón.

Fin de la obra y baja el telón.


1 comentario:

  1. En caliente no sé de lo que sería capaz de hacer, pero en frío es muy dificil tomar una decisión así.

    ResponderEliminar

Eres libre...¿Quieres decir algo?