Manual de instrucciones de blogscriptum

viernes, 1 de diciembre de 2017

Blue boy



Se despertó la mañana fría. Durante el paseo todo era relieve, también nosotros. Sobre el suelo se había posado una escarcha blanda, tenue. La vereda tenía un color grisalla que contrastaba con el verde pálido del borde de aquel sendero. Era el reducto de la vida que espera su primavera.

Encima de las ramas de los árboles, desnudas y negras, había florecido, blanca también, la escarcha. El campo entero era pura silueta. Azules finos y metálicos; blancos pueriles sobre la tierra helada,  la vegetación sólo insinuada y un cielo gris mercurial.

De la chimenea de la casa salía un humo lento y desganado. Hasta el fuego tarda aquí en despertarse –pensé- y parece que se confunde con la bóveda del cielo que era recogida, como una templo románico, con las nubes bajas y la luz pálida y mortecina.

Todo estaba adormecido por la tibieza del silencio. Los cristales de las ventanas mojados, con las goteras de nuestra humedad de la noche anterior, resbalando en hilera. Las paredes de la casona despedían también una humedad dorada, un resplandor interno de muchos siglos. Cubiertas con la hiedra parecía que se hubieran echado encima una capota verde de alpaca.



Entre la bruma errante, surgía de tanto en tanto, la mancha de un tierno azul fresco del cielo. Era un presagio de lo que nos esperaba, una vez el sol lo hubiera calentado todo.

En aquel ambiente lunar, caminaba Pedro, destilando una enorme melancolía. Tiene él una pulsión, a veces, de llovizna; un pensamiento lento, vaporoso e impenetrable. Yo sé que es feliz, que está tranquilo en sus cuitas. Viéndolo así, yo soy también feliz.

Me acuerdo de una canción de Nina Simone: Little girl blue. Mi hijo es azul y es otoño. “Siéntate allí y cuenta tus dedos” –dice la canción- “Siéntate allí y cuenta las gotas de lluvia”


Han llegado las heladas y la nieve, tarde, pero finalmente aquí están, por eso se acuerda uno de aquella mañana de campo. Me dicen que está nevando en ese valle y  recuerdo esta canción, otra vez.





jueves, 19 de octubre de 2017

Se alejó la tormenta.

Mi madre en una foto muy curiosa, disfrazada para un festival con sus alumnos saharauis hacia 1955.

Andaban mis pensamientos barruntando tormenta. Cae uno en esa fase oscura de tanto en tanto. Fui a ver a mi madre. Al entrar al salón, a más de cuatro metros de distancia, con solo mirarme a los ojos y sin que uno hubiera dicho nada, me preguntó: ¿qué te pasa?


Y fue entonces que se alejó la tormenta. Nada me importaba ya, nada. Nada excepto sus manos, ese espacio donde ni siquiera llegan los susurros, la voz cálida ni el recuerdo prístino del calor de su pecho.  Hundí la cara entera, el cuerpo entero, todo en ellas. Pasé así unos minutos y reunidos en nuestros respectivos silencios, que eran la compañía del otro, sin precisar que nada ocurriera necesariamente, nada excepto la vida juntos, comenzamos a disfrutar de este tiempo de otoño que ya ha comenzado. Empezamos a hablar luego, como si nada, no recuerdo exactamente de qué.

Cuento esto porque un buen amigo anda preocupado por la salud de la suya. Estas cosas que me suceden y que traigo a este Cuaderno de lo Cotidiano, me ayudan a reflexionar y valorar las cosas importantes, que no son otras que las comunes, para que las siga haciendo igual que siempre pero conscientemente. Pequeñas cosas, sólo que vividas de otro modo, con la alegría de saberlas irrepetibles.

Adoro dos imágenes que vinculan el sentido de la Piedad que une inseparablemente a madre e hijo. Sólo una madre entiende el dolor del hijo auténticamente. Y sólo el silencio puede acoger y entender ese dolor. En el centro de la Neue Wache de Berlín, como en un seno materno, en penumbra  y en silencio, la escultura de  Käthe Kollwitz. La otra, el descendimiento del pintor flamenco Rogier van der Weyden.







martes, 5 de septiembre de 2017

Creí la paz.



Tantas veces creí que la paz había llegado
Cuando la paz estaba aún muy lejos-
Como los náufragos -creen avistar la tierra-
En el medio del mar-

Y ceden en su empeño -solo para probar
Tan desesperadamente como yo-
Cuántas costas ficticias hay-
Antes de llegar al puerto.


Emily Dickinson

Poema 739



En su tesis doctoral, Miriam Moreno, sobre la vida y el arte del pintor Ramón Gaya, recoge la siguiente anécdota:
En su exilio francés, cerca de Perpiñán, en el campo de refugiados de Saint-Cyprien, en unas terribles condiciones y azotados por un constante viento, devorador de sesos (en expresión de Andrés Trapiello en Días y Noches, Espasa Calpe, 2000) el pintor utilizó el lienzo “La Paz”,  que había sido encargado semanas antes por el Gobierno de la República, como aislante contra la humedad. Al salir del campo Gaya dejó el cuadro, por si fuera de utilidad para otros refugiados, más como aislante que como obra de arte.

Salimos a dar un paseo los cuatro juntos. Éramos conscientes de que sería el último del verano. De eso da fe el hecho de que no protestaron al proponerlo. Empiezan –eso cree uno- a valorar  las cosas esenciales, simples y comunes  y no rechazaron la oferta. 

Decidimos subir a la loma desde la que presume coronar como castillo lo que sólo es un depósito de agua. Es verdad que desde lejos le gusta aparentar que tiene almenas y puentes levadizos. Pero sólo es pretensión. No le rodea ningún foso. Todo lo más, una defensa de cardos borriqueros, eso sí, bien pinchudos. Se sube a él por un camino pedregoso flanqueado, sólo por un lado, por una línea de seis o siete chopos viejos. Sólo tres lucen unas pocas hojas verdes que les salen de unas ramas secas y negras. Verlas así, enarboladas como recuerdo de lo que fueron (altos y frondosos) resulta algo melancólico. No me canso de fotografiar el conjunto: depósito, camino y chopera, en cualquier época del año. Con frecuencia están enganchadas en sus ramas unas nubes que quedan luego suspendidas sobre el depósito. Son como garras de rapaz capturando palomas. Las que consiguen escapar se quedan,  las pobres, hechas jirones. 


El viento de los últimos días, de una tormenta violenta de verano, había dejado el camino garabateado con algunas ramas caídas de los chopos. Parecían la firma alocada de la naturaleza sobre el camino blanco. Comenzaron los chicos a quitarlas para dejar libre el tránsito. Casi nadie sube a ese depósito, pero su gesto solidario le dio valor a la tarde entera.


Una vez arriba, vimos el campo como lo vieron otros: “una llanura inacabable donde verdea el trigo y amarillea el rastrojo” (Unamuno) Parecía todo estar esperando al otoño: el ambiente sereno y plácido, la luz débil y ambarina,  la primera brisa auténticamente fresca de la temporada, que les hizo estremecerse un poco. Al fondo las encinas pardas, el espeso manto verde de pinos -copas como ovejas, caminando lentas, tristes, espaciadas-  y dos o tres alamedas solitarias, anuncio de algún cauce seco a sus pies. Me pidieron regresar, se hacía de noche y realmente hacía frío. 



Me acordé entonces de la anécdota de R. Gaya. Lo que hubiese dado uno por estar allí un rato más con ellos, cobijados por cualquier lienzo, con ese nombre que le quiso dar el pintor, Paz.  Inventé una excusa mientras regresábamos a casa. Vega me había pedido custodiar su escoba voladora y yo la había dejado en el depósito. Cualquier cosa con tal de volver a fotografiarlo todo. Sería mi lienzo para el futuro de mi memoria. Por si tengo frío o siento la humedad en unos años, tener con qué taparme.


En enlace de la Tesis de M. Moreno es este: 
http://eprints.ucm.es/35101/1/T36742.pdf


lunes, 21 de agosto de 2017

Qué fue de aquello.



Tenemos una cama, tenemos un hijo,
¡esposa mía!
También tenemos trabajo, incluso para los dos,
y tenemos sol y lluvia y viento.
Y sólo nos falta una pequeña cosa
Para ser tan libres como los pájaros: sólo tiempo.
Richard Dehmel, Der Arbeiter.

Salió uno de la casa muy pronto a buscar ocupación.  A regar, a recoger hojas caídas, a colocar la leña, qué sé yo. El caso era estar en la calle para recibir la primera luz de la mañana. Y resultó que bajo la ventana, en animada conversación, estaban juntos, como en la plaza de un pueblo, un mirlo, un petirrojo y un carbonero.  Andaban picoteando las migas que la noche anterior habíamos sacudido por la ventana tras la cena. Era una charla agradable, se veía por sus saltos y sus picoteos contra el suelo, como si estuviesen asintiendo las frases los unos a los otros. Hablaban de lo que se habla en la plaza de un pueblo: del tiempo -todo se ve muy seco- de las acrobacias sorprendentes  de las golondrinas en la plaza, de lo tarde que cantó el búho la noche anterior -¿le pasará algo?, decía el carbonero-

No quiso uno intervenir en aquella conversación. No se iba a aportar nada más inteligente a lo que ya se estaba diciendo. Solamente deseaba seguir escuchando, escondido tras la cortina de un rosal que hay a la puerta, mas con intención de aprender que de espiar. Total, ¿a quién le iba a ir luego con lo que había escuchado? Nadie iba a creer que fuera cierto todo aquello.

Y de repente, como si hubiese sobrevenido un anuncio o hubiesen repicado las campanas a fuego, salieron los tres en vuelo bajo. Fueron sus alas como la cla de aquel teatrillo, dando con su batir una cerrada ovación al rito que acaba de producirse. Se quedó uno un poco melancólico y pensativo, queriendo buscar un sentido a esa espantada.

Y resultó que cuando se sentaba uno a escribir lo sucedido, como sombras cómplices y amigas, por la espalda y junto a la silla, se habían tumbado ya a mi lado La Pipa y La Niebla. Estiraban la cabeza hacia mi regazo y olfateaban el cuaderno. Yo pensé que lo leían, para ver si la escena de los pájaros se ajustaba a lo que realmente había sucedido, por si había exagerado o me había equivocado en el nombre de los personajes. Y parece que estuvieron de acuerdo, que estaban conformes con lo escrito: Niebla, consciente de todo, posó para mí. Luego se tumbaron a dormitar, ausentes de todo y pendientes de cualquier cosa, lanzando, de tanto en tanto, sus orejas  a los cuatro puntos cardinales, por si se estuviera produciendo cualquier otra conversación en el campo, en algún otro lugar, y ellas se lo estuvieran perdiendo.

Sucedió como lo cuento, durante otro rato más, lo suficiente para terminar de escribir esta corta segunda escena de campo cuando, del otro lado de la aldea, se escuchó el silbo de Benja que llamaba a capítulo a las perras. Fueron sólo dos notas, una corta y otra larga, suficientes, suaves, sencillas. Salieron las dos disparadas al reclamo, como un resorte, y le dejaron a uno otra vez solo, sin nadie, pero en compañía de todo.


En el campo sucede todo sin algarabías, en susurros, y salvo el atardecer, que se interpreta como un adagio, la mayoría de las cosas: el vuelo de un insecto, una ráfaga de viento, el canto de un pájaro, el chasquido de una rama, todo ocurre sin previo aviso y finaliza en un instante de tiempo, como un acorde de una gran sinfonía. 

Escribí esta representación de tres actos, por si algún día y por necesidad, quisiera recordar y no pudiera, cómo es el aroma del tiempo flotante.