Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 8 de diciembre de 2011

Carta desde la campiña inglesa.



Queridos Padres.

Desde la tranquilidad de mi nuevo hogar, con los pies enfundados en unas cómodas zapatillas de piel de carnero, bebiendo este delicioso whisky maltés y contemplando la última fotografía que consiguieron tomarnos juntos, os saludo.

Se que la forma en que marché de vuestro lado no fue correcta por sigilosa e inesperada, pero ya, con el paso de los años, me he sentido con ánimos y tranquilidad de espíritu para escribiros, para que sepáis de mi y de las razones de mi huida.

Ciertamente que la vida en la selva fue, sin duda alguna, enriquecedora  e interesante y que forjó en mi interior el espíritu salvaje e indómito que tanto caracterizaba a papá. Aún no se que fue lo que me empujó a alejarme de vuestro lado. Todos los recuerdos resultan especialmente emocionantes para mí.

Resultaban especialmente deliciosas las tardes paseando a las orillas de aquellos ríos infectados de gigantescos mosquitos que más que picar mordían ferozmente. Aún recuerdo la inevitable desazón de papá si no se sumergía en el agua para luchar a brazo partido con un cocodrilo, sin mediar amenaza ni insulto por parte de aquel pobre saurópsido, y cómo le gustaba hundir en sus entrañas el puñal, hasta eviscerar al pobre animal. 

Me resultaban especialmente gratas las imágenes de mama desollando monos para hacerme aquellos simpáticos y rasposos calzoncillos, especialmente cómodos cuando, después de hacer de vientre diez o quince veces al día (por comer algún jaguar cazado por papá 15 días atrás) y tras limpiarme el trasero con un helecho pinchoso, debía sentarme en aquella cómoda silla hecha de piel de antílope viejo, especialmente dura y rugosa.

Vienen a mi memoria aquellos agradables despertares con la simpática y babosa mona chita, y su deliciosa manera de chuparme la boca, instantes después de haber despiojado a sus crías. Siento aún el calor de la nuca de los elefantes en mis testículos, cuando en plena temporada estival papá decidía cruzar a la grupa de los paquidermos, decenas de kilómetros para salvar a una de las doce o quince crías de Simba (que luego, por cierto, tan ardorosamente el macho devoraba)

Cómo olvidar las simpáticas guerras de cacas secas de elefante que echaba con Muguntu, el hijo discretamente retrasado del hechicero de la tribu, que siempre escogía para lanzarme la magarta NO completamente seca.

Ahora que contemplo, a través de los ventanales de mi casa en York, los primeros copos de nieve caer, mientras escucho Henry Purcell, se me eriza el vello y siento especial nostalgia por los inquietantes rugidos de la selva, los gritos espeluznantes de los monos al atardecer y los aullidos de los chacales satisfaciendo su ansia carroñera con algún resto que los buitres les hubiesen dejado. Y cómo no poder despertar vivos recuerdos y fogonazos de pasión al rememorar el inmenso dolor de las picaduras de aquellas gigantescas y peludas arañas negras.

Papá, mamá, me invade la melancolía, mientras exhalo el humo de este afrutado aromatic choice de mi marfileña pipa que he aculatado, cuando recuerdo el penetrante e intenso olor de los hipopótamos semisumergidos en la cenagosa charca de enfrente de nuestra casa. 

Sí, desde mi sofá de piel, siento murría por aquel hogar que dejé, suspendido vertiginosamente a veinte metros de altura, del árbol más alto de la selva. Papá sabía elegir bien los luxury penthouse. Desde luego aquel tenía unas vistas fantásticas, que ahora recuerdo bien mientras regresan a mi cabeza las inquietantes imágenes de hojas y ramas rompiéndose en mi espalda a medida que yo caía, en uno de los diez o quince resbalones que sufrí durante aquellos años en la selva, hasta golpear mi nuca contra alguna puntiaguda roca en el suelo.

He terminado de comer el faisán que me han preparado esta tarde y me vienen a la boca sabores y texturas de paladar de aquellos días: el mono embuchado, las orejas de antílope al seso de chivo o las pelotas de ñandú sazonadas con jugo de hormiga que tan deliciosamente preparaba mamá.

Por las mañanas, mientras conduzco mi Jaguar c-x16, no puedo dejar de pensar en papá y aquella simpática y excitante manera que tenía de viajar por la selva. Tan rápido, tan veloz, tan impactantes las caídas y el dolor de las manos ampollosas y sangrantes por aquellas lianas y tirolinas selváticas. Y aquella romántica sensación de caída al vacío cuando, tras quince o dieciséis cambios de liana y mareantes vuelos acrobáticos, decidíamos arrojarnos en caída libre a aquella poza de no más de un metro y medio de profundidad,en elegante planchazo, que enardecía nuestro pecho hirsuto por la tiña. Todavía recuerdo  el picado veloz al sumergirme en el agua, con la cabeza golpeando sobre el fondo de la poza, siempre sobre la misma roca, a la que conseguí tomarla cariño definitivamente.

En mi próximo y seguro viaje a la selva para visitaros con el departamento de antropología que dirijo en la Universidad, os presentaré a Henry, mi pareja. Aquella manera en la que os escuchaba por la noche disfrutar, los alaridos torácicos de papá y los gritos de inmensa satisfacción de mamá, mientras repetía en un gruñido ventrilocuado, ¡anwagua tarzan anwagua!, me marcaron mucho; de hecho A Henry le gusta mucho aquel calzoncillo que aún conservo de mama.

En fin mamá, papá. Lamento la forma en la que me fui y aún no entiendo porqué lo hice.
Espero que podáis perdonarme algún día. 

Con cariño de vuestro hijo que os quiere,
Boy.


2 comentarios:

  1. La verdad es que yo tampoco lo entiendo. Que capacidad de renuncia !!

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  2. Como dicen en Granada "Con lo bien que lo pasemos", no se como se atrevió a marcharse. No se te ocurra hacer lo mismo con tus hijos que luego lo echaran de menos je je je. Todo lo que cuenta parece muy entrañable, cosas comunes y acciones normales.

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