Manual de instrucciones de blogscriptum

domingo, 18 de junio de 2017

En la mitad de la vida.



“Todo padre sabe lo que es sentir ese peso sobre los hombros, un peso inexistente y al tiempo intolerable. Inexistente porque el amor no pesa; intolerable porque el hijo amado es la sustancia más pesada del mundo.”
Ricardo Menéndez Salmón
Niños en el tiempo.

Ha sucedido una catástrofe tras otra en Londres, de tal manera que empieza uno a querer ver plagas y diluvios, en forma de castigo divino, donde en realidad no hay más que infortunio y maldad humana. De entre las historias que se van sabiendo, la de la madre que huyó del fuego, escaleras abajo con seis de sus hijos, para llegar a las plantas inferiores creyéndose a salvo, y descubrir después que ya sólo contaba con cuatro de ellos, es por la cercanía sentimental, la que más me ha impactado.

Recuerdo los versos de Rilke: “Y cuando nos creemos en mitad de la vida,/ la muerte osa llamar / en medio de nosotros”. Estas cosas que suceden nos ayudan a valorar las cosas importantes, que no son otras que las comunes, las cotidianas, para que las sigamos haciendo igual que siempre pero conscientemente. Pequeñas cosas, solo que vividas de otro modo, con la alegría de saberlas irrepetibles.

Ella corre en esta fotografía con la potencia de un troyano camino de la batalla. La hice este invierno y ahora la recuerdo cuando releo La Iliada. Ella es en la instantánea Menelao, la de la voz potente. Siempre lo es y anoche la usaba en toda su intensidad durante un duermevela lábil por el dolor.  Mientras su madre le aplicaba el remedio, le sostenía uno la cabeza. Se agitaba a ratos, con la rabia de no entender aquello que le estaba pasando y que la arrancaba del sueño, que sólo la vencía por instantes, cuando el espasmo se alejaba. La boca le temblaba entre protesta y protesta y todo era para uno pura impotencia. De nada servían mis conocimientos. De nada las explicaciones que me daba a mi mismo, al intentar consolarla inútilmente, con el siseo de mis labios sobre su frente.

Susurrantes llovían sobre su boca las palabras de su madre, como besos, como la sonora voz de Agamenón: “palabras que caían de su pecho como copos de nieve en invierno”;  y yo, como la hija de Zeus, pretendía desviar la saeta dirigida contra Menelao, el del grito potente, que Homero escenificó diciendo: “ la apartó de su cuerpo lo mismo que aparta una mosca del hijo que duerme con plácido sueño”

Y así se fue durmiendo, con la suavidad de los copos en forma de palabra y mis manos agitando el aire sobre su cara, para alejar de ella el vuelo del dolor que zahería su vulnerable sueño.

Y piensa uno que hasta en el dolor común y cotidiano, el que no deja huella nunca, debería sentir la alegría de saberlo intrascendente por comparación e irrepetible porque siendo de un hijo es importantísimo.



viernes, 16 de junio de 2017

Desde el respeto.

Imagen tomada de la web de Bankia, usada para su última campaña publicitaria.


Comentaba uno el otro día con un amigo que se ha hecho moda y establecido ya en el lenguaje, esto de usar la expresión “desde el respeto” como excusa para poner a caldo a quien se quiera, como si la expresión fuera, en sí misma, un atenuante de la ofensa, por violenta o injusta que ésta sea.

Ya lo explicó mejor Sancho al escudero del Caballero del Bosque (Quijote, II, XIII) al referirse a la fealdad mal entendida de las palabras, asegurando que “no es deshonra llamar hijo de puta  a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle”.

Había el martes trece, un peloteo idiota en el Congreso, cuando sus señorías, censurado y candidato, en cada réplica y contraréplica se ponían a parir arreglándolo luego con la coletilla de moda: “se lo digo desde el respeto”.

Si la cosa hubiese querido ser aún más quijotesca de lo que fue, hubiera sido más efectista haberse llamado según la expresión de Sancho. Vamos, dirigirse al otro con un buen "pero que gran hijo de puta es Vd, Señoría, dicho, no ya desde el respeto, sino desde el más profundo de los cariños".

martes, 6 de junio de 2017

Ahora o nuca.

Fotografía:
© Raquel Lopez-Chicheri

Aún apuraba mi copa de vino en el bar de la esquina cuando le vi entrar. Entorné los ojos como cuando se mira un hermoso cuadro y se fuerza la vista para buscar la sinceridad del mensaje escondido entre las pinceladas. Había cambiado mucho. Apenas encontré algún rastro familiar en su cara. Después de tanto tiempo no dudaba que fuera él, pero los años habían esculpido grandes cicatrices en su rostro. Aún así, el aire, la lluvia, el sol y las heladas parecían haber respetado alguno de los gestos que yo conocía de sobra.


Así pasaran cien años no podría olvidarme de aquellos veranos. Cada tarde nos acostamos en la orilla, bajo el agua, con las bocas emergidas tan solo lo suficiente como para poder reírnos. Sacábamos las manos arrugadas  del agua secando la piel al aire y jugábamos a atrapar la sombra alargada de nuestras manos, aquella que estiraba los dedos en el espejo del agua color mercurio. Entonces, nos bañaba, suave y malva, la mortecina luz de la tarde después de rendirse por el horizonte.



Recuerdo la superficie pulida del mar, sin una sola onda, ni siquiera una huella de la brisa sobre él. Es verdad, el tiempo pasaba fuera del agua de una forma lenta y uniforme. El mar manso, bravío en el océano abierto, pero derretido y espumeante en torno nuestro, fluyendo lento alrededor de nosotros, buscando el estuario de nuestras piernas separadas, chocando contra los pequeños farallones de nuestros pies sobresaliendo. El tiempo se volvía leve.


Sobre todo ello, el silencio denso, cargado de armonía. Una felicidad lenta y frágil, débil como la gota de agua que corre por encima de un témpano de hielo herido con el primer calor de primavera.

La enorme, la ingente cantidad de secretos que nos contábamos; cosas que ahora pienso que bajo ningún concepto pudieron salir de nosotros. Tantas y tan profundas que en ocasiones dudo que fueran auténticamente nuestras. Así era nuestra amistad, como la lluvia caída durante toda una noche para crear brillos nuevos en los charcos al amanecer: fresca, inocente, intensa.

Sin embargo la vida es a menudo larga y cruel. La amistad de la niñez es la víctima más fácil del tiempo voraz, que lo consume todo y todo lo enmohece. La primera amistad debe asumir ese papel de víctima. Esos recuerdos de seda están custodiados en la memoria de tal manera que sangran al rozarlos.

Por algún extraño motivo, que no alcanzo a comprender, las palabras exactas llegaron a mi boca demasiado tarde, apelotonadas, sin orden alguno. Pretendieron salir en tropel entre mis dientes y mi lengua, y acabaron por estrellarse torpemente detrás de mis labios. No supe qué decir y él no me miró a los ojos.

Continué leyendo el pasado en las lágrimas que dejó el vino después de danzar en el cristal de mi copa. Y siguió la vida en un lunes, de una semana que no había hecho más que comenzar, pero que ya se me hacía enormemente tediosa.