Manual de instrucciones de blogscriptum

lunes, 28 de noviembre de 2016

Haikus de invierno: Poegrafías.

Poegrafía  1

Sobre la cumbre,
solitario y regio,
viste de armiño.

Invierno en la Sierra de la Demanda.





Poegrafía 2

¿Ves?, a lo lejos,
jirafas y elefantes
pasan despacio.

Invierno en Cabo de Segovia.



Poegrafía 3

El viento sopla
y con nubes de algodón
cura la herida.

Invierno en Cabo de Gata.


Poegrafía 4

Fin del paseo,
el sol baña los chopos.
El té está listo.

Invierno en Segovia.


Poegrafia 5

¡Guardad silencio!,
las hojas van llorando
gotas menudas.

Invierno en Ezcaraiz.


Poegrafía 6

Sueña el hombre
lanzar al sitio exacto:
pescar verdades.

Invierno en el Algarve



Poegrafía 7

Como en la cama,
voy contando las nubes
para dormirme.

Invierno en Segovia.


Poegrafía 8

El viento, el mar,
su bramante túnica,
y el profundo olor.

Invierno en el Atlántico, Francia.


Poegrafía  9

Paisaje lunar,
de rocas descarnadas,
viento, lluvia y sol.

Invierno en Lanzarote (El sitio más hermoso del Mundo)


Poegrafía 10

Al atardecer
murmullan las esquilas,
segando el campo.

Invierno es Segovia.


Poegrafía 11

Paseaba sólo,
vino el ruido de alas,
y luego, nada.

Invierno en Turín, 2016. 
(Dedicado a C. Capitán que me vio tomar la foto y me preguntó. ¿Pero qué leches fotografías, de la Peña?



Poegrafía 12 (y última).

Olor a invierno
con las hojas de otoño,
cruje el silencio.

Invierno en Segovia


sábado, 19 de noviembre de 2016

Desvivirse.


Curioso verbo español: desvivirse.  Un verbo reflexivo, por eso cuando se usa se debe hacer con enorme responsabilidad, después de haberlo meditado muy bien. Alguien se desvive por algo cuando tiene ilusión en ello y se entrega denodadamente a la tarea de conseguirlo pues el prefijo des implica la posibilidad de llegar a perder lo más preciado. Nunca es un mero intento. Todo o nada. Y a uno eso le llena o le frustra, según sea la meta: alcanzable o una fantasía.  El español podrá morirse pero nadie usa (sólo Unamuno y poco) el verbo “vivirse”. Es decir, solo vive uno la vida intensamente cuando la va perdiendo de a poco por algo o por alguien.

La cooperación en países en los que impera la marginalidad, la pobreza y el subdesarrollo,  reencuentra al médico con su vocación y al hombre con el compromiso moral ante sus iguales.

Esta narración que estoy empeñado en que conozcáis, está basada en un texto y en una pocas, muy pocas pero seleccionadas imágenes, que nació con carácter biográfico, un simple diario de viajes,  pero que le obligó a uno a reflexionar sobre la desigualdad, la injusticia y el fracaso colectivo en el reparto de las oportunidades.


El libro que está ya en imprenta describie esas “desvivencias”. Y se llama: Ama y guarda. Un refrán castellano que con tres palabras define mi vida.



Una celebración en Gambo. Etiopía from Enrique de la Peña on Vimeo.

Niños en Gambo celebran la noticia de la expo y el libro.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Para salvar el Mundo.



Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Los Justos.
Jorge Luis Borges.

Sucedió este verano, circulando a orillas del Rio Douro, en un tren que serpentea paralelo al cauce. Todo estaba dorado. Él también. Las terrazas que subían hacia el cielo desde el mismo borde del agua, de color verde Duero –un tono que debería ser adoptado en la escala Pantone- estaban cargadas de viñas, todas iguales, todas distintas.

Íbamos profundamente ensimismados. Cada uno a lo suyo. Acaso la cadencia contribuía al recogimiento.  Existe una triste , rítmica y dulce monotonía en el traqueteo de un tren antiguo. Un ruido adormilado y lento, como de letanía, de  filosófica  monserga, to- trom(…) to-trom(…) to-trom, que va entumeciendo al viajero y su conversación. El sol también estaba a lo mismo, adormeciéndolo todo con sus rayos en una templado caricia.

Se quedó uno un buen rato observándole. ¡Lo que hubiera dado por adivinar en qué punto de la lejanía detenía él sus ojos; en qué lugar de aquel atardecer se distraía su pensamiento!. Y es que, en el fermento de su corazón, quiero ver algo mío. Anda uno intentando descubrir para él la arriesgada ley oculta a los ojos: cómo ser genuino y normal al mismo tiempo; en palabras de Borges: cómo hacerle ver lo importante que es saber ignorarse como paso previo para salvar el mundo.

Al fotografiarle, conseguí sacarle de la abstracción. No le gusta que lo haga. Protestó. Le pregunté: ¿en que piensas?.  -En que me gusta- dijo lacónico.


Y eso le bastó a uno como premio de todo el verano, porque en esencia es éste el camino del que parte la solución.  Saber amar un atardecer y el traqueteo de un tren. Lo demás vendrá por añadidura. Podrá ser cambiante con el tiempo,pero será fiel toda su vida. Podrá no ser lo mismo con los años, pero seguirá siendo el mismo, inamovible, si aprende lo importante que es regalar un “me gusta” a algo tan normal y tan extraordinario al mismo tiempo como es una puesta de sol.






Nota bene:
Por cierto, que al finalizar el día decidimos bajarnos en un apeadero llamado ALEGRÍA, por ver allí el colofón de esa puesta.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Escuetos legados.



Todas las fotografías son de Manuela Quirós.



¿A qué lengua se traduce la lluvia?
¿Cuántas sílabas forman el perfume
de la rosa que destila? ¿Con qué
rima uncirías las olas de la playa?

Del poema HABLA
Andrés Trapiello.


Anda uno de un lado para otro, corre que te corre, intentando llegar a todas partes, cumpliendo compromisos, preparando otros futuros y satisfaciendo deseos y voluntades propias. No sabe uno en qué momento exacto de este sin-parar ha empezado y terminado, casi en la misma jornada, el otoño en Madrid. Mi ciudad tiene estas cosas: que el frio entra de golpe, en forma de bulto rumoroso, sin vientos estridentes que lo anuncien previamente. Ayer era verano y hoy el frío ya se va a quedar con nosotros hasta el día en que entre y salga la primavera en una sola jornada.

Por eso nos hemos arropado los cuatro bajo una manta, viendo La Canción del mar, una película de animación  que es al tiempo poética y bella, delicada y artesanal,  única e irrepetible. Está firmada por Tomm Moore.

Dejo anotado a este director en mis descubrimientos de dos mil dieciséis, como dejo anotado a Manuela Quirós, tan necesaria como el primero para apreciar como se merece la sensibilidad de los creadores y envidiar la capacidad que tienen solo unos pocos de poder apresarla en historias o fotografías  y hacerla penetrar en la memoria de uno. Manuela Quirós hace caligrafía japonesa con sus imágenes: sugerente como un sueño jeroglífico, profundo y bello como un haiku.






Termino de leer Tres días y una vida de Pierre Lemaitre, otra recomendación de La Librería Rafael Alberti. Por eso me cuesta tanto pedirle un favor a Amazon: porque solo envía -rápido, sí- pero solo eso. Esta es una novela de suspense, pero sobre todo de emociones, una historia apasionada sobre la parte más oscura de la condición humana y las relaciones interpersonales.

Y termina uno escuchando a esta hora, otra vez más, ya no sé cuántas veces en estas últimas semanas, Orphée de Jóhann Jóhannsson, porque como el frio ha entrado esta música en mi cabeza en la lista de canturreo en modo bucle.

Son estas cosas que uno cuenta, mensajes en una botella que lanza al mar, por si alguien tuviera a bien leerlos y saborearlos  como lo hizo el que las arrojó antes.


Son solo escuetos legados.