Manual de instrucciones de blogscriptum

martes, 24 de abril de 2012

El silencio entre acordes


El otro día me preguntabas si no me da vergüenza escribir. Más vergüenza me da leerme. Debería estar más en silencio. Es cierto. El silencio es mucho más elocuente que las palabras, también en la música.

En la quinta de Beethoven tras las cuatro primeras notas y repetido tras la octava, se produce un ensordecedor silencio. Es la música de la reflexión. Hay un brusco estremecerse, un placer por el roce de lo que se aproxima. La ansiedad, el impulso hacia adelante, la anticipación de lo que sabes que ocurrirá inevitablemente, el paso fronterizo se hace interminable y el escozor, no, el dolor de la luz que se avecina, la agitación rítmica y desconocida, y el grito que consigue sacar la cabeza desde el fondo, un grito vibrante, amoroso, que me lleva al paroxismo de sentimientos: calma y tensión, satisfecho e insatisfecho, hipnotizado  y agitado.
Este diálogo interno del compositor con su alma, me lleva a mí a la contradicción, pero yo soy así: arriba y abajo, luz y oscuridad, placer y dolor.

Me gusta cuando callas porque estás como ausente, dijo él, bonito pero falso. Cuando no te escucho te siento presente, digo yo, y son esas notas en blanco las que reclama mi espíritu. Necesito el silencio que me da ese pentagrama vacío y son esas décimas de segundo las que en este momento quiero. Es de noche y muy tarde pero sigue habiendo tanto alboroto ahí fuera, tanto ruido y sinsentido que necesito esos instantes.

Soy un insaciable consumidor de emociones, un universo en gresca y cabreado. Montaña y valle, desierto y oasis, día y noche. Así soy yo. Eso me preguntaste en realidad.

Y ahora, después de pensar...¿quién soy yo para condenarle?.  Muéstrame su luz de nuevo, y vuelve a mi esas sus manos misericordiosas.



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