Manual de instrucciones de blogscriptum

sábado, 25 de agosto de 2012

Refritos de verano (Plátanos fritos)



Mi vida era antes cómoda y tropical.

Mis primeros recuerdos se mecen por el vaivén de la suave brisa del mar y se inundan del azul oceánico, infinito, las nubes algodonosas y un olor a tierra volcánica mojada. Soy un plátano de la variedad cavendish enano, un plátano mediano pero de buena calidad. Compartía mano con otros cuatro plátanos hermanos en una vida armoniosa y pendiente, dulcemente pendiente. Crecíamos en vigor y color, en una perfecta concavidad geotrópica, en equilibrio con el mismísimo universo y con un verde exultante y un olor...un olor a Canarias. 

Tanto con mis hermanos como con el resto de las manos del bananero mantenía unas conversaciones normales, como cualquier plátano: la suavidad de las últimas lluvias, la agradable vista del mar, algún que otro piropo a algún culo de un bonito lepidóptero, no patógeno, en fin, conversaciones normales para un plátano de un alto nivel. Nosotros no éramos como aquellos plátanos de la plantación de enfrente. Eramos criados bajo los acordes del Romeo y Julieta de Prokofiev; nuestro agricultor decía que nuestro movimiento con el viento parecía una danza y el tenía la necesidad de ponerle música. En cambio, esos plátanos arrabaleros y de baja estofa de allí enfrente eran enfundados en polietileno, con la falsa excusa de aumentar el rendimiento de su cultivo y protegerlos de plagas de Tetranychus urticae. Pobres infelices, parecían estar abrigados con gigantescos condones y yo les veía sudorosos, agobiados.  En cambio nosotros...¡qué felicidad!.

Recuerdo con especial cariño aquellos deshojados. El machete certero y firme iba limpiando las hojas secas y dobladas en la base del racimo y entonces la luz, el aire, y el calor, entraban entre nosotros con alegría exultante.

Pero aquella mañana todo cambió. Algo nos temimos cuando no sonó Prokofiev sino el requiem de Fauré. Algo pasaba.

Entonces la rula no cortó las hojas y de nuestro tallo manó un brote lechoso, seminal. El último hálito de vida que nos unía directamente con la tierra que nos vio nacer. Caímos directamente a un cajón. El golpe fue enorme y no recuerdo nada hasta que me desperté, rodeado de miles de los míos, en las bodegas de un barco. Hacinados, violentamente apretados, muchos de nosotros magullados y perdiendo ese verdor nuestro por momentos.  Algún plátano viejo nos lo había contado -vendrán a llevaros- pero no quisimos dar crédito a sus palabras. ¿qué habíamos hecho para merecer eso? ¿Porqué?. Nuestro compromiso de cenar juntos todos en el banano aquella noche y todas las noches del futuro, no se iba a cumplir.

Las siguientes semanas fueron de un viaje azaroso y mareante hasta nuestra llegada al mercado de abastos. Fuimos repartidos según no se qué criterio, pues el ruido, los gritos y las brabuconadas de aquellos hombres no me permitía distinguir bien lo que ocurría, pero... ¡Por Dios!, ofrecían dinero por mi; como meretriz barata, como nubio aceitoso y brillante. ¡Nos estaban vendiendo!. Necesitaba a Brahms, lo necesitaba, me estaba ahogando. 

Sé que algunas cajas de exóticos, indescifrables e insípidos frutos terminaron colocados con calculada geometría en elegantes fruterías de París, pero ¿ nosotros?

Nosotros terminamos apiñados, revueltos y amontonados, sin orden ni concierto, en una frutería de Villiers-le-Bel, un suburbio de París. 
Me vi compartiendo expositor con dos cajones de soeces y zafios kiwis, peludos y ácidos, que gritaban a las chirimoyas:
-¡eh chirimoya!
-¿Qué?, gritaba inocente...
-¡Tócame la....! (me da vergüenza hasta repetirlo).
¿y aquellas bananas dominicanas?: 
-¡Eh cavendish, enano! ¡muévete con nosotras!, ya tu sabes. 
Grandes, robustas y enormemente fálicas...se meneaban obscenamente al ritmo de la vulgar salsa del hilo musical de la frutería.

Por favor Purcell, te necesito, ¿dónde estás?

Entonces todo sucedió muy rápido. No pude ni advertir quién nos agarró del tallo e introdujo en una fina bolsa de plástico transparente. Un golpe sobre un frío hierro y nuevamente perdí el conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo fue dantesco. Yo estaba tumbado sobre un frutero de madera, moderno y funcional, he de reconocerlo. A mi lado un antiguo amigo mio, viejo, blando negro y descuidado, parecía perder la vida a borbotones en la esquina del frutero. Dos de mis hermanos ardían flameantes, entre gritos, en un ritual enólico y salvaje sobre una sartén a fuego vivo. Otro era destrozado en una escandalosa máquina trituradora y el cuarto de mis primos, entraba y salía de la boca de un bebe a modo de tarjeta de crédito en un cajero. Su cuerpo cortado a rodajas, era expulsado de aquella boca salvaje apapillado e informe.

Nada podía salvarme. Moriría allí ,a lo peor aplastado con un tenedor, a lo mejor ennegrecido por el olvido.

Fue entonces cuando sucedió. Una mano tierna me agarró con la suavidad de una pluma y me sacó de aquel funcional frutero. Sus piernas eran delgadas y blancas y se dejaban asomar por debajo de una chaqueta de lana blanca y de ochos. Su pelo era largo y negro, su piel marfil y sus ojos...sus ojos eran como aquel mar de La Palma. Comenzó a desnudarme dulcemente separando mi piel de la carne con elegantes movimientos. Sentí que nos sentamos en un sofá hundido y viejo y vi como cogía su libro...si, era Styron...mi gran Styron: "Se ha desvanecido cualquier sentimiento de esperanza, toda idea de futuro, es la desesperación lo que apabulla mi alma..."

De fondo escuchaba el lacrimosa del Requiem de Mozart y me dejé hacer. 

Ofrecí mi sabor y quise poner en él el recuerdo de aquella tierra mojada, el color del mar  y el vaivén dulce de la brisa de la noche. Ya no recuerdo más....

Blogscriptum:
Dedicado, en su día, a la hija de Fabiola, de cuatro años, que el otro día pidió a su madre....Mama: cuéntame la vida de un plátano. Supongo que lo podrá leer más adelante, Fabiola. 




2 comentarios:

  1. Creo que la hija de Fabiola deberá esperar unos cuantos años para leerlo,¡ bueno eso creo¡. Hay que ver que imaginación le echas al asunto. Me he reido un rato. Por cierto la ultima parte se iba subiendo un poco de tono, tu sabrás porqué. Esto me recuerda al famoso dicho: ¿Que culpa tiene el tomate ?........ Me alegra que estes más animado.

    ResponderEliminar
  2. Me alegro que hayas vuelto.. Me gusta leerte!

    ResponderEliminar

Eres libre...¿Quieres decir algo?