Manual de instrucciones de blogscriptum

sábado, 12 de mayo de 2012

Luz entre las tinieblas: un microrelato



Julio sabe que el sonido de los golpes de una culata sobre una puerta son absolutamente diferentes a cualquier otra cosa que golpee esa madera. El estruendo hondo y cavernario que produce anticipa el grito ronco de la muerte arrancándote del sueño para no volver a el jamás. Cuando un fusil brama contra una puerta sabes que en el dintel aguarda la violencia, la rabia y la venganza, es la muerte perra la que llama. Los fusiles sólo golpean las puertas por la noche, cuando todo está en silencio y la violencia del arma, que reconcentra el odio del dolor del hombro del que la dispara y la saña del retroceso de cada bala que ha malparido, viola la inocencia de la puerta que tantas veces se ha abierto para recibir al hijo, al padre o al vecino. Por eso Julio lleva tatuada en su alma y en su piel el recuerdo de aquella noche.

El padre de Julio era herrero y sólo diseñó unos años antes un arado de hierro que mejoraba los de madera que anteriormente se usaban. Cuando el resto del pueblo le pidió que se asociase en cooperativa para rentabilizar el ingenio y el se negó, no supo que eso haría que los ofendidos vinieran a su casa una noche años después, a preguntar por el, su mujer y tres de su nueve hijos, y al cabo del rato de violar su sueño y su vida, llenaran de sesos y sangre la dehesa verde por la que esa misma mañana habían jugado los nueve. Los nueve a los que la madre había enseñado a leer y a escribir, sentados a la mesa corrida en esa dehesa que ahora escribía con renglones de sangre y tinta de lágrimas. No hubo victoria en nada, sólo víctimas. Los que a las doce se arrodillaban para rezar el ángelus, a la una arrodillaban al vecino para volarle la vida. Los que a las cuatro gritaban consignas por el pueblo, a las cinco llenaban el pueblo del hediondo olor de la venganza.

Después de esa noche la vida le puso a Julio el pico y la pala del campo de concentración en sus manos. Subía cada día a la mina y bajaba cada tarde de ella con el rostro en su retina del último de los encadenados que caía, infierno abajo, arrastrado por el eslabón humano que le precedía. Eran atados en fila y empujados los dos primeros a la sima, para que el resto cayesen como peleles, como muñecos de trapo al fondo del agujero, cien metros abajo, para después ser rematados con bombas de mano. Era cómodo para los carceleros que se evitaban el espectáculo de ver a la muerte de cara y se ahorraban cavar el agujero de sus víctimas. 

La cuñada de Julio, la sobrina del cura (¿por qué siempre son sobrinas?) consiguió sacarle de aquel infierno para ponerle en la fila del batallón, cuatrocientas mañanas después. Formados en la plaza del cuartel escucharon  al comandante gritar con el mismo tono con el que el fusil bramó aquella otra noche de orfandad y llanto: ¡el que no quiera ir al frente que de un paso adelante!
Todos conocían la respuesta. A el siempre le habían dicho que dar un paso al frente era de valientes, pero no era verdad, las botas cobardes de todos quedaron clavadas en los adoquines de aquella plaza y a la mañana siguiente partieron para Rusia a luchar contra el frío, el barro y la mierda de los caminos, aunque no sabían muy bien por quién.

En aquel infierno de muerte y locura la madre de Julio se hizo patente pues sólo Julio sabía sentarse a escribir las cartas a las madres y a las novias de todo el batallón. Julio, escribe a mi madre y dile lo que quieras. Julio, escribe a mi novia y rompe con ella. Julio, escribe a mi mujer y dile que no sufro. Y así Julio inventó historias y vidas, calmo desvelos y encendió deseos. Recondujo las vidas de mujeres en espera estéril, perdonó ofensas, recordó paseos, inventó amores que no existieron y, en fin, vivió mil vidas. Por eso Julio, por ser el más querido del batallón, salió del frente dos días antes de entrar en combate con un permiso, y por eso Julio está vivo y me contó todo esto el otro día en mi consulta y por eso le he dicho que tiene que venir a verme cada semana , para que me vuelva a enseñar el tatuaje de su brazo y su alma y yo le mienta por su cáncer, que como aquellos putos perros está golpeando con su culata, otra vez, en el dintel de su vida.  

Blogscriptum: Al contrario de lo que pueda parecer esta historia no es enteramente triste. Como la luz que entra en las ruinas de esta iglesia, destruida por la guerra, la luz de las cartas de Julio iluminaron muchas vidas y ese es el sentido de este microrelato. esta luz es más poderosa que las tinieblas.
Todo lo relatado es rigurosamente cierto, han pasado dos días y continuo emocionado por el relato de Julio. Lamento no poder trasmitir con mis palabras la pasión que el ponía al contármelo.



6 comentarios:

  1. Sin palabras, cualquier cosa que escriba será ridícula.
    K

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  2. Estoy estremecida... Que vuelva muchas veces y que tú lo transcribas con ese buen hacer. Un beso.

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  3. Espero que entre sus comienzos a la vida y su final, en algún momento haya sido dueño de su propio destino. Que bueno sería que apareciera otra sobrina del cura y le librara de esta.

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    1. Estoy seguro que lo ha sido.Pero...¿somos dueño alguno de nuestro propio destino?, ¿Lo eres tú amr?

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  4. En ocasiones creo creer que sí lo hé sido, pero en la gran mayoria de las veces se me escapa entre los dedos, y cuando me percato de ello siento rabia e intento controlarlo. Ahora estoy en ello.

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