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sábado, 26 de noviembre de 2011

Enrique IV de Castilla...¿El impotente?




A lo largo de la historia han existido innumerables episodios que se han visto influidos directamente por la enfermedad que padecía el personaje que los protagonizó. Indudablemente no todos estos hechos han tenido la misma importancia histórica. Sin embargo, una enfermedad urológica provocó la llegada al trono de Castilla de Isabel La Católica, en el final de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna, y con su coronación se produjo la constitución de un nuevo Estado

La dinastía de los Trastámaras se estableció en Castilla con Enrique II en la segunda mitad del siglo XIV. En 1369 Enrique llegaba al trono tras una dura lucha contra su hermano Pedro I. Ambos eran hijos de Alfonso XI, y el primero de ellos, el triunfador, hijo bastardo del rey Alfonso y la bella dama Doña Leonor de Guzmán. Más tarde en 1412 esta misma dinastía se establecía en Aragón, merced a la política de enlaces matrimoniales, con la persona de Fernando de Antequera. Aragón y Castilla terminaron por unificarse mediante el enlace de los herederos respectivos de dichos reinos en 1469, Fernando e Isabel, los Reyes Católicos, para dar el más poderoso de los estados del final de la Edad Media.

Entre medias, la dinastía de los Trastámaras dio a la historia una de las mayores y más curiosas incógnitas, de la que se derivaron importantísimas consecuencias. Este hecho estuvo protagonizado por Enrique IV, el último de la citada dinastía, su supuesta hija, Doña Juana, conocida por la historia como “La Beltraneja” y su esposa Doña Juana de Portugal. Los tres además estuvieron envueltos por el halo de misterio de una enfermedad urológica (una disfunción eréctil), y una posible terapia en el campo de la infertilidad (una inseminación artificial), practicada por un médico judío hace más de quinientos años.

Después de haber estudiado al personaje he llegado a la conclusión de que El rey Enrique IV no era impotente y bien de forma natural, bien por inseminación artificial pudo ser el padre de Doña Juana conocida como La Beltraneja y sólo las intrigas políticas condujeron a esta al ostracismo permitiendo que Isabel  La Católica llegara a ser reina de Castilla usurpando un trono que no le correspondía. La Historia Universal a partir de entonces no sería la misma si pudiésemos haber demostrado esta hipótesis hace ocho siglos.

“Cada día me parece más claro que Don Enrique IV fue menos impotente de lo que dicen y que Doña Juana -su esposa-, fue mucho más buena de lo que cuentan los libros”.                                                                         Gregorio Marañón.


Una noche de otoño de 1946 el doctor Marañón, por encargo de la Real Academia de Historia, procede a la exhumación y descripción de unos restos aparecidos en el Monasterio de Guadalupe, dónde de forma casual y tras descolgarse por detrás del retablo, han sido encontrados los nichos de lo que se cree son los enterramientos  de Enrique IV de Castilla y de su madre la reina Doña María.

El cuerpo del monarca, yaciente sobre un paño de brocado verde aceituado, sin  mortaja propia de su tiempo y rango, correspondía al de un varón corpulento que bien había podido medir 180 centímetros de altura en vida, con largas piernas, ancho tórax y un cráneo de frente alta y robusta mandíbula. Esta conservaba todos los dientes aunque de mala implantación, faltando algunas muelas, señal de que padeció de ellas. La momia del rey mostraba unos ojos cerrados y separados, con una boca grande y un prognatismo marcado.

En la biblioteca del Escorial, a propósito de unos textos de Enríquez del Castillo, cronista del rey, se recoge una detallada descripción de Enrique IV como un hombre de larga estatura, ojos espaciados, cabeza grande y redonda, frente ancha, quijadas luengas y tendidas, dientes espesos y traspellados y los calcáneos volteados hacia fuera (pie valgo). Desde luego esta descripción realizada por el capellán y cronista real Enríquez del Castillo, no deja en buen lugar a Don Enrique, aunque al final compara su cabeza en alegórico símil, a la de un león. No faltarían otras comparaciones de la época hechas por los detractores del rey, claro, que la compararían a la de un simio.

“¿Fue Don Enrique un ser inepto, un impotente, como reza la etiqueta con que ha sido archivado en la historia, o un pobre hombre calumniado por adversarios victoriosos que, a favor del éxito, que todo lo autoriza y lo sanciona, han hecho perdurable la fábula de su incapacidad?”.
Gregorio Marañón.

Lo innegable de la historia es que Don Enrique casó en segundas nupcias con Doña Juana de Portugal, a la sazón prima carnal por parte de madre, tras un primer matrimonio anulado con Doña Blanca de Navarra con la que no tuvo descendencia. De este primer matrimonio ya comienzan a detallarse indicios de su padecimiento tal y como Mosén  de Diego Varela nos informa:

 “El rey y la reina durmieron en una cama y la reina quedó tan entera como venía, de que no pequeño enojo se recibió de todos”.

De este primer compromiso nupcial el rey guardaría vivo recuerdo pues para su segundo enlace derogaría la ley castellana que obligaba a atestiguar la consumación del acto mediante la presencia en la alcoba de un notario de la corte.

El carácter abúlico y tímido y la debilidad de carácter y sugestionabilidad demostrada por Don Enrique en otros ámbitos de su reinado, especialmente políticos, ¿no se haría especialmente manifiesto en el día de las nupcias, ante tanto espectador?.
Este carácter tímido no parece sin embargo emerger en diferentes relaciones que, con distintas mujeres, se le atribuyeron al rey. A saber: Doña Guiomar, hija del conde de Montesanto, Doña Beatriz de Sandoval y Doña Catalina de Guzmán son las ,al menos oficialmente reconocidas, amantes de Enrique IV tal y como se recoge en el acta de anulación matrimonial con Doña blanca de Navarra:

“Había habido en cada una de ellas trato y conocimiento de hombre a  mujer, así como cualquier otro hombre potente, y que tenía una verga viril firme y daba su débito y simiente viril como otro varón, y que creían que si el dicho señor Príncipe no conocía a la dicha señora Princesa, es que estaba hechizado o hecho otro mal, y que cada una le había visto y hallado varón potente, como otros potentes”

Después de este primer matrimonio de trece años y escaso éxito, Don Enrique casa con una bella mujer, niña hoy en día, de 16 años, hermana del Rey de Portugal.

 “Muy señalada mujer en gracias y hermosura”.

Fruto de este enlace nacería la Infanta Doña Juana, hecho que dada la ya popular impotencia real, sorprendió a propios y extraños:

 “Fue una gran sospecha en los corazones de las gentes sobre esta hija, pues muchos dudaron ser engendrada por sus lomos del rey”.

Como hecho destacado, la legitimidad de Juana fue jurada por su madre, la Reina, tras recibir eucaristía en la catedral de Segovia. Mayores y numerosos juramentos se han hecho en falso a lo largo de la historia con la mano apoyada en la Biblia, pero sería un acto de crueldad poner en entredicho de antemano la verdad de este juramento, el de una madre sobre su hija, y en un contexto, el de una mujer, la Reina Juana, denigrada y deshonrada por la corte y su pueblo.

“Hago juramento a Dios y a Santa María y a la señal de la Cruz que con mi mano derecha corporalmente toqué... que yo se cierto que la dicha princesa Doña Juana es hija legítima y natural del Rey mi Señor y mía, que por tal la reputé y traté y tuve siempre, y la tengo y reputo ahora”.

El mismo Enrique IV confirmaba su paternidad, tiempo después de haberla renegado en la firma del tratado de los Toros de Guisando (18 de septiembre de 1468) que firmó con su hermanastra Isabel, en el que hacía pública su deshonra al desposeer a su hija del título de heredera.

“Por el bien y sosiego del Reino”...”para atajar las guerras”.

Una vez más la historia pone por delante en valentía y dignidad a la mujer frente al hombre, en este caso antes como madre que como reina, antes la razón del corazón que la del estado.
Para añadir turbidez a la historia oficial que ha prevalecido a lo largo de estos siglos y en aras a defender la paternidad real de Doña Juana se recogen en los textos de Jeronimus Münzer, un viajero, doctor y reputado humanista germano que por esta época visitaba la península, quizás con el fin de hacer conocer al Rey de Portugal, Don Alfonso, el interés del emperador Maximiliano de participar en las incursiones lusitanas de ultramar. Durante su visita a la corte castellana detalla uno de los hechos andrológicos más peculiares  de la historia de España: la inseminación artificial de una reina.

“Fecerunt medici cannam auream, quam regina in vulvam recepit, an per ipsam semen inicere posset; nequivit tamen. Mulgere item fecerunt feretrum eius et exivit sperme, sed aquosum et sterile”.

El viajero relata la fertilización de la Reina a través de una cánula de oro que introducida en la vagina servía para depositar el esperma real obtenido por masturbación, aunque este parece que era acuoso y estéril. Si bien el cronista detalla con meticulosidad aspectos tan íntimos de la corte, como si él mismo los hubiera presenciado, hemos de reconocer que su historia, aunque interesante y de hecho factible, pierde credibilidad ante los evidentes errores cometidos en la descripción de sucesos más conocidos y refrendables, como por ejemplo la línea sucesora de Juan II de Castilla: padre de Don Enrique:

“Juan, Rey de Castilla, tuvo por hijos a Alfonso, el primogénito, a Enrique y a Isabel, su hija. Muerto el padre, le sucedió el primogénito Alfonso, a quien, muerto después de cuatro años de reinado, sucedió su hermano”.

Münzer confunde completamente tanto la línea sucesora de Juan II, padre de Enrique IV como el reinado que no existió sino en una esperpéntica farsa avulense (5 de julio de 1465). Si en este tema Münzer comete un error de bulto, ¿podemos fiarnos de una historia tan peculiar?.

Como quiera que la historia ha hecho que perduren con más fuerza los escritos de los que salieron victoriosos de la contienda de la sucesión al trono (Isabelinos frente a Beltranejos) se ha añadido a la condición de impotente la de su homesexualidad, siendo larga la lista de amantes y pretendidos de Don Enrique, alguno de los cuales fue severamente reprendido por negarse a sus invitaciones.

Sin embargo esta segunda condición (homosexualidad) no implica necesariamente la verdad de la primera (impotencia), y no sería utilizada hoy en día en defensa de la ilegitimidad de Doña Juana. Dentro de esta lista de pretendidos y por ser favorito real, destacamos a Don Beltrán de la Cueva, un botarate que a juicio de Gregorio Marañón, no brilla con dignidad en ningún hecho histórico de importancia y que al final de sus días luchó incluso en el bando de Isabel La Católica en contra de los Beltranejos (encabezados por el tío de Juana, el Rey de Portugal, Don Alfonso). A Don Beltrán se le atribuye la paternidad de Doña Juana, así que, en defensa de la legitimidad de la Infanta por la sucesión del trono, parecería excesivo pensar, hasta de un botarate, que luchase contra su propia hija, aunque en ocasiones las razones de estado, las razones personales, y verse en el lado fácil de los vencedores, pueden pesar más que las razones de sangre.

Otro dato más a favor de la paternidad de Don Enrique se recoge en el propio tratado de Guisando en el que se expresa literalmente:

”La reina no había usado limpiamente de su persona de un año a esta parte”.

La afirmación por omisión de la “limpieza de la persona” de la reina antes del último año específicamente expresado ¿acaso reafirma el hecho de que antes si había sido fiel al Rey?; y en tal caso, ¿podemos poner en duda la legitimidad de La Beltraneja?.La firma del acuerdo de los Toros de Guisando se produce en 1468 y, sin embargo, Juana la Beltraneja nace en 1462, mucho antes de ese año confesado del adulterio.

Este año del nacimiento de Juana las Cortes de Toledo prestaron juramento a la reina como heredera al trono de Castilla. ¿Qué pudo suceder, al margen de una impotencia dudosamente demostrada y unas relaciones adulteras entre la reina Juana y Don Beltrán de la Cueva, tampoco corroboradas, para que este juramento no fuera posteriormente respetado?.

Europa vivía en esa  segunda mitad del siglo XV el cambio de la organización del estado, de un poder ejercido por una oligarquía nobiliaria, al establecimiento de una monarquía, centro y catalizador del poder. En Castilla se perfilaban grupos de oposición representados por los Mendoza del lado real y los Pacheco (Marqués de Villena) y los Carrillo por otro lado en clara oposición a Enrique IV.

Las campañas contra los nazaries llevadas a cabo por esas fechas trajeron como consecuencia  la concesión del condado de Ledesma y el maestrazgo de la Orden de Santiago a Don Beltrán de la Cueva. Su influencia sobre el Rey  y el peso específico adquirido por este motivaron el enfrentamiento de estos dos bandos, con acusaciones como:

“Enrique enajena su voluntad en manos de Beltrán de la Cueva, protege a los infieles, desprecia al clero católico, altera el valor de la moneda, e interviene en Navarra y Cataluña quebrantando el derecho y la justicia”.

En los años siguientes de 1464 y 1465 diversos hechos de naturaleza jurídico-política ponen en entredicho la autoridad real, hasta llegar al punto de ser teatralmente destronado por estos opositores en la farsa antes mencionado de Ávila, coronando públicamente como sustituto al infante inexperto y manejable Alfonso, hermanastro de Enrique IV, y destronando a un monigote al que fueron desposeyendo de los atributos reales (corona, cetro y trono). Sin embargo y para desgracia de este grupo de poder, Alfonso muere precozmente, fruto de un envenenamiento según algunos, el 5 de julio de 1468. Este decalaje de casi cuatro años pudo inducir el error de Münzer al creer que realmente Alfonso había sido rey castellano durante ese tiempo.

Había pues que buscar un sustituto al trono y los ojos se pusieron en la hermana de los anteriores, Isabel (Madrigal de las altas torres, 1451), y establecer una coartada para eliminar de la carrera sucesora dinástica a Juana La Beltraneja.

El deseo de una paz interna o quizás la abulia ya referida de Enrique IV motivó la firma del tratado de Guisando, en el que no se pone en tela de juicio la legitimidad de Juana por la paternidad o no de Don Enrique sino por la nulidad del matrimonio con Juana de Portugal por las infidelidades de la reina a partir de 1467, durante su encierro en el castillo de Alaejos, donde mantuvo una relación con el sobrino del arzobispo de Sevilla, Don Pedro de Castilla, fruto de la cual nacieron dos hijos. De esta época es el nombre de la ropa femenina conocida como “guardainfante”, ese abultado vestido constituido por aros concéntricos que ocultaban cualquier signo de nueva gestación, cuando no debía ser conocido, claro.

Es a esta circunstancia y no a la paternidad de Don Beltrán a la que se achaca la ilegitimidad del matrimonio y por lo tanto el reconocimiento de Doña Juana como heredera. No hay ningún documento, excepto la tradición popular que deslegitime la paternidad de Don Enrique.

Por último, y en defensa final de la virilidad del Rey, y abundando en la catalogación de pene hipospádico que realiza Marañón, a propósito de la descripción que del pene de su majestad hace Münzer:

“Tenía un miembro débil y pequeño por el arranque y grande por la punta, de manera que no podía enderezarlo”.

Hemos de decir que, si bien la morfología del hipospadias, pueden dar un aspecto aplastado del pene, no genera impotencia sino incurvación, tal y como dice Münzer. Esto, en último caso sería responsable de una impotencia coeundi, si la incurvación es severa, o de una subfertilidad si el pene hipospádico favorece la eyaculatio anteportam, pero no de una disfunción eréctil.

La impotencia de Enrique IV se destaca ya en los escritos referentes a su primera boda, con afirmaciones sobre la virginidad de la reina Doña Blanca de Navarra después de trece años de matrimonio. Esto fue atestiguado por dos matronas expertas que bajo juramento afirmaron:

“Estaba virgen incorrupta como había nacido”.

La Real Academia de Historia publica que de los trece años de matrimonio, cohabitaron sólo tres y que no se produjo cópula durante todo el enlace.
En el estudio de las posibles causas de la disfunción eréctil que pudo padecer Enrique IV, Marañón en su ensayo defiende que los rasgos antropométricos, la descripción física de los cronistas y el comportamiento en el terreno de lo personal y lo político se engloban en un cuadro clínico de hipogonadismo. A este estudio biológico contundente en el análisis de los signos clínicos podemos aportar setenta y dos años después de su primera publicación las razones fisiopatológicas de una disfunción eréctil secundaria a dicha endocrinopatía que desde el punto de vista clínico cursa con una disminución de la consistencia y el tamaño testicular y una disminución de la libido. Esta última condición, definida por Marañón como timidez sexual, bien podría estar exagerada por su personalidad sugestionable y dócil y todo ello mezclado en componente psicológico que contribuyese a la impotencia. Su docilidad se evidenció en su vida política, no pudiendo atajar nunca los desmanes e insurrecciones de sus opositores, que protagonizaron, entre otras cosas, un intento de secuestro real, un levantamiento con intención de destronar a Don Enrique en Ávila y más de un testimonio de agravio como el emitido desde Burgos por Pacheco y Carillo entre otros:

“En gran perjuicio y ofensa de todos sus reinos y de los legítimos sucesores, sus hermanos, había hecho pasar por princesa heredera a Doña Juana, hija de la reina Doña Juana, su mujer, sabiendo muy bien que aquella no era hija suya”.

Y de otros testimonios recogidos por cronistas.

“No podía llamarse hombre en justicia, puesto que nada de tal en él se encontraba, y había tenido la avilantez de hacer pasar por suya la prole ajena, siendo de todos reconocida su impotencia”.

Y no supo, ni cuándo de él se requirió, dar justo castigo por lo injuriado, incluso tras una victoria militar en el enfrentamiento de los dos bandos en la batalla de Olmedo (20 de Agosto de 1467).

“Quedareis por el más abatido rey que jamás hubo en España y arrepentiros heis, cuando no aprovechare”.

Estas palabras pronunciadas por el obispo Barrientos resuenan hoy con mayor fuerza sobre la memoria de Enrique el Impotente, que murió en Madrid el 12  de diciembre de 1474, quizás como algunos piensan y su hija nos relata, fruto de un envenenamiento.

“Le fueron dadas yerbas y ponzoña de que después falleció”.


Es posible que una enfermedad urológica dispuso el rumbo de los acontecimientos tal y como hoy los conocemos, es decir, la disfunción eréctil del rey y la ilegitimidad de su hija marcaron la historia de España. La afirmación: Enrique IV era impotente, es tan irrefutable como lo contrario. Iguales argumentos podrían ser esgrimidos en defensa de ambas afirmaciones, pues la verdad biológica de los hechos se esconde para siempre entre dos personas, los protagonistas auténticos de la historia, Enrique IV y Juana de Portugal.
        

Quizás el futuro y la biología molecular nos desvelen este secreto entre dos, y el análisis de ADN de los restos óseos de Enrique IV y Juana La Beltraneja, si es que ambos corresponden a quien dicen ser, nos demuestre la relación entre ellos.

2 comentarios:

  1. Puede que lo de la Beltraneja fuera un apodo impropio en cuanto el tal Beltrán era el favorito del Rey y no hay constancia alguna de que llegara a tener intimidad con la Reina. Pero lo que da que pensar es el despego de Enrique hacia las dos juanas, la madre y la hija, ésta particularmente odiada por el que pasa por "imposible padre"

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    1. Gracias por tu comentario Antonio. Como podrás haber adivinado por mi blog, no soy Historiador, sólo médico. Me gustó hace tiempo esta historia y lo que está de ella vinculada a mi profesión. Conjeturé (igual que muchos historiadores) desde la visión de un urólogo. Gracias por leer este "mamotreto". Saludos

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