Manual de instrucciones de blogscriptum

jueves, 21 de julio de 2016

Marchitará la rosa.


Fotografía de Pilar Pequeño. Rosa. 1993



En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.



SONETO XXIII

Garcilaso de la Vega


Dejamos a P. en su campamento. Apenas si se dio la vuelta para despedirse. Ni un beso. Solo una sonrisa, pero fue suficiente. De hecho era necesaria y la recibió uno como una luz, reflejada desde el estanque de su boca hasta mis ojos, con el mismo brillo. 

Paramos el coche a la salida de aquel pueblo. Parecía un buen sitio para poder sedimentar la despedida. Un molino abandonado, un regato remansado tras una cascada, un abejorro zumbando distraído a nuestro alrededor, nada amenazante, a lo suyo, y los pies de V., descalzos sobre la hierba verde, revoloteando a mi alrededor, como el abejorro. Todo aquello estaba envuelto en un rumor sedoso. Todo estaba cargado de detalles. Es  la complejidad de las cosas, según Alice Munro (La vida de las mujeres):  cosas dentro de cosas, en una complejidad sencillamente inagotable. Entonces decidimos comer allí y bañarnos desnudos en aquella poza.

Vivió uno ese pequeño rato como una nueva infancia, con la sensación ilusoria de ser el momento más intenso jamás antes experimentado, incorporando en él matices de inumerables percepciones y recuerdos anteriores. Y si nos hubieran dejado elegir, aquel era el lugar, el sitio definitivo donde dormir para siempre. Como la pira para un héroe griego: sal, vino y aceite envolviéndole a uno, y al arder en ese homenaje, la columna de humo (el alma: tierna huesped, compañera del cuerpo) elevándose hacia el cielo como un heraldo de la vida.

Crecen V. y P.; crece uno también. No sé si hoy somos mejores que hace unos años, pero no peores. Son estas pequeñas anécdotas, que uno vive y que trae a este cuaderno de lo cotidiano, las que se precisan para darse cuenta del tiempo y su capacidad creadora.  Van transcurriendo los días, estallando en múltiples direcciones. No hay un hilo predeterminado. Hay pozos y lagunas, vías muertas, trenes de última hora; titubeos, fracasos, esplendor, rutina y novedades. Pero el tiempo es esencialmente creador y la libertad su gigantesca amalgama. Nada se pierde entre los dedos de la mano, ni siquiera el tiempo. Más bien se crea. 

Escribe uno esta entrada según termina de ver la película de Paolo Sorrentino, La juventud, una de esas pequeñas joyas que son el antídoto de todas las vulgaridades que se respiran en el mundo. Dejo en este cuaderno la frase que pronuncia Mick (Harvey Keitel), un director de cine al que le cuesta trabajo terminar su última película: "Solo tenemos sentimientos. No están sobrevalorados. Es que no tenemos otra cosa"

miércoles, 13 de julio de 2016

Cuentos del Cabo


La alborada.

A la alborada un mirlo jacarandoso se posa en la baranda de mi terraza. Yo creo que es ciego. Canta con el pecho apuntando al cielo y gira su cuello extendiendo su canto por el campo entero, como cuentan a viva voz los ciegos sus cuentos en el centro de la plaza de Djemáa-el-Fna.


La artemisia.

Cuentan que el visir Dar-el-Ahmad, era tan poderoso y poseía tantas riquezas que mandó construir para su amante un camino flanqueado de artemisias, desde Tombuctú hasta Marrakech, atravesando el desierto entero, para que llegasen las caravanas de sedas y oro, desde el otro lado del continente, perfumadas para ella.


Nehmet el poeta.

Nehmet el Califa, era el poeta de las flores. Escribía versos a sus mujeres y veía pétalos en sus labios, flores en sus manos o violetas en sus ojos. Pero a su amante la comparaba con el mar.

"No conozco nada tan proporcionado y armonioso,
tan simétrico y ordenado,
como la peculiar luminosidad
de tu cuerpo,
que brilla, susurra y se bate,
se retuerce y estira,
distinto en cada ola,
transmitiendo la misma fuerza que el mar".


El libro de los vientos.

De entre todos los sabios de palacio, Messa'oud era el más querido por el visir. Había conseguido recoger en un libro de caligrafía exquisita el nombre y propiedades de todos los vientos del mundo. Encaramado a su minarete, con los ojos cerrados, era capaz además de percibir todos los aromas que viniesen con ellos. Así el visir tenía noticias del último rincón de su reino días antes de la llegada de la más veloz de sus palomas mensajeras.


La caja de madera.

Shuaila era el lazarillo del viejo contador de cuentos. Cada mañana la niña le acompañaba desde su casa, atravesando el zoco, hasta el centro de la plaza, donde le dejaba sentado junto a un puesto de especias.

Con la punta afilada de una rama de cerezo escribía sobre la palma de su mano el nombre de las historias que la muchedumbre que se arremolinaba en torno suyo deseaba escuchar y las preguntas que le iban haciendo a lo largo de la narración. Shuaila era para el viejo sus oídos y sus ojos.

Una mañana el viejo presintió que nadie a su alrededor escuchaba su relato. La niña le caligrafió con suavidad que la gente se concentraba al otro lado de la plaza alrededor de una caja de madera de la que salían voces y música.

Entonces el viejo cerró la mano y apretó el puño. Y fue así que no quiso escuchar nunca nada más.


El tiempo del poeta.

En la tertulia de noctámbulos fumadores de hachís, Kirsha, un joven inquieto, preguntó al poeta sobre el tiempo y este le contesto:

“Mis días son larguísimos, como los de los niños en verano; están llenos de tiempo: tiempo para estudiar y tiempo para escribir, tiempo para ganarme la vida con mi trabajo y tiempo para perderne por los callejones que amo, tiempo para la pereza y tiempo para la labor, tiempo para la lectura y para la contemplación, pero como ellos, no pierdo el tiempo en largas horas de incertidumbre decidiendo si tengo o no tengo tiempo"

martes, 12 de julio de 2016

Soplar sobre la harina.



Ahora estoy en la edad en la que una ventana
es cualquier aventura, y un regalo el olvido.
Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva.

Lo que vale una vida.
Rafael Juárez.


Dormimos los dos juntos con la ventana abierta. E. tuvo guardia en el hospital. y P. andaba de campamento. La casa estaba tristísima con sus ausencias. De madrugada, a una hora en que la luz aún no lo es y las sombras se niegan a dejar de representar su papel de silencio: compacto, frio y uniforme, se llenó el cuarto de algo que aún no era claridad. Me despertó, más que el sonido, el silencio que se escuchaba entre estrofa y estrofa del mismo mirlo de todas las mañanas. Se ve que ha decidido que nuestro balcón es para él como el minarete de la primera oración del día.

He cubierto con la sábana su espalda que, al acostarnos, decidió dejar desnuda. Solo el roce de la tela la hizo estremecerse, pues debía ser que en sus sueños alguien pasaba frio. Quizás al ovillarse no hacía otra cosa que agradecérmelo. Todo sucedió en un instante: cubrirla, encogerse y erizársele la piel, fue todo al mismo tiempo. 

Sonó aquello como sonaron los pasos de su madre hace unos días entre la hojarasca de aquel bosque alemán de enormes robles. Apenas fue nada. Notas breves en medio de un inmenso silencio; el viento que movía las hojas, igual que un vestido de raso para una fiesta, y la luz colgada encima de las copas de aquellos árboles, ambarina e inerte.




Ha llovido sobre Madrid  y yo espero que el olor a tierra mojada le haya empapado bien sus sueños, para que cuando llueva en sus veranos futuros en vez de subir del suelo el perfume a tierra que deja de estar reseca, se eleve desde los rastrojos hacia el cielo, el olor de su infancia. 

El otro día sufrió una gran decepción, pues sus amigas le hicieron el vacío en los juegos de la tarde. Uno lo contemplaba todo a cierta distancia, sin querer entrometerse, pero era claro que sufría. La vi pasear por el jardín de la mano del tedio, la confusión, el enojo, la tristeza, la indiferencia, todo al tiempo y tan solo en unos pocos minutos. Finalmente, lo que la reconcilió con su sonrisa habitual fue participarme de su juego de imitación de animales. 

Y eso es lo que le gustaría a uno: que para resolver sus problemas en el futuro fuese todo tan fácil como poder imitar para ella el rebuznar de un burro tontorrón. Soplar sobre su cabeza como quien sopla sobre un montón de harina acumulada sobre la encimera, para que solo quede en su memoria un tierno y borradizo recuerdo, como una simple mancha de polvo de harina.

miércoles, 6 de julio de 2016

Visita cancelada.



Fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos

Se va a morir, le dijo el médico a su madre que acababa de enterrar también a una pequeña de cuatro años por culpa de la difteria. Frasquito era flaco y de orejas enormes, esmirriado y pequeño. Se va morir, le repetían en la calle, de todas formas, se va a morir. Sin embargo, los ojos de aquel niño eran vivos y rápidos como rayos, así que esa misma luz que proyectaban iluminó la esperanza de la madre, que se empeñó en lo contrario, alimentándolo de su pecho hasta que se sintió segura de que la muerte no llamaría a su puerta para reclamar lo que le pertenecía solo a ella. Su madre acertó y Frasquito creció y prometió defender la República en el ejército a los 14 años.



Se va a morir, dijo el capitán nada más verlo, porque lo único que crecía a esa edad  en su cuerpo eran los ojos y la luz que emitían estos; el resto era escurrido y de juguete. Así que le pusieron a desbravar caballos y a tocar la corneta en el cuartel. Se despertaba el primero y se acostaba el último después de limpiar las cuadras hasta que un caballo blanco con una mancha negra en su frente, con el que todavía sueña,  le tiró de la montura y le arrastró estribado por todo el cuartel.



Se va a morir, dijo la enfermera del botiquín del cuartel cuando lo vio entrar, famélico y magullado hasta en el alma. Y como el médico del botiquín se empeñó en lo contrario, Frasquito hizo las maletas unos meses después para su pueblo en Huelva, un día antes de que empezara su apocalipsis. Al llegar a la estación de tren, le obligaron a jurar que iba a defender  al otro bando, que él no sabía ni que existía, y le pusieron en la primera línea del frente en solo doce horas, de Huelva a Peñarroya, en Córdoba.



Al llegar a aquel infierno de odio y muerte, esmirriado, sólo orejas y ojos, el capitán supo que se iba a morir de todas formas. Nada más verlo se dio cuenta, así que le puso a encender bengalas por la noche en el cementerio del pueblo para atraer los disparos de la artillería enemiga, la que había sido amiga solo un día antes.



Y como los piojos se empeñaron en lo contrario, mientras dormían con él por decenas entre las hojas de periódicos que le protegían del viento y del frío, Frasquito estuvo disparando, uno tras otro, decenas de obuses desde una trinchera fría o ardiente, embarrada o seca, según la estación del año y los ánimos que tocasen.  Durante tres años, sin salir un sólo día, de los diecisiete a los veinte años, lanzó obuses uno tras otro, uno tras otro y después de ese último, otro más, asolándolo todo. Estuvo así, más de mil días, comiendo latas de sardinas frías hasta que sobre la trinchera llovieron papelillos que anunciaban el final de aquella pesadilla.



Se va a morir, de todas formas, sin duda, se va a morir, dijeron en el pueblo cuando regresó a casa unos días después de salir de aquel agujero de mierda que le dejó sordo y con un cuerpo que era el espejismo de un hombre, que daba miedo hasta de arroparlo, por no romperlo con las sábanas. Pero como su familia -la que le quedaba después de las noches de golpetazos en la puerta y paseos a media luna-  se empeñó en lo contrario. Cada día le subían el huevo de su única gallina, pasado por agua, al pinar que estaba colina arriba, desde donde se disfrutaba de la vista de los madroños cuajados de frutos en invierno y hasta donde llegaba el olor de las jaras en flor en primavera.



Frasquito fue dejando en el pino en el que se apoyaba, una tras otra, una tras otra y después otra más, tantas como obuses lanzados, las cáscaras de esos huevos abiertas, cogidas entre las acículas, hasta que aquel pino quedó sembrado, completamente cuajado, de una flor blanca perenne. En ese momento, cuando el árbol ya parecía nevado, Frasquito se levantó del suelo y decidió nunca más morirse, pues pensó que aunque su cuerpo canijo y de orejas grandes parecía decirlo constantemente, desde el primer día, él había por fin descubierto el secreto de la inmortalidad que no es otra cosa que un vasito de aguardiente al despertarse y cantar un fandango de Huelva.


Nota bene:
Hace tiempo dejé de ver a este enfermo en la consulta. Me relató todo lo que cuento con detalle y así lo trascribo. Lo mejor que sé. Lo he recordado hoy porque otro paciente, solo un poco más joven, me ha descrito  una historia muy similar y porque esto ha coincidido con el hecho de que andan jodiéndome en mi trabajo. Pero he cantado un fandango, el que me sé y me voy a tomar un copazo.


jueves, 23 de junio de 2016

La verdadera riqueza.

Todas las fotografías son de Elle Oliva Andersen
http://www.elleolivia.com/

Anoche manteníamos con unos amigos una animada conversación a propósito de la rutina a la que nos someten las obligaciones y las costumbres, tantas veces inútiles, que colman (y al tiempo vacían) nuestras vidas.

Le dio entonces a uno por pensar como a Jean Giono: ¿Sería posible una vida más sencilla? ¿No vivimos en una abundancia inútil, generadora de frustración? ¿No es pertinente la reivindicación de los placeres básicos, pero auténticos?;  los de la tierra, por ejemplo. ¿No están las riquezas verdaderas en  la vida simple, vinculada a la naturaleza?

Todo esto nos es más que poesía, pura retórica, pensaba durante la discusión y anduvo uno muy callado. No tenía la noche especialmente lúcida ni locuaz. Así que, por supuesto, evité hablar de la gloria del sol, de la tierra, las colinas, los olivares, los viñedos, el aroma a fruta madura alrededor de un manzano en el campo, el viento,  los riachuelos, los caminos de arena polvorienta, el olor a jazmín por la noche, a romero en la tarde seca de verano.

Se empeñó uno en permanecer concentrado para no mencionar los peñascales, los pinos, las encinas, los vellones de nubes que ha contado uno acostado sobre la hierba, los jirones de niebla arañando la montaña frente a nuestra casa en la aldea cuando baja a beber a la ribera, los barbechos, las zarzas, los bandos de gorriones. Ni mencionó tampoco uno los corrales, los aperos, los viejos con boina, la fuente, o dos flores azules que suelen crecer en el muro que hay en el huerto.

Olores, visiones «que irrigan con más violencia que nunca mis venas y mis arterias» ( Jean Giono, Las riquezas verdaderas en errata naturae) , y que abanderan un movimiento de oposición mental que se enfrenta a los abusos de la llamada «civilización»

Pura retórica, ya digo.








domingo, 12 de junio de 2016

El boleto: un microrelato


Colgado de la percha, al fondo del armario, con una doble botonadura y la huella de los nudos de hilo negro donde antes estuvo el botón que cerraba el cuello de piel, dormía, inerte y conmovedor, el abrigo de paño negro de  mi abuelo.

Era imposible frenar el fuerte impulso de ponérselo, como queriendo convocar allí de pie, en medio de aquel probador débilmente iluminado, a su antiguo propietario.

En un gesto intuitivo introduzco audaz la mano en su bolsillo izquierdo y, voilá!, aparece entre mis dedos un papelillo doblado en cuatro. El boleto amarilleado corresponde a un resguardo de una relojería madrileña.

Compruebo en la red que el establecimiento de solera aún existe y a primera hora del lunes acudo con el salvoconducto para recoger nosequé. Mi afán es pura curiosidad.

El hombre menudo que me atiende tras el mostrador de madera perfumada, puro mahagoni británico, acerca el boleto a sus gruesas lentes y con un gruñido de insatisfacción se pierde por su trastienda.

En la mano trae un reloj de cadena plateado que me muestra. Aún le falta un retoque, me dice sin inmutarse, en unos días ya estará terminado, vuelva Vd. el jueves.

domingo, 5 de junio de 2016

Elmer y el castillo de colores. Vicente Baztan & Enrique de la Peña



Elmer vive en un castillo de colores al otro lado de las nubes, con un campo de hierba alta alrededor que le gusta atravesar después de la lluvia.  Esos días, nada más bajar al prado, se descalza y camina despacito con una enorme sonrisa, como si fuera un pasaporte de dientes blancos, oliendo un poco a loco.

Le encantan las cosquillas que le hacen en los dedos las flores de mil colores recién mojadas, las mismas que utiliza para hacer la pintura con la que decora las paredes y las almenas de su castillo. Como la pintura es de flores, cada vez que llueve desaparece de los muros disuelta con el agua que cae de las nubes. Después la mezcla coloreada baja desde el cielo hasta la tierra formando un regato multicolor.



Rara vez, por no decir nunca, encuentra Elmer algo poético en el óxido. No tengo nada en contra de la forma que tiene el tiempo de ensuciar las cosas, suele decir, pero yo prefiero los colores que me recuerdan a la cara de los niños. Ellos nunca están gastados como las caras de los mayores. 



Elmer se pasa el día entero (del tiempo entre lluvias) observando desde la almena más alta, de la parte más alta del castillo, las caras de los niños en busca de colores que le inspiren. Y luego... ¡vuelta a empezar!. Seleccionar flores, hacer mezclas y pintar el Castillo. Nadie ha visto bostezar a Elmer nunca, a pesar de que se pasa día y noche trabajando.



Últimamente anda concentrado en imitar el rojo intenso de los labios de las niñas en verano, porque dice que le recuerda a las pavesas que usa para asar castañas, su comida favorita. Y también trabaja diseñando el color azul del vaho que asciende desde la boca de los niños, mientras esperan a la ruta por la mañana,  al final del otoño.

A Elmer no le gustan los candados, los odia, porque dice que le ahoga el peso de las llaves colgadas de su cuello. Por eso siempre deja abierta la exclusa  del regato que nace en su jardín para dar paso al agua  y que todo el mundo pueda admirar su última creación de colores.




Y es que  a Elmer la vida le gusta enormemente.  Solo a veces se queda quieto, como queriendo llorar, cuando vuelve a ver blanco su castillo después de un día de lluvia; pero Elmer jamás dice: jamás, jamás, jamás. Entonces respira hondo, se abotona su baby de trabajo, almuerza castañas, inclina la cabeza como queriendo borrar la desesperación  y canturreando comienza a repintar su enorme castillo.




Nota bene:

Las ilustraciones de este cuento han sido realizadas por Vicente Baztan, cuya página no debéis de perderos.